Dedico este cuento tan extraño a quien fue capaz de
inspirármelo; los pasajes más misteriosos y escalofriantes son
obra suya; él se llama José Herrero y su alma de fantástica
embriaguez deambula por cada línea como un fantasma. También
se lo dedico a los que han vivido alguna vez en La Villa de
El Maderal y a las manos divinas del doctor Emilio Pérez.
Esta es la historia de un cuervo malévolo y una princesa blanca, La Virgen de
Las Fuentitas, y todas sus escenas... Blancas, rojas y negras, se
desarrollan, una noche oscura y seductora, en una Villa azabache. La diosa
en cuestión, puesta en tela de juicio por prácticas demoníacas regadas con
sangre dorada, se inscribió en los anales de la inmortalidad, con el amor
de estas letras: "La Villa de El Maderal".
Aquí, en este lugar donde estoy escribiendo, amortajado por un
delicioso polen, ocurrió, no hace ni muchos ni pocos años, un
acontecimiento, que trastornó más todavía las almas de este pueblo
encantado.
El valle o la hondonada, como a la imaginación de cada uno le llore,
está enclavado entre dos montañas; pareciéndome ante los ojos, dos
alas cariñosas acostumbradas a abrazar las tormentas y otros bellos
agüeros, que muchas noches duermen junto a los famosos bebederos, o
entre las hojas marchitas y acalaveradas de los negrillos. Colocados
estos tétricos árboles en forma de navaja cabritera, cumplen la función
de retorcerse, alentando la infamia, al no estar rociados por el
encanto del agua, que ronronea pura y virgen, al verse libre,
retozando por entre los cantos de Las Fuentitas.
La luna, que gusta lucir sus galas pavoneándose delante de los
juncos, algunos clavados en su cola como puntas de cuchillos,
deja que el placer de las llagas se incruste como penas de amor,
y sus múltiples ojos, cual perlas de coral blanco, derraman sobre
los ensombrecidos paseantes solitarios, el rocío ensangrentado de
sus lágrimas. Nada es más siniestro ni más voluptuoso, que la dulce
agitación que te produce esta sintonía entre el cielo y la tierra.
Son las noches como ésta, cuando el ambiente estremecedor y
angustioso irrumpe en placeres monstruosos, como el habido entre La
Virgen y el cuervo. Y es, seguramente, porque hay lugares recónditos
o pertrechos apartados que, al quedar influenciados por acontecimientos
espirituales, llegados del exterior a su zona de movimientos
circunscritos, están, por circunstancias extraordinarias, más
expuestos que otros a la concepción de imágenes de apariencia
abracadabrante. Las siluetas de los espectros, que se deslizan
entre las sombras del viento, son como espejos de hadas, expuestos
por los rayos del arte para representar la belleza, santificada y
bendecida por los ojos de los seres humanos, que pulen en sus fieras
pupilas el color de la aparición, y el sentido funesto de las formas
que lo contienen. En el alma humana se podría introducir al universo,
y aún habría lugar para espejismos, imposibles de encontrar en los
espacios celestes; dicho de otro modo, nuestra mente puede abarcar todo
lo existente y todo lo inexistente, e imaginar que el mundo está dentro
de uno mismo, fuera de sí, o en todas y en ninguna parte. Esto me lleva
a pensar, que una aparición no es sino lo que uno se imagina, sin
ser eso. Por lo tanto, esta leyenda, que aún está saboreando las
golosinas del tiempo, no debe inducir a error con un acontecimiento
irreal; todo es tan cierto, como el reflejo del sol en el agua de
un arroyo claro; pero que nadie se extrañe, si los rayos unas veces
hieren su calma, y otras exaltan su alegría.
Y como, todavía, no estoy conforme con el laberinto solemne, que se
ha iniciado bullendo en mi alma, voy a intentar escudriñar, sin
principio ni fin, el despojo de una zarzamora, que lleva viviendo
así cientos de años, y casi está inscrita en el libro de oro de La
Villa, como monumento sobrenatural.
