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el bodegón de el filipino      de     Carlos López Matías "el filipino"
   
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LA AGONIA

A mis padres, a los vuestros y a la santa Magdalena, patrona de La Villa de El Maderal.

Yacía cual paloma atrapada en las fauces de un león, con las alas extendidas, anhelando que sus mortales heridas le permitieran volar otra vez. A sus pies los seres que más lo querían, incapaces de salvarlo, lloraban sin consuelo, y a ambos lados de su desgracia, escoltándolo con ensangrentados dolores, dos hombres destinados a recorrer el mismo camino que El, pero con desigual honor. Tal vez delirando, e incapaz de hablar como los mortales, sus palabras temblaban así:

-Entre las sombras plateadas del horizonte, se encuentra la Muerte sobre un caballo de jaspeado vientre, con alamares de oro, que involucran a su razón misteriosa, al enfrentar con enigmáticas figuras la crueldad de su acción; es el origen mismo de la confusión y del horror, en lucha constante con la esperanza y el deseo de eternidad, que mantiene secretamente silenciados los sinos inalterables de cada ser humano. Para que la luz se renueve y florezcan nuevos resplandores, es necesario que el espejo se rompa; la Luna brillará mucho más, cuando la espada recoja el aliento de su alma y lo esparza sobre la tierra, como signo revelador de vida; respirar el hedor de la muerte, acrecienta la llama del saber y aviva el fuego del conocimiento. En las lágrimas de la desdicha siempre hay un hálito de poder divino, que ayuda a traspasar límites imperecederos.

Un soldado, custodio del sagrado sufrimiento, se revolvía intranquilo escuchándolo, mientras los demás comenzaban a rendir cuentas a un profundo sopor.

-Dazme una pesadilla, y le haré un nudo corredizo, para que os sintáis orgullosos de mi cuello. Obsequiarme con una daga, y me abriré una zanja de dolor, para que podáis chapotear en mi sangre. Mirad mi corona de espinas; sus afiladas púas me abrasan las sienes y mi cabeza semeja una fuente de múltiples chorros, mas es honra de santos estar loco, y lo acepto como un trofeo a la misericordia.

El soldado lo increpó para que se callara.

-No puedo entender lo que dices, pero es como si me apedrearas la cabeza. ¿Para quién platicas?, ¡paria lunático!, has perdido la razón a las puertas de la Muerte.

-No se necesita cayada para caminar por el cielo.

-Es tal el destrozo que hay en tu cuerpo, que la chifladura podría ser un alivio.

-Una sombra soy, nada más, que recorre con paso firme el corazón humano; pero, siendo como vosotros, ¿no tengo yo, también, derecho a desfallecer? Amor fue el destino que engendró la humanidad, y por él sufro y muero; ¿hay algo más bello y más enloquecedor?

-¿Quién te enseñó a hablar así?

-El que construyó una carroza de plata con siete estrellas, para llenarla de amantes, encendió una hoguera dentro de mí, y tuve que aprender a calentarme por delante y por detrás; ¡ay del que ansía poseer el fuego, sin haberse quemado antes en él!

-A mi me cuecen las entrañas cuando bebo aguardiente.

-Deja que te hable su fuego y escucha lo que dice; siente cómo quema.

-Eres maravilloso, haces que las cosas parezcan de otra manera. Si estuviera en mis manos, te bajaría de la cruz, te sentaría en mis rodillas y te curaría las heridas; pero soy un pobre soldado, con la misión de matar y defenderme de la Muerte.

-No me des la espalda soldado, que quiero ver tus lágrimas. ¡Qué hermoso es ver llorar a un hombre!

El pudor inclinaba su cabeza sobre la lanza, y el hierro al sentirse homenajeado, vibró como una rama de sauce, estallando la vida en su interior; desequilibrado y atónito, el centinela se limpiaba los ojos, para contemplar con más claridad el prodigio.

Erguida y retadora, una serpiente silbaba con magia desafiante a la oscuridad; sorteó con cimbreante sutileza los cuerpos de las tres mujeres, que velaban desde el sueño, y subió decidida alrededor de la cruz, hasta los hombros de Jesús.

-¡Ah, oscuros y verdes para encarar la muerte!, ¡enaltecidos de sangre!, ¡rostro aterrador!

-¡Vete!, no hagas más difícil mi sufrimiento.

-Tenía que verte, ¡está tan triste mi corazón! Deja que me quede contigo un poco más. Cerraré tus ojos con nacarados deseos, y abriré tu boca, para que fluya tu alma con alas de seda; te espera el lecho de nuestro amor.

