A Tomás de la Iglesia Santos, párroco de La Villa de El Maderal
Una docena de viejos esqueletos sujetaban a un niño con los ojos, y trataban
de enredarlo entre las palabras que lanzaban sobre él. Se cubrían con chilabas
grises, y poseían la sabiduría de cien años de estudios meditados muy
profundamente; sus cabellos, que atesoraban el brillo de la plata, descendían
hasta sus hombros, y los dedos de sus manos castañeteaban entre sí. El niño, que
venía de celebrar su séptimo cumpleaños, vestía una túnica roja, y con las manos
entre los pliegues del manto, contestaba a sus preguntas:
-¿Sabrías describirnos el carácter de los valles, los lagos y las montañas,
cuando la majestad del Sol oculta su luz en el crepúsculo?
Las palabras comenzaron a brotar de sus labios:
-El Astro Luminoso, cuando aleja sus rayos enfebrecidos de fuego de estas
tierras, deja temblando, durante un periodo de tiempo lunar, semilunar o
completamente oscuro, a las criaturas temerosas de las tinieblas. El recelo que
alimenta a esas almas, crea el matiz que da sentido a los seres y las cosas,
bajo la carpa negra de La Noche. Los valles se tornan, para unos, selvas
atestadas de monstruos, y para otros, ríos dulces rebosantes de aguas
perversas. Los lagos, ocultan, bajo su fatua tranquilidad, laberintos de
espejos, que despiertan sonámbulos y recorren el cuerpo del caminante como un
escalofrío. Y por último las montañas, que semejantes a damas gigantescas,
aparecen y desaparecen en la espesura de la noche, como si fueran fantasmas.
Callando, el niño, dejó que los antiguos se entendieran entre sí.
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