De todas las historias de La Villa que puedan ser dignas de contarse,
no cabe duda que la más gloriosa es la del Tío Uco, al que sólo se le pueden comparar personajes de la enjundia
y categoría de Don Quijote, gran desfacedor de entuertos, y defensor de viudas y menesterosos, pero sobre todo
gran soñador, que es lo que queremos ser todos, pues recordad aquella frase bíblica de no sólo de pan vive el
“Homo Sapiens”. Lo que sí cabría preguntarse es hasta qué punto sea sapiens dicho homo.
La realidad es siempre diferente del mundo que imaginamos para vivir, y sólo unos cuantos o
cuantas consiguen verificar su deseo, y entre estos pocos elegidos se encuentra nuestro antepasado más
glorioso, El Tío Uco. Corregidme, hermanos y hermanas de La Villa, si se equivoca o es blasfemia tal extremo.
Sin embargo, El Tío Uco no tiene calle en El Maderal, y mucho menos monumento que
conmemore las hazañas de sus heroicas gestas.
Sólo si alguien pervive durante infinitas generaciones en la memoria colectiva de la gente,
sean estas de izquierdas o de derechas, anarquistas o nacional-bibliantes, se constata la existencia de un
héroe, y entonces es cuando se puede hablar de un ser humano singular, porque el paso del tiempo, para esa
memoria colectiva, no hace más que reavivar, constantemente, la llama de su leyenda.
Nuestro bien amado Tío Uco es también un mito, como lo son Aquiles o Pélope, que seguro
poseen recordatorios en El Peloponeso o Atenas. La misma designación de “Peloponeso” procede de Pélope, niño
sazonado, pero poco digerible, así, de igual modo “La Villa del Maderal” podría haber adoptado el nombre de
“Villa del Tío Uco” sin que a nadie extrañase y a todos le fuera familiar. Otra cosa sería el gentilicio de
los descendientes o habitantes de “La Villa del Tío Uco”, a los que quizá se vendría a llamar “uqueños”, en
vez de maderalinos.
Esta que sigue viene a ser una de tantas exégesis de la legendaria leyenda del personaje
más glorioso de “La Villa”. Como el de “Carmen” o de “Don Juan”, el del Tío Uco, aunque menos universal, menos
traducido y con menos versiones, es también un mito grandioso, que no grandilocuente.
Érase una vez un hombre de descomunal fuerza e infinito amor a la libertad y a la tierra que
lo vio nacer, su nombre, “Tío Uco”. Sus modales, sosegados, su palabra, certera y nunca malsonante. Su rostro
parecía estar en paz consigo mismo, desprendiéndose de él una especie de aura apacible que siempre hacía grata
su compañía. Gran amante de la ironía sana, decía que la vida era un recóndito sarcasmo perverso. Su bondad
nunca tuvo límites: ayudaba a quien lo necesitaba sin miramientos.
Mucho antes que “La Ilustración” diera sus frutos en Europa, en tiempos del “Tío Uco” ya
vivía “La Villa” una edad vigorosa de prosperidad, respeto y libertades, y sin envidias ni odios. No es que
fuera “La Arcadia”, pero se semejaba bastante a las palabras que pronunciara Don Quijote solemnemente a unos
atónitos pastores después de la anochecida, una vez repuestas las fuerzas con buen queso y buen vino, sentados
todos, incluido Sancho, bajo las estrellas al calor de una fogata : “Dorada edad aquella, hermanos pastores,
en que no existía la palabra tuyo ni la palabra mío, y que bastaba sólo con estirar la mano y alcanzar el
fruto que la “Madre Natura” ofrecía con generosidad infinita a quien quisiera”, decía, más o menos con estas
palabras, “El Caballero de la Triste Figura”.
Hacía poco que “El Conde de la Oliva”, primer señoritingo del Maderal, había sido
ajusticiado en la misma horca del “Teso de la Horca” donde él había mandado ahorcar a muchos maderalinos. Este
noble innoble, tenía derecho de pernada, no cobraba el diezmo, ya que lo que cobraba era el treintezmo,
había que amasar obligatoriamente en sus hornos, donde entraban los kilos de harina de kilo y salían
esquilmados… Era lo que se dice, como decía “El Tío Uco”, un hombre engrandecido de barriga, que se engrandecía
cada vez más a si mismo.
Y tan grande fue en su egoísmo, que se quedó solo, como la una, rodeado de toda la riqueza
que acumulaba haciéndoselas pasar canutas a los otros, quienes en vez de tener carne alrededor de sus huesos,
pareciera que tuvieran un triste papel de liar cigarrillos… Hasta que provocó lo inevitable, una nueva
Fuenteovejuna o una toma de “La Bastilla” anticipada y anunciada.
