cabecera villa el maderal
   volver a la portada elmaderal@elmaderal.com conexión al chat de la guareña imprimir página comentarios del autor  
relatos de la villa   de  Alfonso Toribio
   
volver a la página anterior   
 
 
LOS QUITAMIEDOS

DICCIONARIO
    Quitamiedos: Barra, barandilla o cuerda que se coloca a modo de pasamanos como protección o seguridad en algunos lugares peligrosos o elevados…


   No varía en plural, la palabra compuesta “quitamiedos”, pero con el artículo determinado plural “los” delante, nos puede hablar, si desengrasamos nuestra imaginación, de varios prototipos de quitamiedos, y no de uno solo y estándar. Tampoco sucede que sean una plaga y que se le dé una patada a cada piedra y salte uno…
   No, no nos rasguemos las vestiduras en “La Villa” o fuera de ella porque en nuestro noble y glorioso lugar haya alguno que otro, pues haberlos, lo que es haberlos, los hay, como “las meigas” en Galicia o los “nícalos” en los pinares cuando llueve abundantemente en octubre.

   Como ya fácilmente habrá intuido el avispado lector, este ensayo, crónica, relato… en fin, ponedle vosotros el nombre, que yo le pondré el contenido… hablará de un “quitamiedos” que produce un efecto nada afín, por no decir antónimo, a lo que significa en el diccionario. Este quitamiedos, además, es de carne y hueso y anda a dos patas, aunque lo que de verdad le gustaría a él es hacer realidad sus fantasías… dándole la vuelta a un nueve concreto del número 99, por ejemplo. Nunca consiguen sus objetivos, pero sí pueden llegar a convertirse en una auténtica pesadilla para quienes sufren sus envites.

   Una vez me contó una mujer de “La Villa”, que llegando a su casa en verano, ya algo tarde, se llevó un susto de muerte cuando iba a abrir la puerta:
   - Quieres que te quite el miedo esta noche- escuchó cómo le decía la voz de un cuerpo hombruno, que ella conocía muy bien, y que la esperaba agazapado y avizor.

   A esta sorprendida noctámbula no le dio un patatús, o algo peor, porque se trataba de una mujer valiente que aún tuvo los arrestos suficientes para decirle al “quitamiedos”:
   - ¿Por qué no le vas a quitar el miedo a tu madre, que también vive sola? ¡Pelele! ¡Vaya susto que me has dado!

   Nada tiene que ver por tanto el submundo del quitamiedos con tirar los tejos, usar armas de conquista o intentar ligar, ya que su peculiaridad nuclear es el “Aquí te pillo aquí te mato”.
   No el pretender asustar, cosa que casi siempre consigue, sino el dar sustos, resulta ser otra de sus singularidades esenciales, sea de día o sea de noche, pues vigilan a sus víctimas y actúan cogiéndolas por sorpresa cuando saben que no hay nadie que los pueda molestar. Casi siempre, las víctimas callan, porque piensan que así evitan males mayores.

   También existe la modalidad del “quitafríos”, que es una variante invernal del “quitamiedos”, aunque esta última deviene un comodín, dado que hace a todas las estaciones. Ambos términos debemos entenderlos como sinónimos.

   Una vez cruzada la frontera del quitamiedos tenemos al violador puro y duro. Es entonces cuando nos encontramos con esa piltrafa humana que mediante la fuerza y la artimaña somete la carne y la voluntad de su víctima, secuestrando ambas, y convirtiéndose por eso en lo que vulgarmente se denomina “deshecho humano”. Es el violador el que suscita el rechazo más contundente en la sociedad. No quiero ahondar en expresiones populares como que “Colgarlo por los huevos era poco”, o que “Había que cortársela y caparlo como a los cerdos”.
   Mejor dejemos a los psicólogos y psiquiatras que actúen, estudien y escruten estas conductas depravadas y ruines, y sobre todo dejemos a los jueces sensatos que apliquen lo que en derecho se le debe aplicar, con el máximo rigor, a estos individuos espeluznantes, portadores de un gen homínido ancestral, por desgracia aún arborícola.

