A Caty, con casi dieciséis años, le parecía que estaba locamente enamorada de Justino Páez y trató de demostrárselo de forma natural, pero él, tímido y como cogido por sorpresa, no hizo frente a la situación y dejó que se fueran al traste unos labios que le ofrecían su primer beso y una dulce mirada de entrega y de deseo como acompañamiento. Labios y mirada verdaderamente encantadores y sinceros que tradujo así el poeta cuando supo de su destino marchito:
Flor pura del momento,
que proyectaba el sol,
y la sombra encontró
sin copa ni sombrero.
Justino había saboreado, habitado y recorrido muchas veces, pero sólo con su mente de adolescente, los contornos desnudos del cuerpo de Caty, también los había vislumbrado, y de alguna manera poseído en esas canciones románticas del “Mercurial”, donde pegado, casi como una lapa a la chica que quería, sintió febril latir la sangre en sus venas.
Pero ahora situémonos en “El Reventón” aquel domingo de abril por la tarde, con los almendros todavía floridos, ante una primavera verdaderamente voluptuosa y cromática, obsequio añadido para sus sentidos, mientras le regalan lo que él siempre deseó. Mirad cómo, incomprensiblemente, Justino Páez se vuelve retráctil, anonadado, inoperante, y curiosamente en contra de su voluntad, deja escabullirse una de esas hermosas oportunidades que sólo se presentan una vez en la vida con la misma chica, de ahí que de una situación como ésa se desprenda el dicho popular de que una vez no sean veces.
Caty, avergonzada, decepcionada y sumida en la impotencia, se fue para casa, se encerró en su habitación, y sobre su cama, tremendamente confusa, gimió con pasión y lloró con rabia a partes iguales, una última vez, por un amor ya terminado.
La muchacha no salió de casa en toda la semana, pero al domingo siguiente todas sus amigas la fueron a buscar por la tarde para ir al paseo, a lo cual se negó tajantemente, aunque por la noche, sus dos más allegadas, para que fuera al baile de “Mercurial”, insistieron. Las dos amigas, con una estrategia de broma aquí y broma allá, en este intento, consiguieron que Caty mostrara una sonrisa incipiente, pero suficiente para saber que la Caty de siempre existía, y fue entonces cuando ella, vencida por la fuerza de los lazos entrañables de la amistad, accedió a acompañarlas mientras se decía a sí misma: “¡Qué narices! El mundo no se acaba por un beso frustrado ¿Quién no ha hecho el ridículo alguna vez por amor?”.
En este punto, mientras que Caty y sus amigas llegan al baile y toman posiciones, se da la licencia el narrador de recordar a los que lo ignoran, que “El Mercurial” fue un templo sagrado de la dicha, una plaza pública de la “Democracia Ateniense”, un sitio en el que dejando de lado un cristianismo galopante, sumiso, copión y retrógrado, imperaba la filosofía eterna, la que habla del “Hombre”, esa que imitó “El Renacimiento” y puso rúbrica “La Ilustración”.
...Era, “El Mercurial”, un oasis con vistas, a donde algunos dioses del “Olimpo”, y en especial Apolo, Dionisos y Cupido, trasladaron su residencia atraídos por la ebullición civilizada y con duende de sus moradores.
Pero también fue “El Mercurial” una Roma profanada, ya que junto a sus murallas, antes de entrar en la ciudad, no dejaban los burdos legionarios victoriosos las armas en señal de respeto, sufriendo Mercurio, dueño, morador y defensor de su “Rex Publica”, la humillación del movimiento insulso de unas gentes percheronas, cuyo musgo descolorido, salpicado de manchas de cera, hacía los caminos en bicicleta, sin saber, clarividente es para “La Fuerza”, que caminante no hay camino, que se hace camino al andar…sin saber ellos, lado oscuro, claro es, que sólo hay estelas en la mar, o que la senda que pisaste hoy, recordada es, pero no la volverás a pisar.
En los últimos años del “Mercurial” también tuvieron los dioses helenos lira y presencia veraniegas en huerto de delicias, con uno de los dos afluentes del Talanda como testigo impávido de la teoría de Heráclito. Corría el arroyo del “Caño” refrescando la brisa de ese espacio arcádico que llenaban canciones legendarias como “Puerto de Vigo”, “Cuéntame” o el sempiterno “Gato montés”, cuyas notas musicales parecían manar de la luz del maravilloso cielo estrellado de agosto.
A veces, en esos bailes del huerto, todo era un desbarajuste, pues lanzaba un Cupido ebrio sus flechas a diestro y siniestro, confundiendo amores con amoríos y viceversa; y es que Dionisos engañaba al duendecillo del amor mientras le ofrecía medios de ginebra con tónica diciéndole que eran vasos de agua fresca con burbujas… vasos y vasos que el inocente Cupido bebía como si de la tal agua se tratara. Al parecer, en estado sobrio, este dios juguetón sabía mucho sobre erotismo y elixires de amor, pero poco de las consecuencias que producía otro tipo de “¿Química de qué?” en estado “ubriaco” ¡Qué jodío bromista de Dionisos!
