No he hablado aún de La Casa de La Luna, plantada en lo más alto de Triana, al comienzo de
la Rodera, la hizo ella misma con trozos de su alma, semejando por fuera una montaña de
perpetua nieve, y por dentro, un laberinto de espejos, donde únicamente los dioses pueden
verse reflejados, con sus tormentos, sus pasiones y sus anhelos. ¡Ah!, y sobre la cúpula
más cercana al Cielo, hay un mástil de oro, obsequio del Sol, donde siempre flamea una
bandera de seda del color de La Noche, con una luna llena de blancura, que alberga dentro
al Viejo Negrillo.
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