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el bodegón de el filipino      de     Carlos López Matías "el filipino"
   
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EL TORO BLANCO

En lo más alto de Triana, y con nubes negras como techo, se había levantado un círculo disfrazado de espejos, entre los que se escondían seres humanos ebrios y dulces como niños. Un animal con la piel blanca, fiero y hermoso, se multiplicaba por mil al reflejar su bravura contra las láminas de cristal. Su estampa era sagrada; tenía los cuernos afilados como puñales, ojos de acero y frente salvaje; parecía un duende enmascarado de bestia, intentando escapar de aquel laberinto de espejos. Sus miembros corrían ligeros de un lado para otro, y acariciaban la tierra seca, levantando oscuras polvaredas sobre los rostros sacrílegos de los mozos. Su pelo blanco, suave y seductor, atraía sobre él, como un imán, los dedos temblorosos de los infantes borrachos, que paseaban bailando sus cuerpos, delante de los ojos del toro nevado. El juego de la muerte, jamás representado con tanta embriaguez, discurría como un fantasma entre los espíritus destrozados. El alma blanca defendía su pureza con valor y fuerza monstruosos; su arte de matar era preludiado entre gritos y sufrimientos sin límite. Su propio fin, llegó envuelto en una sábana salpicada de rojo.

Carlos López Matías "el filipino"