Amante: Los rosales, humedecidos por la niebla, lloran rocío; ¿nunca
has cortado una rosa?; te sangra el corazón, como si a un diamante lo hubiera
herido el cielo, y no puedes evitar que la vida se te escape por las llagas.
Amada: Ten piedad, no me hables así, porque esas palabras que
hilvanan tus labios, me hacen perder la razón.
Amante: Dulce Nabalusa, ¿Crees que puedo ser de otra manera,
sintiendo en mi alma la mirada fulgurante que anima tus ojos?
Amada: Eres cruel, Diorano; tu amor desgrana mis sentimientos, y tu
aliento los hace volar, cual pajarillos asustados, como si estuvieran
aprendiendo a conocer el aire.
Amante: Nunca termina el ave sabiendo manejar del todo su cuerpo
espiritual, cariño, y sin embargo, es del ser alado, de quien tenemos que
aprender a vivir, porque cuida sus plumas peinándoselas con el pico, y el
universo de su alma, cantando al sol. Estas flores, descendientes lejanas
de las que enamoraban al señor de esta tierra, se duelen del abandono al
que han llegado, porque sus príncipes han dejado de existir. Hace muchos
años, aquí vivía un rey, que se creía hijo predilecto de las estrellas, mas
para la gente estaba loco, aunque hay quien dice que fue feliz, llorando
entre los brazos de su esposa, que lo amaba demasiado, y con sus hijos,
pequeños ángeles vestidos de blanco, que jugaban a esconder monedas de plata
y de oro en el jardín. Una mañana el pueblo se levantó endemoniado, y
crucificó a toda la familia en los álamos, que tantas veces les habían dado
sombra.
Las hojas de los árboles se agitaron, y los amantes, enlazados por la pasión, se estremecieron.
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