Deambula santa la noche, en una Villa donde los árboles tienen el
resplandor de los espejos y las casas son por fuera de piedra y por
dentro según el alma de sus moradores; la luna ha querido estar
presente y extiende su blanca cabellera sobre un prado; en él un
hombre da al viento paladas de diamantes, para que éste los limpie
de impurezas; se llama Torak y está soñando; su esposa Naloa barre
lo esparcido, porque el tesoro es muy importante para sus vidas;
junto a ellos, una vaca estrellada y otra negra, comen del montón
de piedras preciosas.
Naloa: -Marido, nos han nacido miles de ojos, que brillan como
centellas, y cuando se juntan, trinan como besos encadenados. ¡Ah!,
Dios sabrá porqué.
Torak: -Deja que yo te cante, princesa, que se va a enterar todo el
pueblo, a quién ahogan tus trenzas.
Naloa: -Te quiero mucho, mucho, mucho, mucho.
Torak: -Y yo mucho más, mucho más, mucho más, mucho más.
Naloa: -¡Mira allí!
Torak: -¡Es un pavo real!
Naloa: -No, es Asuái luciendo un abanico detrás de la cabeza.
Torak: -Le habrá brotado de la joroba.
Naloa: -Tan pequeño y tan soñador.
El Hombrecillo venía hacia la era, iluminando el camino con su
misteriosa jaez.
Asuái: -¡Hola, jóvenes enamorados!, ¿os gusta mi atavío?
Naloa: -Me decía Torak, que te habría florecido la chepa.
Asuái: -También este cuerpo tan gurruminoso, posee tesoros dignos
de exhibir.
Asuái se fue hacia las vacas y las espantó.
Asuái: -He venido para ayudaros, porque ya ha comenzado a arder la
leña, y vosotros, como siempre, sois los últimos.
Pusieron manos a la obra, y en seguida llenaron los sacos, que
después de uncidas las bestias, cargaron en el carro. Pasaron cerca
de la plaza, donde una muchedumbre de aspecto mágico, portadora de
pequeñas y grandes cajas de madera, rodeaba una gran hoguera. Ya en
casa, Torak, ayudado por Naloa y Asuái, depositó la carga, excepto
una pequeña cantidad, que en pago por sus favores, Asuái se llevó
contento a su vivienda.
Luego el matrimonio se vistió de gala; él
con sombrero blanco de ala ancha, oscura chaqueta corta, pantalón
del mismo color, con borlas a los lados, y botos de blanco
terciopelo; ella con una rosa de cristal en el pecho, mantón rojo y
verde, con flecos hasta el suelo, falda negra de volantes, y nítidos
tacones de punta fina.
Al entrar en la plaza, llevando un cofrecillo
entre los dos, su arte intentaba sobresalir, frente a la sofisticada
petulancia de los demás; la ceremonia había comenzado, y cientos de
pequeñas, grandes, suaves o ásperas manos, echaban arcas y baúles
toscos o de labra exquisita, para que las llamas devoraran su forma y su
misterioso contenido; los niños corrían alrededor de la gigantesca pira,
asediando sus impresionantes sombras en tumultuosa algarabía,
mientras las personas mayores permanecían serias o lloraban. Los
jóvenes esposos hicieron ademán de lanzar su bella cajita, pero
ésta se enganchó en las ropas de Naloa, y perdiendo impulso cayó
fuera de la hoguera, abriéndose de improviso; Torak, entonces, se
arrojó sobre el cofrecillo, intentando ocultar a la gente el
secreto que guardaba, pero ya era demasiado tarde, y entre sus
dedos comenzó a verse una negra nube, que se agigantaba muy
deprisa; dolorosos gemidos salían del cuerpo de Torak, que yacía
bajo un monstruo aún más oscuro que las tinieblas, con dos cuernos
retorcidos en la cabeza, un par de resplandecientes ojos, cuatro
fortísimas pezuñas, que sostenían un portentoso cuerpo, y el largo
rabo que barría el suelo con rabia; la feroz aparición al sentir
los lengüetazos de fuego, que hacían lo imposible por apresarla,
saltó furiosa y embistió a Naloa, arrastrándola en su huida, hasta
que por fin desapareció solitaria de grandeza, dejando a los
habitantes de El Maderal roidos por el susto.
Los más audaces
fueron tras el monstruo, dispuestos a enfrentarse con él, a pie, o
desde briosos corceles y con refulgentes lanzas y arcos certeros.
Sin tregua para la fiera, el acoso la llevó hasta una alameda de
árboles reflectantes, donde el animal se hacia visible en mil
lugares a la vez; los cazadores estrellaban sus armas en el brillo
de los gigantes de madera, creyendo que con cada golpe herían a su
víctima, pero ésta no era la verdadera, sino una visión; otras veces
sufrían embestidas ilusorias, y el pavor los dejaba inertes, hasta
que comprendían el engaño.
La persecución, que se hacía eterna, se
quebró en sangre, cuando un potro blanco dejó escapar su último
relincho, al ser corneado en el vientre, mientras el jinete lanceaba
las costillas del temible animal. Entre las felicitaciones de sus
compañeros, el intrépido caballero lo desolló con todo el arte de
que era capaz, y de regreso en la plaza, cubrió con la negra piel
los cuerpos sin vida de los amantes, siendo llevados a hombros de
la multitud, hasta un lecho de piedra, dentro de una montaña que se
alzaba sobre el río.
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