Digo casi, porque las autoridades se desentienden del arte, como
yo de mi estómago; sin que alguna de las dos partes acierte en su
tozudez.
Intentar penetrar en las entrañas del vil arbusto, sería como
suicidar el cuerpo de sangre; y nadie se atreve, si no es con
ojos de lince, a recorrer los vericuetos espinosos, que como dédalo
punzante, se enrosca y se estira adentro mismo del infernal
monstruo arbóreo, e incluso hasta socavar la tierra, que protege
sus raíces del áspero contraste con el exterior.
Allí mismo fue, en lo más profundo de la hura, donde el horror de
brillantes plumas negras, incubó a lo largo de su dilatada
antigüedad, una secreta existencia como víctima solitaria en
la vida, y como pájaro de mal augurio en la muerte. Pero esta ave
de oscuro pelaje, se vanagloriaba no sólo de ser el más astuto
entre los de su especie, sino que además, pretendía poseer la mayor
inteligencia y maledicencia del mundo. Su mayor adulación era el
desprecio, y únicamente para pulir su espíritu de satánica ave,
utilizaba a sus semejantes, dándose por supuesto, el profundo
ensimismamiento poético que le producía una aparición grotesca, o
el encantamiento de una estrella, bajada del cielo a beber en el
agua pulcra de Las Fuentitas.
Fue en la noche de Santa María Magdalena, patrona de La Villa,
cuando apareció, poseído de gran belleza y esplendor, el sueño que
cantaba su espera. Lo vislumbró desde los entrepicos de las ramas
de la zarzamora; lejano aún, se asemejaba a una nube blanca, que
espolvoreaba con su atuendo la noche, insigne emperadora de las
tinieblas. Cada vez más cerca de los ojos del avieso pajarraco,
dudaba si no sería la luna la que caminaba por el valle; pero no,
estaba prendida del cielo, y con la firme promesa de no abandonarlo
jamás. Entonces, ¿qué podía producir aquel resplandor tan
esponjoso?, ¿qué visión osaba herir la penumbra de aquella manera?
Hubo un instante, en que los rayos níveos desplazaron por completo
las pupilas del ave sacerdotal, y sus párpados, no sabiendo a que
atenerse con semejante desajuste, se quedaron boquiabiertos; sí, lo
que antes parecía a simple vista una tormenta de nieve, ahora
aparecía perfectamente configurado, junto a las piedras heridas de
Las Fuentitas; la imagen semejaba toda ella un solo trazo, pero
engañaba el color uniforme de los dos contornos, humano y animal,
que allí había. Una hermosa doncella, entrevelada toda de blanco,
que no contaría con más de catorce cálidos veranos, rodeaba
escrupulosamente con sus delicados muslos a un esbelto corcel, que
tenía color y ademanes de azúcar. Inclinando sus manos de marfil,
el bello cuadrúpedo, dejó que su linda carga bajara de sus lomos,
para que posara los pies desnudos, sobre la fresca tierra
alfombrada de rosas; y mientras el mitológico animal comía de la
hierbabuena, relamiéndose la cara con una lengua asoladora, la
dulce princesa, Virgen de las aguas, llegó con sus labios junto al
manantial, y por unos instantes le pareció al cuervo, que un filo
de sangre había sido esculpido con manos divinas, sobre los jugosos
guijarros.
Era una noche sin espadas vergonzosas, de gran encanto negro y
blanco, cuando la princesa legítima de la pureza, desprovista de
todo pudor, se despojó de los blancos velos, que apenas enturbiaban
su belleza, y con gran regocijo de su espíritu, comenzó a salpicar
su pálido cuerpo de húmeda claridad.
