A Triana no le hace gracia, que El Sol de El Maderal se encuentre con los seres más
esbeltos, que jamás haya creado soñador alguno, y no me estoy refiriendo a las sílfides,
cuya belleza enloquece por igual a dioses que a hombres, sino a las náyades, que sin
dejar de ser humanas, parecen ir camino de la perfección y de la locura. Cuando al
Caballero sin Amada lo rechaza quien es su única pasión, nubla sus sentidos con vino y
enajenado perdido recorre los manantiales buscando espejos donde ver reflejada La Luna de
El Maderal, y estas son las fuentes donde acarician su sublime hermosura con cristalina
agua las gloriosas náyades.
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