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el bodegón de el filipino      de     Carlos López Matías "el filipino"
   
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LA SANGRE DEL DIOS Y LOS DEMONIOS

A Isidoro "el Perigüelo" y a Javier Toribio, que tuvieron el desgraciado privilegio, una misteriosa noche, de ser corneados por un toro en La Villa de El Maderal.

Vendiendo cara su vida, bajo un sol artificial, en La Rodera había un bicho fuerte y grave, más oscuro que la noche, y con unos ojos penetrantes, profundos y muy negros. Llevaba sobre la frente, con orgullo, dos agujas grandes y afiladas, como si fueran una prolongación de su cerebro enlutado. Estampa más hermosa y temida, jamás fue vista con tanto pánico, en un círculo criminal protegido con hierros y palos; un recuerdo imborrable para el alma de los bravos dioses, que eran arrojados allí.

Alentado por el delirio furioso de la multitud, escarbó con sus astas en los cuerpos de dos mozos ebrios y santos, que desconocían el miedo y jugaban a entenderse amistosamente, con lo que a simple vista les parecía un monstruo maravilloso. Dos espíritus infantiles, que habían osado desafiar al desconfiado animal, acariciándolo con paso templado entre sus ojos; pero la Fortuna, que no sonríe a veces, los crucificó en una de estas audacias a la luz de la Luna, que los contemplaba con semblante tierno.

Una vez que fueron retirados los cuerpos destrozados de esos terribles ángeles, un hombre serio y lleno de pasión interesada, le clavó por mil sitios un estoque, alivio del Cielo para su alma; y chorreando sangre, como si todo su cuerpo estuviera cubierto por un capote rojo y raído, vino a morir debajo de mis pies temerosos, que por encima de su cabeza, observaba con atención y sorpresa su espantosa agonía en La Villa.

Carlos López Matías "el filipino"