El agorero bicho, no daba crédito a lo que contemplaban sus
extasiados ojos. Las arpas de los riscos entonaron loas de amor;
la música bendecía, con sus trémolos y arpegios, el luto que
acariciaba la piel de la doncella; el aire perdió su serenidad
habitual, y despertando entre las fibras enlazadas de los árboles,
comenzó una danza desmesurada y loca, que levantaba olas en los
manantiales sobre su imagen de plata. Los cabellos le ardían como
llamaradas de oro; en sus ojos enamorados se abrazaban, amándose,
un clavel y una serpiente; su cuello, semejante a una gacela*, se
movía con el arte de las musas; y sus hombros eran dos copos de
nieve. Cuando Eva ofreciò a Adán la manzana, para que saboreara
con ella su dulce, le ofrecía uno de los dos pechos vírgenes de
esta perla blanca, Y todos los ríos de la tierra, sin duda alguna,
debieron nacer entre sus muslos, para culminar expirando en sus
caderas.
Mil luces se entretegían entre sus piernas, laceradas por el fuego
de los ojos del cuervo, que en fugitivas imágenes iba acumulando
oro y plata en su corazón de avaro pendenciero; tangos* de sangre,
que robaba su alma, con el puñal de su mirada, a la más grande de
las joyas, que esa noche de luna llena, purificaba con su presencia
lo extraño y lo conocido.
Se preparaba la muerte sobre el alma de la doncella; las ramas
tenebrosas de la excepcional zarzamora, se agitaron en un temblor
de delicias insaciables, que hizo palpitar el corazón, hasta
entonces sin perturbar, de la esbelta niña. Alterada por el viento,
que manaba risueño desde el agrio arbusto, comenzó a recoger, entre
sus dedos temblorosos, los velos esparcidos sobre el blando suelo,
con delicadas pausas, que hacía para observar, desde sus vivas
esmeraldas, el oscuro y tenebroso recinto erizado de breves dagas.
Una de las sedas había sido hecha presa en las tinieblas, por las
afiladas garras del ave mortal, e inocente la infanta tiraba de
ella, sin que por un momento lograra desasirla. El velo comenzó a
desgarrarse entre las uñas negras del ladino engendro, y los
gemidos de la delicada gasa ahuyentaron lejos del valle al potro
blanco.
La luna, turbada, quiso verlo tras la protección de una nube; los
árboles se movían sobrecogidos, y el agua varió su curso, ante la
presencia negra y brillante del cuervo, que atenazaba una y otra
vez a la princesa, quien intentaba huir, amparada por los velos
revueltos entre su cuerpo blanco. La angustiosa persecución,
parecía discurrir dentro de un círculo hecho con espejos; el cuervo
aparecía multiplicándose a sí mismo, dado el rápido movimiento de
sus alas, que le permitían revelarse delante de La Virgen, a un
lado, a otro, o detrás suyo, jugando con ella, seguro de su presa.
Una danza inspirada por el miedo, estremeció el valle e iluminó la
noche de belleza y de temor; el infierno volaba tras la llama, que
desmayaba su figura entre los troncos ennegrecidos, por algún rayo
enviado desde el cielo. Cayó su cuerpo extenuado sobre una pata del
cuervo, y el perseguidor quedó atrapado bajo su nalga encelada de
sudor; una de las uñas se había clavado inevitablemente en el muslo,
y ya brotaba la sangre sobre la garra truncada del mal bicho, que al
verse venerado por el esplendoroso líquido rojo, creyó que iba a
morir de placer, y no de dolor por su reciente invalidez.
