En una isla que cayó del Cielo en forma de meteorito, con agujeros por todos
los lados, ennegrecida, parecida a una esponja sólida y gigantesca,
habitan unas serpientes rojas de la cabeza a la cola. Son los únicos
seres que pueblan la singular piedra, y en sus movimientos, surgiendo de
los agujeros y recorriendo la Isla, acariciándola con sus cuerpecitos,
parecen pequeños ríos de sangre brotando lentos. Este espectáculo, que he
observado con atención a través del crepúsculo, hacía creer a mi espíritu
en una herida muy dolorosa y profunda; en una llaga descomunal, que hacía
gemir al inexistente mar azul de El Maderal con un llanto de olas, que
limpiaba la negra piedra de serpientes de sangre. Mas el hechizo de lava
carmesí, continuaba manando en la imaginación de La Villa, como una
pesadilla incrustada en su lomo de sal; la evolución de La Isla hacía
aparecer de nuevo a las pequeñas serpientes a espiar el horizonte, que
rozaba ya las tinieblas cual si fuera un fantasma presto a desvanecerse,
y el color de El Maderal, una y otra vez se tornaba rojo.
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