Pero el conde argujillano, si cabe, era más cruel que el de la Oliva. No sólo imponía cargas
insoportables y sodomizaba incluso a los jóvenes, sino que su “palacio mausoleo”, construido en turnos de
veinticuatro horas, vio cómo sus fosos servían de tumba directa a los que vencidos por la extenuación o la
tuberculosis eran pasados a espada y enterrados allí mismo. Este personaje de cuyo nombre es mejor no
acordarse, tenía una bonita caligrafía de pergamino y era muy aficionado a firmar sentencias de muerte. Siempre
ansió las tierras de “La Vega” y de “La Dehesa”, las más ricas de la “La Villa”, por cierto. Era conocido por
los maderalinos con el sobrenombre de “Conde Cabezón” desde que se supieron sus intenciones usurpadoras. El
pensaba que… “O yo, o el caos”, por eso veía factible apoderarse ahora de esas ricas tierras maderalinas,
porque no se imaginaba un mundo de hombres y mujeres iguales; un mundo sin ordeno y mando era para él
inconcebible.
En la otra orilla, en la orilla de la justicia y la libertad, “El Tío Uco” era uno de sus
máximos exponentes, que sólo hacía uso de su extraordinaria fuerza en contadas ocasiones, como estaba a punto
de ocurrir en la más célebre batalla entre maderalinos y argujillanos que haya existido y existirá. Se decía
de Uco que arrancaba las cepas de las viñas apenas sin esfuerzo con un simple tirón, o que levantaba carros
de bueyes por la biga, poniéndolos perpendiculares a la bóveda celeste y portándolos delante de las grandes
procesiones a modo de pendón simbólico del Maderal durante todo el recorrido, y sin descansar. Bueno, en
realidad descansaba cambiándose la biga de mano, y a veces, sólo a veces, ya que no le gustaba hacer alarde
de su poderío, levantaba uno de sus brazos con el carro y lo hacía girar sobre la mano como si se tratara de
un simple atlas.
Pero la más célebre de sus hazañas ha sido, y será, “La Batalla del Cabezo”:
Hallábase “El Tío Uco” un plácido día de una plácida sobremesa de primavera jugando la
partida de dominó con sus compadres de siempre, cuando Lucio, un buen amigo argujillano de “La Villa”, entró
empapado de sudor y ya casi sin resuello allí, en el bar donde se jugaba. Lucio había subido de Argujillo a
todo tren para comunicar que el “Conde Cabezón” subía también, pero con su guardia para conquistar y su
secretario para dar fe de la conquista a la hora tal, del día cual, del año del Señor en curso. Venía en el
séquito un tal Macías, cura corpulento y muy personal del conde, que el noble había ordenado sacerdote a dedo.
Traía, ese cura, sacristán que portaba hisopo y calderín para bendecir las nuevas propiedades de su benefactor
terrestre.
Las palabras de Uco fueron tajantes:
- ¿Quién tiene el cambizo de trillar con bueyes más grande y más próximo?
- Yo, Uco- contestó un tal Cipriano.
- ¡Venga, vamos a buscarlo, ya!
Ascendía la comitiva argujillana ladera arriba por “El Teso del Cabezo”, ufana,
despreocupada, como si ya estuviera todo hecho, cuando la figura del “Tío Uco” en la cumbre, con el cambizo
en ristre, la detuvo en seco.
- A él mis mesnadas- ordenó el conde.
A quince metros la guardia del noble hizo una descarga de trabucos sobre el objetivo
desafiante, y es aquí donde los historiadores más eruditos, al describir esta batalla, no se explican cómo
pudo ocurrir que todos los perdigones de los disparos fueran a dar a la bragueta de pana gorda del “Tío Uco”,
cayendo a tierra, y haciendo un montoncito de plomo insulso sin causarle el más mínimo desperfecto a la pana.
Visto el fracaso de la descarga de las armas de fuego, los lacayos desenvainan espada, pero
“El Tío Uco” ha dado unos pasos medidos al frente armado con el cambizo y comienza a hacer uso de él. Con dos
cambizadas comienza a rodar la guardia ladera abajo, la cambizada siguiente alcanza al cuerpo administrativo,
al eclesiástico y al mismo conde, de tal manera, que cuando unos se levantan, otros ruedan, sin distinción de
estados terrenales, hasta que ambos ejércitos llegan a la falda del célebre teso, donde el vil argujillano
que puede, huye despavorido, el conde, sin embargo, atolondrado, iza bandera blanca, pero un cambizazo certero
lo lanza a trescientos metros. A cambizazos fue conducido hasta su palacio, a cambizazos fue introducido en
él, a cambizazos fue derribado ese cementerio de inocentes, y allí, entre sus ruinas, fue enterrado uno de los
mayores sanguinarios de todos los tiempos, poniéndose así fin a la tiranía, y creándose una hermandad duradera
entre argujillanos y maderalinos que se sellaba cada año comiendo tortilla de patata y viandas, todos los
nueves de febrero en las campiñas de Argujillo.
El único comentario conocido del “Tío Uco” sobre aquella memorable batalla es el siguiente:
- Si ese tonto las narices del “Conde Cabezón”, no me interrumpe la partida, estoy seguro de
que la habría ganado, pero nunca llueve a gusto de todos, y menos a gusto de los que creen que por tener un
mausoleo no van a ser pasto de los gusanos.
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