Todavía no se había despertado La Virgen, y el infame tiznoso,
arrastrando su maltrecha zanca, ya había relamido toda la sangre
vertida; con el pico encarnado y alguna pluma, embriagada por
completo, su aspecto era diabólicamente siniestro; hasta los ojos,
ahumados y vivos de celo, pretendían con su desparpajo, penetrar en
la belleza de todo el cuerpo de la niña. Cada parte de su anatomía
era escrutada cuidadosamente; para examinarlo y catarlo todo, se
servía de dos pequeños globos iluminados de oscuridad; de un pico,
que tenía parecido con la hoja mellada de una guadaña; de unas alas
que se abrían y cerraban, gigantescas y tenebrosas, como las cintas
de un abanico, y de unas patas esmirriadas y asesinas, con el fin de
no perder ningún detalle de los muchos y maravillosos, que se le
ofrecían a la vista y al tacto. Pero él no quería, de ningún modo,
acabar aquí; él no deseaba sacrificarlo todo en un momento; únicamente
se preparaba con paciencia, para la noche más dañina de su vida, y
esperaba tranquilo el despertar fatuo que, seguro, lo haría enloquecer
hasta reventar.
Una franja de flores, tan puras como su alma y su belleza, servían
de lecho blando y suave a la pequeña herida, que dulcificada por el
aroma esencial que respiraba, abrió los párpados entre convulsiones,
mezcla de fragancia dolorosa. Un nublado negro se había inclinado
sobre su cabeza, y le oprimía los ojos, sonrojándolos, al privarle
la contemplación mágica del claro de la noche. Era la reencarnación
del crimen, que como una capa negra había extendido su plumaje, sobre
la frente de la infeliz. Los gemidos que dejó escapar de su pecho,
metamorfoseados en lágrimas, introdujeron al cuervo en una
conversación, que sólo él mantenía, con una voz proveniente de lo más
profundo de su lóbrega alma:
"Eres el regalo de un sueño, que tuve hace muchos años; mis blues*, llenos de perversión y vileza han sido escuchados, al serme enviada en bandeja de perfumes, sobre una sábana de rosas blancas. Tu virginidad representa para mí, el último suspiro de placer, que yo daré sobre tu cuerpo, y será inmolada en honor de los ojos invisibles del cielo, que protege la maldad bajo mil formas extrañas. Cada lágrima que voy arrancando de tu alma, servirá para hacer, cada vez más de tu altar, una fruta de jugos salados, que esperará su suerte hasta ser relamido, y puesto a disposición de la diosa más pérfida e infame, de cuantas pueblan la existencia de aquí abajo; la diosa Muerte".
Impulsado por la osadía, el cuervo hizo un esfuerzo extraordinario, e introdujo los cuatro extremos puntiagudos de la pata mutilada, alrededor de su pezón rosado, dejando en el seno izquierdo cuatro chorreras de sangre; de esta manera pulía sus palabras el fanático predicador. Los gritos de angustia y de dolor, atrapados por el silencio, sumían el aire. No se la oía; sólo el llanto gemía amordazado en un laberinto que inspiraba compasión; sus ojos eran dos llagas supurando terror.
El tiempo danzaba entre el crepúsculo y la alborada, como una espada de afiladas lágrimas; el cuervo, apostado con las patas a un lado y otro del cuello, miró fijamente en los ojos de La Virgen, y prosiguió:
"El misterio que más me conmueve es el del placer; sus notas me apabullan cuando las oigo, y siempre intento encontrar algo nuevo, husmeando en los recovecos de mi perversa imaginación. Vos misma, pequeña mía, podéis comprobarlo con esas dos estrellas, que el destino de la belleza ha hecho brotar en vuestro rostro".
Giró sobre su menudo cuerpo, dejando el culo, feo y sucio, a la altura de los labios sublimes de la débil santa, que no tardó en recibir un regalo de insoportable olor y peor gusto.
"Ves, hija mía; el mal siempre acaba defecando sobre el bien. La voluptuosidad surge en mi espíritu, como alma que lleva el diablo, al contemplar el horror de tu boca tomando un poco de mi ser; lo más putrefacto que he podido encontrar dentro de mí; mis heces.
¿Crees ahora de lo que es capaz este infecto animal que te habla?; ¿eh? No importa si tus cuerdas vocales enmudecieron, al ver mi grotesca estampa por primera vez; eso prueba que tu corazón es extremadamente sensible".
