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el bodegón de el filipino      de     Carlos López Matías "el filipino"
   
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JESUS Y LOS ESCRIBAS

A Tomás de la Iglesia Santos, párroco de La Villa de El Maderal

Una docena de viejos esqueletos sujetaban a un niño con los ojos, y trataban de enredarlo entre las palabras que lanzaban sobre él. Se cubrían con chilabas grises, y poseían la sabiduría de cien años de estudios meditados muy profundamente; sus cabellos, que atesoraban el brillo de la plata, descendían hasta sus hombros, y los dedos de sus manos castañeteaban entre sí. El niño, que venía de celebrar su séptimo cumpleaños, vestía una túnica roja, y con las manos entre los pliegues del manto, contestaba a sus preguntas:

-¿Sabrías describirnos el carácter de los valles, los lagos y las montañas, cuando la majestad del Sol oculta su luz en el crepúsculo?

Las palabras comenzaron a brotar de sus labios:

-El Astro Luminoso, cuando aleja sus rayos enfebrecidos de fuego de estas tierras, deja temblando, durante un periodo de tiempo lunar, semilunar o completamente oscuro, a las criaturas temerosas de las tinieblas. El recelo que alimenta a esas almas, crea el matiz que da sentido a los seres y las cosas, bajo la carpa negra de La Noche. Los valles se tornan, para unos, selvas atestadas de monstruos, y para otros, ríos dulces rebosantes de aguas perversas. Los lagos, ocultan, bajo su fatua tranquilidad, laberintos de espejos, que despiertan sonámbulos y recorren el cuerpo del caminante como un escalofrío. Y por último las montañas, que semejantes a damas gigantescas, aparecen y desaparecen en la espesura de la noche, como si fueran fantasmas.

Callando, el niño, dejó que los antiguos se entendieran entre sí.

Carlos López Matías "el filipino"