-¡No quiero morir!, ¡No voy a morir!, vendrá mi Padre con una nube de ángeles y me salvará.

-¿Por qué dejó que te reventaran las manos y los pies?; ¿dónde está El ahora que su Hijo agoniza?

-No seas cruel con sus designios.

-¿Cruel?; ¡oh, Señor!, ¿qué nos estás haciendo?

Acercó su lengua junto a la de Jesús, y un beso de amor deshizo el hechizo de medio áspid, transformándolo en un hermoso busto de mujer.

-Hasta pronto, mi tesoro. ¡Ah, qué pecado más grande es amar!

Le salieron alas a sus últimas palabras, y desapareció entre negra luz.

-¡Espérame!, ¡espérame!, ...Aggghh.

Rompiendo misteriosas tinieblas, que imponían su reinado al mediodía, níveos rayos descendían del cielo, puliendo la sangre de Jesús “el Cristo”, cuando su madre despertó horrorizada.

-¿Qué han hecho con mi hijo?; ¡hijo!, ¡hijo!, ¿qué te han hecho, hijo mío? Está muerto; me lo han matado; ¡habéis matado a mi hijo!; ¡asesinos!, ¡alacranes!, ¡sombras viles que os arrastráis por la tierra!; ¡el crimen de mi hijo os atormentará el resto de vuestras vidas!; ¡ay, Señor, que has dejado que muera! El te amaba y confiaba en ti; nos has abandonado Señor.

-Madre, no digas eso.

-¿Eres tú, hijo mío?

-Sí madre.

-Descansa, ángel mío. Tus hermanos han ido a hablar con las autoridades, y perdonarán tu vanidad.

-No hay ley sobre la tierra, capaz de juzgar mis actos; Dios es mi Padre y mi Juez.

-No te fatigues, hijo, te bajaremos de la cruz, ¡ya lo verás!

-Mi sangre ayudará a encontrar el Paraíso perdido, y toda la humanidad gozará de felicidad eterna.

-Si hubiera parido siete cuerpos, catorce piernas, ventiuna cabezas, ventiocho ojos, treinta y cinco orejas, cuarenta y dos narices y cuarenta y nueve bocas, no me habría angustiado tanto, como al saber que engendraba setenta veces siete espíritus, para una pasión monstruosa.

-Madre, no te atormentes.

-Lamiste las úlceras de los leprosos; enderezaste a los cojos; alumbraste las pupilas de los ciegos. ¿Dónde están ésos ahora?

-Rechazan a los sucios de piel; están cansados de tanto correr, y ven menos que antes.

-Y tú los perdonas, porque no saben lo que hacen.

-Les creció el cuerpo, mas el alma es todavía una recién nacida.

-Un centinela se sacude el sueño, y dirige sus pasos hasta la cruz más alta, pero tropieza con algo.

-¿Qué significa esto, y mi compañero?

-Se despojó del agobio de su atavío, y marchó desnudo al encuentro de su destino.

-¡Maldito pelafustán!; ¡lo has embrujado!

-Enarboló su lanza, y la mandó contra Jesús, abriendo un camino tenebroso en el aire, que culminó en el costado derecho de su maltrecho cuerpo.

María “la Virgen” se avalanzó sobre el soldado, intentando golpearlo.

-¡Aaagg...!, ¡aaag...!; ¡demonio!, ¡mal bicho!

La sujetó por los brazos, mientras todos se despertaban. Y el centurión dejó oir su voz dominante.

-¿Qué ocurre soldado?

-Mi compañero a huido, y él tiene la culpa.

-¿Y por eso le has clavado tu lanza, insensato?; ¡valiente guerrero! Recupérala y vete, que no te quiero conmigo.

Encaramado sobre los últimos tramos de una larga escalera, extraía el tenaz hierro del pecho del crucificado, siendo contemplado con horror por tres santas, una de las cuales, como si fuera su carne la mancillada, gritaba desesperada.

¿De dónde manaba la fuerza de Jesús, para seguir enamorando a la mágica oscuridad, con los sortilegios de su alma? Después que recobró el sentido, que le arrebatara la grave herida en el costado, volvió a su misterioso monólogo, alumbrando con sus ulceradas palabras el monte, que privaba profundamente de la vigilia, a los que eran reos como El, acompañantes e irónicos guardianes de tesoros floreados de sangre.