Con la pata colgando, arrastrándola como algo que le es indiferente, iba con paso retorcido, describiendo giros sin sentido alrededor de la angustiada y suplicante pureza. Miraba hacia un lado, hacia otro y debajo de él, absorto en su loca búsqueda de lo inimaginable. De pronto, paró sus alas un instante, que le servían como resorte compensatorio de la perdida de fuerza, que le restaba la pata desafortunada, y con aparente tranquilidad se arrancó, con el pico, una pluma debajo de su pechuga. Era ésta una pluma diminuta pero inflexible, y apenas si le había producido sentimientos dolorosos al arrancársela.
Algo dentro de su maldad hervía al rojo vivo, como si en el ser perverso de esta ave, se estuviera cociendo a cien ángeles en una olla gigantesca. Era el pecador por excelencia del cielo y el infierno juntos; no podía haber quien creara más herrumbre que él en su imaginación.
¿Pero qué se proponía hacer con una pluma de su propio cuerpo? Plantado otra vez frente a ella, reinvirtió su garganta en hondos giros de palabras:
"Ésta es una pluma negra, que podía haber sido arrancada de una adelfa, símbolo de la fragancia embriagadora y del veneno mortal a un tiempo. Me comparo a este arbusto, porque mi lenguaje al brotar majestuoso, podría tornarse en las flores de esta planta, y mis actos, viles y ultrajantes, en sus hojas venenosas. La pongo sobre tus ojos, como símbolo de mala fe y buena maldad, para que los alacranes se sientan atraídos por tu cuerpo, y los murciélagos, seducidos por tu piel, duerman colgados eternamente de tus axilas. El odio, aquí representado por esta enseña del mal, atraerá todos los poderes ocultos, y se servirá de ellos para lograr que de las fuentes mane sangre; es como si las fuerzas sobrenaturales se apiadaran del indefenso criminal, y lo ayudaran con sus encantos a sobrevivir. Fue así como se produjo el nacimiento de la hechicera; tan temida en su soledad, porque alimentaba sentimientos inhumanos, que vivían de ella como duendecillos parásitos; de esta fantasía loca y creadora nació la hechicería.
La bruja es mi madre natural, y la única que consentía mis caprichos, porque ella me parió y se servía de mí a cada momento que deseaba; pero yo rechacé su maternidad, y me proclamé, por encima de ella, asesino de mi origen, que es como matar el seno de donde uno procede. Por lo tanto, soy tan libre, como las palabras que salen de mi perversa y venenosa alma".
Dejando a su oratoria envuelta en un hilo de silencio, y animado de alegría inhumana, el cuervo inclinó su cabeza de pensador frenético, y besó con un picotazo de sutil pasión el ombligo de la princesa, que se asomaba en tiernos pliegues, desde su concha de carne tersa. Esta caricia, tan horrorosamente delicada, sumergió el cuerpo de la seda en convulsiones, que hicieron que el mal bicho se lamentara por la vida de la criatura.
Pensaba: "No es el momento, aún, de abandonarme; resiste un poco más, pequeña mía".
La sangre; esa ambrosía que los dioses y los malvados codician tanto, hizo su aparición en el vientre de la niña, como una rama retorcida de color púrpura, esmaltando su piel de nieve; el dolor, santificado por este pequeño riachuelo lleno de sufrimiento, parecía prometerse a sí mismo, en el corazón de la purísima, no desampararla jamás.
El Perverso, con lumbre en los ojos, creía estar viendo una pintura en llamas; su cabeza, como un hervidero de culebras recogido entre sus alas, se debatía en el suelo con graznidos histéricos, que ayudaban a trasplantar su voluptuosidad a alturas inconfesables, cada vez que, inmóvil por unos segundos, contemplaba extasiado como su horrible cuadro iba tomando la forma de un irreparable desastre. La pata malhadada parecía un palo seco de negrillo dibujando en el aire, impulsada por el ardor del cuerpo, la silueta de un demonio.
