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relatos de la villa   de  Alfonso Toribio
   
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Melodías animadas,            
      de ayer y de hoy...      
            presentan:
EL TRAUMATOLOGO MUTILADOR

   Mucho antes que Freddy y toda esa saga de personajes armados con motosierras o instrumental tosco de cirugía mayor, aparecieran en el celuloide, para deleite de los amantes de las vísceras, realizando operaciones a gran escala, y sin anestesia, Zamora, que no es pionera en casi nada que no sea despoblación o Semana Santa, lo fue en ese subgénero cinematográfico de terror, anticipándose a esas ínfimas grandes mentes de Hollywood, las cuales, piensan ilustrados conocedores de los orígenes de ese cine de sangría constante, copiaron (de la realidad que se dio en el “Hospital Provincial de Zamora”, en su sección de traumatología concretamente) las bases de toda esa mediocridad con que infestaron la gran pantalla primero, y la pequeña después, hasta el punto que los culebrones resultaban obras de arte a la vera de la pléyade de zombis, momias, y otros entrapados sanguinarios y sanguinolentos, pululantes zafios de la noche...

   Nuestro mohíno protagonista, cuyo apellido es el mismo que el de un ganadero de reses bravas con renombre nacional, hizo sus fechorías entre los ciudadanos de una de las provincias castellanas que atraviesa el larguirucho Río Duero, ciudadanos que llegaron a sentir verdadero pánico sólo de pensar en la posibilidad de padecer algún trauma de huesos y tener que ser tratados por el tristemente famoso doctor ganadero, ya que, debido a su incipiente formación traumatológica y que a él nadie le enmendaba la plana una vez tomada una decisión en aquellos tiempos de ordeno y mando, trataba a sus pacientes poco menos que como animales, “Si hay que cortar, se corta”, era una de sus frases clásicas y más populares.
   La aura, pero negativa, de este galeno, fue tan grande, que hasta en los pueblos más pequeños de la provincia se corrió la voz de sus intervenciones, auscultaciones, y sobre todas las cosas, se difundió la voz de los diagnósticos erróneos y las consiguientes amputaciones innecesarias que efectuaba. Nunca mejor dicho, aquí viene a cuento aquello de que el buen doctor cortaba por lo sano.
   Uno de esos casos sangrantes, que gracias a la intervención divina o a quien corresponda, no llegó a consumarse, se dio en la persona de un ciudadano, de nombre Elías, quien habitaba en un pequeño pueblo de la “Tierra del Vino”, llamado “El Maderal”.
   Dos Hermanos acababan de comprar un tractor, uno de ellos, poco avezado aún en su menejo, en vez de meter la marcha atrás en el estrecho garaje, metió una marcha hacia delante, y en lugar de volver a pisar el embrague y el freno, aceleró más, entretallándole la pierna derecha al otro hermano, que, temerario, se encontraba delante de la máquina, entre una de las ruedas delanteras, unos sacos de súper y la pared de tierra batida. Los quejidos y alaridos, como es fácil imaginar, eran sobrecogedores. Lo antes que se pudo, se avisó al médico del pueblo, quien dictaminó nada más ver la pierna herida, y sin preámbulos, su traslado al hospital de Zamora. A Elías se le vino el mundo encima:
-¡Adiós pierna de mi alma!
-No, hombre, no. No tiene por qué ser así- le trató de dar ánimos el médico.
   Una vez en el hospital, Elías sentía menos el dolor en la pierna, que la presencia del indocto doctor de huesos, quien una vez que auscultó a su paciente, e igual que si fuera un acto rutinario, comunicó a su equipo:
-Hay que cortar. Prepárense.
   Mientras se le acondicionaba el quirófano al marmitón de traumatología de la provincia de Zamora, Elías, por su parte, casi viéndose ya sin pierna, como último recurso, y dado que no podía salir corriendo de aquella pesadilla, se dirigió a su familia en unos términos tan tajantes, que surtieron efecto:
-O me sacáis de este antro ahora mismo, u os juro por lo que más quiero, que a mí ese destripador no me corta la pierna, porque por mis santos cojones que lo ahogo delante de vosotros. Sacadme de aquí y llevadme a Salamanca, os lo pido por favor. Ya veis que de rodillas no puedo.
   Y resultó que, Elías, desde Salamanca, llegó con su pierna escayolada al Maderal. Y aconteció también que a los dos meses andaba como antes del accidente.
   Dicen que, sólo cuando el tiempo va a cambiar de status, siente una especie de pequeño hormigeo en la pierna, que seguro que lo único que quiere decirle a su propietario, es que la tiene ahí, es decir, en el sitio de siempre.
   En “La Villa de El Maderal” a partir de aquellos acontecimientos, y por contagio, ya no sólo los que tenían que ser tratados de huesos, sino también todos aquellos que padecían cualquier otra enfermedad de ingreso en hospital, se las apañaban para ir a Salamanca.

   De este doctor rudimentario y nada preparado para el puesto que desempeñaría tan trágicamente, se decía que fue un producto del dedo, vamos, que tuvo padrino, padre, y aledaños, y concretamente tuvo ese extraño, pero habitual árbol genealógico, en una cena de restaurante para la ocasión.
   Hijo de un personaje muy bien situado en las altas esferas de la sanidad regional de aquel entonces, no más ahorita de licenciarse en medicina general su retoño, sin especialidad, y mucho menos con prácticas de traumatología, obtuvo esa plaza ósea ¡Y coño! ¿Para qué empezar la casa por los cimientos, pudiéndola empezar por el tejado ya que el puesto lleva intrínseco el grado de jefe de sección?
   Ahora bien, la culpa, como bien es sabido en “La Villa”, no la tienen los niños, sino los mayores, así, su padre fue informado del puesto de jefe de traumatología vacante en “El hospital provincial de Zamora”… “Y ahora tienes tú que devolverme el favor que te hice enchufándote a ti la hija, y etc, etc, esto y lo otro… y muy rico el asado ¿Eh?, y además, regado con este estupendo vino… ¡estááá!…” “No se preocupe usted, mi querido y entrañable amigo, que su vástago, que bien se parece a usted en modales e inteligencia, tiene asegurada la plaza de jefe de los servicios de traumatología en Zamora”, le respondió el otro enchufador de forma natural y campechana, lo mismito que uno que tiene influencia para hacerlo, zanjando así el tema con un brindis en los postres, y dejando a San Pancracio en feo y en el paro.

Esto es todo,            
            ¡Amigos!
Alfonso Toribio  
Colección "Relatos de La Villa"