En lo más alto de Triana, y con nubes negras como techo, se había
levantado un círculo disfrazado de espejos, entre los que se escondían
seres humanos ebrios y dulces como niños. Un animal con la piel blanca,
fiero y hermoso, se multiplicaba por mil al reflejar su bravura contra
las láminas de cristal. Su estampa era sagrada; tenía los cuernos
afilados como puñales, ojos de acero y frente salvaje; parecía un duende
enmascarado de bestia, intentando escapar de aquel laberinto de espejos.
Sus miembros corrían ligeros de un lado para otro, y acariciaban la
tierra seca, levantando oscuras polvaredas sobre los rostros sacrílegos
de los mozos. Su pelo blanco, suave y seductor, atraía sobre él, como un
imán, los dedos temblorosos de los infantes borrachos, que paseaban
bailando sus cuerpos, delante de los ojos del toro nevado. El juego de
la muerte, jamás representado con tanta embriaguez, discurría como un
fantasma entre los espíritus destrozados. El alma blanca defendía su
pureza con valor y fuerza monstruosos; su arte de matar era preludiado
entre gritos y sufrimientos sin límite. Su propio fin, llegó envuelto en
una sábana salpicada de rojo.
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