Era todo él un baile de gracia temeraria; y cualquiera que lo hubiera visto allí, en esa postura, habría supuesto, inmediatamente, un atracón espiritual rayano en la indigestión.
A medida que su extravagante hilaridad iba tomando apariencia normal, el ave de plumas carbonizadas se sentó sobre la cola, y acariciándose la estropeada garra, continuó con su maldito graznido:
"Hace mucho tiempo, mientras meditaba mis conocimientos más impuros en mi oscura conciencia, oí unos gritos tan desgarradores, que sobrecogieron mi espíritu; el cual se asustó como un ratón, cuando siente sobre su cuerpo la sombra de un águila. Aquello era muy misterioso; los ecos más terribles me hacían temblar, y sin embargo no veía nada; sólo tinieblas a mi alrededor. No sabía adónde dirigirme, para conocer el origen de aquella temible avalancha de gemidos; por todos los lados escuchaba unos alaridos tan fantásticos, que parecía como si la tierra estuviera abriéndose por mil sitios, y su dolor fuera insoportable. Decidí, entonces, subir a una montaña, para desde allí situar mejor mi vista en torno a cualquier acontecimiento, que se produjera de improviso; la noche lo envolvía todo; solamente el paisaje agreste y rudo recortaba la oscuridad, como único espectador, junto conmigo, de aquel duelo desgarrador. De pronto, y después de haberme olvidado del tiempo, envuelto por aquel inescrutable secreto, me di perfecta cuenta que las tinieblas supuraban sangre; la noche, quizá herida de muerte, goteaba sudor rojo, en un llanto majestuoso digno de una emperatriz. Su rostro, hasta entonces cubierto por un tupido velo negro, comenzó a palidecer, y su cuerpo se tornó tan límpido como el de una muerta. El día acababa de nacer; su semblante era tierno y puro, como un lago virgen; sus ojos de color ámbar; y sus alas, inocentes y nobles, como los deseos de un niño".
Enloquecido por su sabiduría, se levantó del suelo, y con el abominable andar que lo caracterizaba, se fue hasta los manantiales, satisfecho de haber compuesto un bello poema histórico para su reina encadenada. Una vez allí, se introdujo por entero en uno de ellos, hasta tres veces; y cuando salió, el cristal de agua que resbalaba por su cuerpo, le daba todo el aspecto de un espejo negro. De esta guisa, volvió junto a la ajada infanta, y subido sobre sus dos pechos, tambaleándose e incapaz de guardar el equilibrio, le dijo:
"Mírate en mí, y refleja el color de tus ojos en mis plumas zainas, porque ellas te hablaran ahora de los seres humanos, de su orgullo, de sus pasiones y de sus lágrimas".
Apenas había terminado con su palabrería, cuando su humedecida imagen, como un resplandor negro, cayó desde lo alto del mancillado cuerpo de la niña hasta el cesped de rosas; con tan mala suerte, que su monstruoso pico atravesó a una arrogante flor de lis contra el suelo, quedando el cuervo atontado por el golpe.
