Dos espejos se miraron en La Villa de El Maderal, y el orgullo que florecía
en sus lunas, fue la perdición de sus resplandores; como anfitrión de ese
duelo, que silenció dos hermosas vidas, alguien se quitó una capa, y con
bello azabache ocultó sus rostros, para no verlos; con sus manos, más
oscuras que el mismísimo dolor de sus cuerpos, les hizo una fosa; y juntos,
por amarse tanto, los enterró en lo más hondo de su deseo. Ni de noche ni de
día se le puede ver, porque le está vedada la Muerte.
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