-¿Qué hay de verdadero en una sombra?, la soledad, la melancolía, la angustia; eso es lo que hay que escrutar. Mas no se puede espigar un campo, sin haber segado antes la mies; el dolor es parte importante del rastrojo; el provecho del que lo recoge, redundará en la siguiente cosecha. En un reino de espíritus pobres, las pesadillas piden limosna a cadáveres en descomposición; ¡ay de los que se recrean en su cordura!; una sombra que agujeree la falsa luz es un alivio para la razón. La claridad escucha el parpadeo de los ojos; he aquí el sonido que se resiste a morir.

A su derecha, en otra cruz, se oye el jadeo de una voz.

-Déjalo ya; tus palabras no van a cambiar el Universo; estamos presos en él, y por mucho que disfraces las cosas, eso no nos va a liberar.

-Si el pollo logra salir del huevo, ¿por qué no va a conseguir el ser humano, romper un caparazón de sombras?

-En este mundo todos dormimos menos tú; quizá sea ésa la razón de nuestra ineptitud.

-Sin embargo, tú esta vez, pareces haber eludido el sueño.

-Experimentaba que yacía debajo del monte, y esa horrible sensación me hizo despertar.

A la izquierda de Cristo, una tercera persona, con otra cruz clavada contra su espalda, aprovechó para entrar en la liza verbal.

-Sácanos de este pozo de sufrimiento. Pon en práctica tus artes, y haz saltar los calvos que nos aprisionan la carne contra la madera; es tu oportunidad de hacer dos buenos amigos.

-Está al cumplirse vuestro tiempo sobre la Tierra.

El de la derecha intentó otro arreglo.

-Pues alivia nuestros dolores.

-¿Qué valdría la vida, si no se la sufriera?

El último en despertar, desesperaba, al no poder convencerlo de la importancia de un milagro.

-¡Maldita sea!, ni siquiera podemos acabar de una vez; sería nuestra mejor burla.

-Dormid amigos; el sueño os hará olvidar vuestras heridas.

Y cual si hubiera impuesto sus manos sobre las cabezas de ambos reos, estos se rindieron al sueño una vez más.

-¡Jesús!, ¡Jesús!; ¡soy yo, María Magdalena!

-¡Ah, María Magdalena!; catorce letras para el amor de una reina.

-Sí, un amor que me está destrozando el corazón. ¡Llévame contigo, Jesús!

-No seas impaciente; estás deslumbrada, y persigues un imposible.

-Entonces me cortaré en trozos, y con ellos atraeré el hambre de las fieras.

-¡Ah, impulsiva! Debes escuchar con sigilo tu corazón; pon atención y paciencia a sus latidos, y descubrirás que no soy yo quien los produce.

-Dime ¿quién es el ladrón que me los roba?

-Más allá de las tinieblas está escrito; cuando aprendas a leer con los ojos cerrados, lo sabrás.

-¡Ay, Jesús!, me estás mintiendo; sólo ante ti se turba mi voz, se sonrojan mis mejillas y arde mi corazón. Tú llenas ahora el vacío de los siete demonios que arrojaste de mi alma.

-Morimos y renacemos, mas nunca perecemos definitivamente, porque el amor es nuestro interminable camino; padecerlo, disfrutarlo y conocerlo es nuestro destino.

-Sigue, quiero saberlo todo.

-Tú no me has encontrado, María Magdalena; yo sólo paso por tu lado y tú me ves pero no me reconoces, porque yo no soy tu sino glorioso.

-Son grandes palabras para tan poca capacidad.

-Tu recipiente es inmenso y eso lo hace de difícil manejo, mas en aprender está la lucha del ser humano.

Por la loma subían las siluetas oscuras de sus hermanos. Al llegar a la cima, despertaron a su madre y la rodearon de tristeza.

Hijo!, te niegan la vida.

-No madre; la impotencia los obliga a asesinar mi voz, mas esa actitud es equivocada, porque así propagan mis clamores con más celeridad.

Como si una legión de ángeles hubieran hecho sonar trompetas de plata, el monte desentumeció sus alas y vibró la Tierra.

-Ya está aquí el fin que roba la luz a mis ojos; negros nubarrones no han permitido al Sol, que lo vea por última vez; quizá sea mejor así; la Muerte tiene otro aspecto en la oscuridad.

Estas fueron sus últimas palabras; si pronunció alguna más, los truenos que desencadenó el Cielo las ocultaron para siempre.

Carlos López Matías "el filipino"