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Que no te engañe, alma mía,
el rosado amanecer.
Que no te engañen los trinos
de las aves al pasar.
Que no te engañen las risas
de los niños en sus juegos.
Que no te engañe el bullicio
de la abigarrada calle
en una tarde festiva.
Que no te engañe la miel
de las palabras vertidas
en un susurro, al oído,
del que te dice: te amo.
Sube a la loma, guerrera.
Otea el aire y presiente
que la negra noche llega;
que con su manto-sudario
cubrirá todas las risas,
bullicio, trinos, colores.
Que los sumirá en tinieblas
y que nublará tu esencia.
Alma mía... que no te engañen.
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