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el bodegón de el filipino      de     Carlos López Matías "el filipino"
   
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MONTE DEL TUERTO O MONTE DE LA RISA

A los que ven más allá del cielo.

He aquí parte de la historia de un hombre, que nada más poseía vista en un ojo, y había quien decía, que sólo veía la mitad de todo lo que se le ponía delante; el afectado aseguraba ver más todavía, que cuando tenía sanos los dos. Desde que una partícula de acero luminoso se le introdujera en la pupila izquierda, con la luz del día siempre llevaba lentes oscuras, y por la noche se las quitaba, para escrutar detenidamente las estrellas, tumbado boca arriba, sobre la tierra de un monte. Se pasaba horas y horas curioseando el cielo; lo admiraba como si lo hubiera descubierto de repente; parecía extasiado, atónito, impresionado por lo que veía. Durante quince años observaba esta postura todas las noches, y en vela creía estar a su manera en el paraíso.
Hasta que una noche sin estrellas, clara como el agua de un pozo, y en mitad del verano, vio venir hacia él tres luces blancas como la nieve y dispuestas en forma triangular, que parecían tres ojos gigantescos; rodeaban las luces seis alas rojas con mucho brillo, y detrás de esta extraña figura pendía una cola de escorpión con los colores azul, verde y amarillo alternando en los anillos, que eran también muy luminosos. El hombre se quedó petrificado con la visión; estuvo un buen rato sobre su cabeza revoloteando como un pájaro, y en una de las veces que se frotó el ojo sano, para cerciorarse que no estaba dormido y lo que veía no era un sueño, el monstruo se desvaneció, y no lo volvió a ver más. Refirió a los vecinos de La Villa la aparición, y se rieron de él; mofándose, aún más, porque sólo veía por un ojo. Algunos le decían: "Eso lo habrás visto con el otro ojo", y no paraban de reírse. El tuerto no les hizo caso, y siguió observando el universo en tinieblas; y a veces, mientras así estaba, veía la forma del extraño animal volar, y entonces se reía él sólo; se reía más y más; las carcajadas sonaban en toda La Villa; el eco se introducía en los rincones más oscuros de las casas, en las bodegas, en los socavones más hondos; hasta ahí llegaban sus carcajadas. El pueblo estaba intranquilo, porque era incapaz de dormir con tanta risa; aquello se repetía todas las noches, hasta que las autoridades tomaron cartas en el asunto, y una noche muerto de risa, lo metieron en un jaula, y se lo llevaron para siempre. Después de su partida, ni los oídos más sordos podían sustraerse a su hilaridad; comenzaba a media noche y se mantenía en carcajadas entrecortadas hasta el alba. La gente no sabía qué hacer para ahuyentar la maldición. Al cura todo el pueblo le pedía misas por el alma del infortunado. La guardia civil se apostó varias noches en las laderas del monte, para comprobar si era sólo una broma de mal gusto, pero nada; no había nadie en el lugar donde el tuerto solía acostarse a meditar con las estrellas. A medida que avanzó el tiempo las risas se oían cada vez menos. Actualmente, curiosos alentados por la leyenda, hacen viajes desde muy lejos para visitar el lugar, que ahora se llama Monte del Tuerto o Monte de la Risa, y hace la fortuna de más de un vecino incrédulo de La Villa de El Maderal.

Carlos López Matías "el filipino"