Se le había visto caminar al Amor por las calles de La Villa, en dirección a Triana, sin que se
prestara a hablar con alguien, mientras se le temía y se le admiraba más que a La Muerte. Con
aspecto de suprema sensualidad a la par que terrible, era capaz de combinar colores en su
atuendo, que invitaban a la pasión, y portaba siete dagas en la cintura, que lanzaba con gran
destreza, mas no para matar de una vez, sino para herir eternamente. Tan excelso, espeluznante
y apasionado dios, entró en la casa de La Luna, comió con ella de los manjares que La Dama
Jaspe le tenía preparados, y se marchó montando el alado corcel, que volvió solo a El Maderal,
después de haber portado sobre sus azulados lomos a tan soberbia divinidad. Unos decían que
había sido enviado por El Sol, otros que fue amante de Triana antes de que llegara Pilatos a su
corazón; mas después de esa visita, Los Amantes del Jaspe, parecían mucho más locos, mucho más
sabios y mucho más enamorados.
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