Era la fiesta de las lágrimas en La Villa de El Maderal, y cada uno había guardado para
tan señalada noche, su pequeño o gran recipiente conteniendo los sinsabores de su alma.
Triana poseía un cáliz de pomposa labra e iba acompañada de Pilatos, quien se manifestaba
orgulloso de los demonios que adornaban su retorcida copa, en una comitiva de atormentados
personajes, que caminaban en fila, cada uno con su muestra de doloroso sufrimiento, hasta
llegar a un monumento, que se alzaba enigmático en el nacimiento del Arroyo de los
Enamorados, cual si dos personas se traspasaran una a la otra, semejando un áureo ser,
capaz de ver y de correr en todas las direcciones y donde los apasionados peregrinos
vaciaban su parte de sagrado tesoro, aumentando el caudal del piadoso río, que se alegraba
con las devotas ofrendas, yendo desde El Tejar hacia el pueblo.
|