Sin embargo, y sin duda alguna, el que más disfrutaba de la brisa del verano y de aquel ambiente paradisíaco, era Apolo, moldeando con gusto exquisito, a veces en contra de su voluntad, la belleza y la estética inconfundibles de la tragicomedia universal que es “La Villa”.
Pero retornando a nuestra historia, a un año de la inauguración de aquel mitológico paraíso de las delicias del que algunos ni siquiera habían oído hablar, nos encontramos que Caty y sus amigas ya llevan un buen rato en el baile del salón oteando el horizonte.
Observad, es el momento en que llega la hora de las canciones lentas y arrimadas. Acaba de concluir “The wall” de Pink Floyd (título también conocido por algunos como “Miro el catalán”) y comienza a sonar “Santa Lucía” de Miguel Ríos en la gramola. A los primeros compases de la balada, Justino, como para envalentonarse, se bebió de un trago una “Vaca Verde” y se fue a sacar a bailar a Caty:
- ¿Bailamos, Caty?
La sangre circulaba violenta por ambos, aunque...
- Lo siento Justino, no me apetece bailar, ni éste, ni ningún otro baile más contigo- le respondió Caty tajantemente.
...”Y la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido”. Y si para alguien la vida había dejado de tener sentido, ese alguien era Justino Páez, pues desterrado del paraíso por sí mismo, “El Reventón” vino a significar para él lo que connotativamente significa ese sustantivo para quien teniendo un sueño hecho realidad entre sus manos, éste queda en el limbo de la nada, en agua de borrajas, o lo que es igual, queda al “Men” de di que no luce.
Después de muchos domingos intentando rehabilitar su noviazgo, y de otras tantas negativas de Caty a reanudarlo, un domingo ya de finales del verano, Justino se dio por vencido. Lleno de vino y “vacas verdes”, le llegó una especie de luz de final de túnel a la mente cuando su amigo Custodio, agarrándolo por el brazo en la barra del baile, lo desengañó:
- ¿Dónde vas? - le preguntó el amigo.
- Ya sabes ¿Para qué preguntas? - le respondió Justino.
- Escucha lo que te voy a decir, autómata.
- Anda, dímelo enseguida que tengo prisa.
- Prisa de qué... de que te digan por enésima vez que no. Escúchame, y no hagas más el tonto. Mira Justino, “Una vez no son veces”, te digo esto como si fuera una frase lapidaria. Tuviste tu oportunidad y la dejaste escapar. Ella ya no te quiere. No hay nada peor que dejar en ridículo a una chica con las agallas, la sensibilidad y el temple de Caty. “A lo hecho, pecho”, o mejor dicho, “A lo no hecho, pecho”, y...
- ¡Vale, vale, vale! Lo he comprendido - respondió Justino, aceptando una verdad, que aunque no le gustaba en absoluto, comenzaba a ver clara.
Ese domingo Justino se planteo seriamente olvidarse de Caty, a quien, quince días después, ya toda una mocita de dieciséis añitos recién cumplidos, envió la familia contra su voluntad a servir en una al parecer muy buena casa de Salamanca.
El día siguiente al de la marcha de Caty para ser sirvienta, en el teso de Santana y a las tres de la tarde, el alguacil daba el más extraño pregón que se haya escuchado jamás en la lengua de Cervantes. El texto venía firmado por un tal Apolo, hijo de Zeus y Leto:
“Pobladores de “La Villa”, y aquellos que lo hacéis más allá de sus confines hasta “Las Columnas de Hércules”, no olvidéis nunca que la realidad siempre, siempre supera a la ficción, es más, la ficción es una hermana pequeña de la realidad que le sirve al “Hombre” para buscar en las entrañas de su ser una respuesta liberadora. A esta respuesta liberadora unos la llaman Dios, otros Buda, otros Razón… tiene muchos nombres más, algunos denigrantes, pero todos dan respuestas parciales que tratan de llenar la copa sin fondo que es la realidad”.
Al año siguiente, ya inaugurado “El huerto de las delicias”, en las fiestas de “La Magdalena” Caty bailaba “El gato montés” o “Noches de blanco satén” con un novio formal, natural, el chico, de un pueblo llamado “El Ventorro”. Con ese chico tampoco llegaría Caty a pájaros nuevos. Y Justino, por fin, pocos días antes de esas fiestas, le había dado su primer beso en la boca, y a tornillo, a una chica que desde entonces no lo dejaba ni a sol ni a sombra y que a la postre resultaría ser su esposa.
...Pero aquellos momentos en “Mercurial” y los de la “Carretera de Argujillo”, momentos siempre anteriores al célebre beso que no supo ni pudo dar, serían, durante toda su vida, los más hermosos y emocionantes que vivió Justino Páez, si obviamos las dos ocasiones en que fue padre.
Vocaboulaire:
- “Vaca Verde”: Dícese de bebida compuesta por menta y leche.
- “Gentes percheronas”: Se dice de aquellas personas bastas, burdas, ignorantes, sin estética ni imaginación, pero con poder.
- Ubriaco: palabra italiana que significa ebrio, borracho.
- “Miro el catalán”: Localismo onomatopéyico que parece escucharse en el célebre tema de Pink Floyd “The wall”.
- “Medio”: Mitad de un cubata actual. Muy popular en tiempos.
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