Estaba solo Pilatos en la fragua, y tenía una imagen de La Magdalena ante él, iluminada con
velas, rebosante de oro y plata, con preciosas perlas, y junto a La Santa estaba Triana,
envuelta en un capote de azabachada seda, con chorreras de seca sangre, mientras El Ebrio
Herrero le hablaba a las dos: “Hoy es un día de luto, un día negro como La Noche, de donde
cuelga sus pechos La Luna para volverme loco; ¿y sabéis por qué?; pues yo os lo diré; porque
hoy se está muriendo más que nunca mi corazón, pues mientras todo este tiempo agonizaba, hoy
se muere del todo”. Arrojó de sí el ventrón de vino, y se quedó profundamente dormido.
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