A los que ven más allá del cielo.
He aquí parte de la historia de un hombre, que nada más poseía
vista en un ojo, y había quien decía, que sólo veía la mitad de
todo lo que se le ponía delante; el afectado aseguraba ver más
todavía, que cuando tenía sanos los dos. Desde que una partícula
de acero luminoso se le introdujera en la pupila izquierda, con la
luz del día siempre llevaba lentes oscuras, y por la noche se las
quitaba, para escrutar detenidamente las estrellas, tumbado boca
arriba, sobre la tierra de un monte. Se pasaba horas y horas
curioseando el cielo; lo admiraba como si lo hubiera descubierto de
repente; parecía extasiado, atónito, impresionado por lo que veía.
Durante quince años observaba esta postura todas las noches, y en vela
creía estar a su manera en el paraíso.
Hasta que una noche sin estrellas, clara como el agua de un pozo,
y en mitad del verano, vio venir hacia él tres luces blancas como
la nieve y dispuestas en forma triangular, que parecían tres ojos
gigantescos; rodeaban las luces seis alas rojas con mucho brillo, y
detrás de esta extraña figura pendía una cola de escorpión con los
colores azul, verde y amarillo alternando en los anillos, que eran
también muy luminosos. El hombre se quedó petrificado con la visión;
estuvo un buen rato sobre su cabeza revoloteando como un pájaro, y en
una de las veces que se frotó el ojo sano, para cerciorarse que no
estaba dormido y lo que veía no era un sueño, el monstruo se desvaneció,
y no lo volvió a ver más. Refirió a los vecinos de La Villa la aparición,
y se rieron de él; mofándose, aún más, porque sólo veía por un ojo.
Algunos le decían: "Eso lo habrás visto con el otro ojo", y no paraban de
reírse. El tuerto no les hizo caso, y siguió observando el universo en
tinieblas; y a veces, mientras así estaba, veía la forma del extraño
animal volar, y entonces se reía él sólo; se reía más y más; las
carcajadas sonaban en toda La Villa; el eco se introducía en los rincones
más oscuros de las casas, en las bodegas, en los socavones más hondos;
hasta ahí llegaban sus carcajadas. El pueblo estaba intranquilo, porque
era incapaz de dormir con tanta risa; aquello se repetía todas las noches,
hasta que las autoridades tomaron cartas en el asunto, y una noche muerto
de risa, lo metieron en un jaula, y se lo llevaron para siempre. Después
de su partida, ni los oídos más sordos podían sustraerse a su hilaridad;
comenzaba a media noche y se mantenía en carcajadas entrecortadas hasta el
alba. La gente no sabía qué hacer para ahuyentar la maldición. Al cura
todo el pueblo le pedía misas por el alma del infortunado. La guardia civil
se apostó varias noches en las laderas del monte, para comprobar si era sólo
una broma de mal gusto, pero nada; no había nadie en el lugar donde el
tuerto solía acostarse a meditar con las estrellas. A medida que avanzó
el tiempo las risas se oían cada vez menos. Actualmente, curiosos alentados
por la leyenda, hacen viajes desde muy lejos para visitar el lugar, que
ahora se llama Monte del Tuerto o Monte de la Risa, y hace la fortuna de
más de un vecino incrédulo de La Villa de El Maderal.
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