Después de este pequeño intervalo de tiempo, que invirtió El Perverso en sobrevivir a su imprevista modorrez, inició su arenga poética de los seres humanos, con la mayor tranquilidad:
"He tenido el placer de conocer a esos seres maravillosamente locos; incluso he probado más de una vez su carne; sus ojos me han servido estupendamente como aperitivo y sus lenguas como postre. Los sexos de los hombres son flaccidos y parecen lombrices cuando están muertos; pero en su apogeo viviente, en su magnificencia, en la cumbre de su anhelo, semejantes a campos en flor, son tan duros como el hierro. En una ocasión, contemplé un rito de jóvenes varones, que me acarició el espíritu como un escalofrío. Varios mozos, bien formados y robustos, transportaban sobre sus hombros el tronco de un pino, que era grueso y largo, como una lanza de acero de cien metros; lo llevaron hasta el centro del lugar donde habitaban, y después de haberlo blanqueado con sus afiladas hachas, dejándole únicamente una copa de hojas al final, lo levantaron por encima de sus cabezas, introduciéndolo en la tierra por el extremo desnudo. Aquellos hombres de barba incipiente, embriagados hasta la saciedad de vino púrpura y oro, danzaban alrededor del gigantesco mástil, inclinándose sobre él y abrazándolo como si fuera un dios. Uno decía: <<¡con esta espada de broncearderá la tierra!>>, otro: <<¡Es al cielo al que acabamosde violar!>>; las voces se mezclaban ebrias con las sombras de la noche: <<¡El cielo es un coño hermoso y la tierra un culo peligroso!>> - <<¡Los astros brillan de placer!>> - <<¡Un puñal de plata he hundido con mis manos en tu cuerpo, madre!>> - <<¡Hoy comienza el mes de Mayo, el mes de La Virgen, el mes de la pureza; éste es nuestro regalo,madre!>>; y abrazaban una y otra vez al gigantesco falo, como los niños cuando se agarran a las piernas de sus padres.
Yo estaba en aquel momento agazapado, viéndolo y escuchándolo todo, cuando uno de los jóvenes, abandonando a sus amigos, solitario como un fantasma, salió de La Villa bajo las oscuras luces del destino, por la calle de los muertos; caminaba desaforado y tortuoso; sus ojos ensangrentados alumbraban su paso triste y santo, hacia la puerta de hierro viejo y chirriante. En su frente, al entrar, se clavó una cruz de plata acrisolada; los misterios de la existencia lo llevaron al fondo del palacio de los difuntos, y en la mansión petrificada de los desarropados cadáveres, sobre una tumba sagrada, cantaba siguiriyas*, abrazado al mausoleo donde yacía enterrado el cuerpo de su madre. Gemidos envueltos por el llanto hablaban de ella, de su alma, de su dolor y de su muerte. El delirio se apoderaba cada vez con más pasión de su corazón; parecía, abriendo el sepulcro de su madre, que intentaba penetrar en su vientre".
Sin más nefastas palabras, el cuervo paseó un instante alrededor de su víctima, como si fuera un jorobado inútil; luego, dejándola sola, se metió en las entrañas de la zarzamora; por secretos pasadizos caminó como un animal perseguido; al fin salió, llevando colgada de su pico de guadaña la calavera de un niño. Llegó hasta la princesa, le separó las piernas, e incrustó la calavera en el útero de La Virgen, rasgándole las carnes, y haciéndole brotar lánguidos chorros de sangre entre sus nalgas. El cuerpo de la joven doncella brincaba sobre el lecho de flores, luchando contra su dolor, como un ángel a las puertas del infierno. El Perverso, con las garras asesinas apretándole los muslos, hincándole sus uñas, introdujo por la boca de la calavera un fino y larguirucho clavo escarlata, que acabó entregando a la virgen en los brazos de la muerte.
El cielo del valle se estremeció de terror; negras nubes se enfrentaban entre sí, y relámpagos y truenos parecían protestar por tan terrible crimen. Los rayos caían sobre Las Fuentitas, persiguiendo al cuervo, que tuvo que buscar protección en su hondo cubil. Una vez dentro, toda la fuerza de la tempestad descargó sobre la zarzamora, que ardía como una tea crepuscular sin consumirse.
La lluvia fue apagando el temperamento del fuego, y la calma volvió a Las fuentitas. Las gentes de La Villa, presintiendo desde la oscuridad de sus casas, la tragedia que acompaña a una apocalíptica tormenta, con las primeras luces del alba, descubrieron asombradas el cuerpo destrozado de la niña. Cada cual dio rienda suelta a su perturbada imaginación; pero todos coincidían en un caballo solitario, que veían galopar de noche, blanco como la nieve. |