Al tocaor José Herrero y al cantaor Lolo "el Perigüelo".
En lo hondo de la tierra, en lo más oscuro, en lo más profundo de la
noche, hay dos almas fundidas en un solo sentimiento flamenco. Una voz
apasionada improvisa coplas, a la par que oye llegar hasta sus oídos el
rasgar puro y sincero de unas cuerdas, que vibran frenéticas al contacto
con los dedos ardientes y espontáneos. El grito desgarrador y el sonido
trianero, dan vueltas a una pena que tienen en el corazón... ¡Ayayayyy!...
Les está creciendo una flor debajo de los pies, un espejo blanco en sus
cabezas, y en sus almas no deja de temblar una mariposa negra. La luna y
las estrellas están embelesadas, se han agolpado, y cuelgan sus ojos por
la zarcera. El universo brilla más que otras noches, porque dos seres
agonizan por siguiriyas en un sepulcro de sangre y de fuego. Los moradores
habituales de la bodega, arañas negras y de oro, cucarachas rojas y negras,
murciélagos, alacranes y ratones celebran el dolor de sus almas; de las
almas de todos sin excepción, intérpretes y espectadores, que estamos
viviendo en cada instante de calor flamenco, ¡el sufrimiento!, fiel
reflejo de nuestras miradas. ¿Es este el preludio de la eternidad?; ¿los
ejecutantes del arte puro la están anunciando? Hay diversión por encima de
todo; por eso las alimañas les han tomado cariño; porque ellos anuncian
que nadie se salvará; que el crimen es un placer, y que tarde o temprano,
de un modo o de otro, todos, absolutamente todos, tendremos que perecer.
Este es el mensaje, que ha hecho salir a las pequeñas bestias sangrientas,
a escuchar a un joven diablo arañar una guitarra, y a otro joven, tan
demonio como el anterior, proferir lamentos de duelo envueltos en rojas
lágrimas. Mas de una manera o de otra, todo el mundo está presente; en
sueño o en vigilia, cada ser, metáfora o verbo escucha a su manera el
concierto. Hay puñales fríos, que acechan entre los sacos; coronas hechas
con jacintos que sirven de adorno, y el corazón de una lámpara, del que
penden cien brazos de plata, dispuestos para recoger las ofrendas. El
destino no perdona, y la muerte está sonriendo desde una calavera humana,
desde una cabeza de cabra o desde los poderosos cuernos de un toro de fiero
semblante, que hasta los últimos segundos de su vida, llevó a un dios
grabado en su alma. ¿Escucháis?; ¡escuchad! Las sienes de los dos poetas,
avivadas por el aroma candente que se respira en la cueva, parecen antorchas,
y los destellos que despiden, ¡luz divina!.
|