   Como sucede en el de los violadores, en el espectro de los quitamiedos no existe un único modelo, aunque el límite entre los dos grupos sí esté claro, y es ese límite en el que el violador no acepta eso de que “Agua que no has de beber, déjala correr”, pasando a palabras y actos mayores.
   La gama alta del quitamiedos tampoco acepta este celebérrimo refrán, sin embargo, no pasa de unos achuchones con intento de beso furtivo o mano esporádica en la nalga de su objeto de deseo. En esta gama alta, los quitamiedos son muy reacios a los “nos”, acosando constantemente a su víctima con insinuaciones como… “Oye, quieres que te lleve unos pimientos a casa”, “Deja abierta la trasera”, o… “Ya tengo las manzanas maduras ¿Quieres unas pocas?”.
   Las viudas y separadas que viven solas, suelen ser las víctimas idóneas a las que quitarle el miedo, mas el quitamiedos no hace ascos a casadas, que según su pobre seso, considera desabastecidas o accesibles. El que pretende quitar el miedo acostumbra a ser un hombre casado, se deduce que de vida marital poco romántica y mucho menos de vida marital sexualmente satisfactoria.

   El quitamiedos más común es una especie de mormón frustrado, con una cierta estabilidad económica, que no se considera un “Don Juan”, pero sí una especie de indiano que puede hacer buenos regalos “a cambio de eso que tú tienes y que me vuelve loco”, como diría él mismo.

   Existe un tipo de quitamiedos esporádico. Este quitamiedos no es nada violento y siente un deseo febril, normalmente hacía una viuda. Creen poseer las palabras y el arrojo suficientes para llevar a cavo sus pretensiones, pero a la hora de la verdad, inflan los carrillos como sapos “tuteros” e inhabilitan el abecedario mezclando sonidos inconexos de forma aleatoria. De todas las formas, la viuda entiende lo que se le viene encima y lo rechaza. Este quitamiedos tiene a su favor el que no insiste más, una vez rechazado, llegando a sentir verdadera vergüenza por lo que ha hecho; tiene en su contra, que abusa de la confianza que se le ha dado. También es, normalmente, un quitamiedos casado… y en alguna rarísima ocasión, que le dicen que sí, lleva a fin su romance otoñal con la máxima discreción, aunque todos sepan sus andanzas menos su mujer.

   También pertenece a ese grupo de quitamiedos que abusa de la confianza, el subgrupo del quitamiedos con coche, que bien se ofrece amablemente a llevar en especial a chicas jóvenes con cuya familia tiene una cierta amistad, o bien se ofrece a chicas de las que se ha ganado la certidumbre de que es un caballero.
   A veces ocupa una cierta posición, digamos entre comillas, “social”, y se cree un poco “Don Juan”, este quitamiedos, quien puesto en faena, después de desviar el coche del itinerario normal, manifiesta sus encantos apócrifos a una más que sorprendida y estresada viajera. Lleva al límite sus intenciones con un disimulado corrimiento de mano de la bola de la palanca de las velocidades bien hacia la entrepierna, o bien hacia el escote de su claustrofóbica víctima, la cual casi siempre resuelve con un bofetón y con un “O me dejas salir del coche o me tiro”, acabando ahí todo el tinglado, puesto que no son nada peligrosos estos quitamiedos cuando se les frustra la tentativa. El hombre, rechazado, daría cualquier cosa por volver a la situación de antes del doble desvío, pero ya es demasiado tarde. Por otro lado, este tipo de quitamiedos, habitualmente, es reincidente, pues cuando siente su libido unida a una especie de no sabe qué atributos sociales y económicos, se siente el rey del mundo.
   Pueden formar parte de este gremio motorizado tanto solteros como casados, pero si pertenecen al grupo de los casados, suelen ser más bien ejemplares jóvenes, o menos jóvenes que tratan de aparentar un aspecto jovial.

   Y por último, concluyo el cómputo de los quitamiedos, hablando de uno muy peculiar, y es ese quitamiedos que incluso el día de su boda, o poco después de ella, le empieza a querer quitar el miedo a la hermana de su mujer, es decir, a su cuñada, que a su vez puede estar casada o no, eso a este quitamiedos le da igual, pues quizá lo único que piense es que todo queda en casa, y más concretamente en la casa desvencijada de su cerebro. Este quitamiedos cree jugar con la ventaja de que la cuñada no hablará para no hacerle daño a la hermana, pero se equivoca, ya que siempre hay un tercero al que le cuenta todo; bajo ningún concepto se lo cuenta a su marido si es casada.
   Suena un poco fuerte y paradójico, lo de este quitamiedos, pero por desgracia es un espécimen que existe igual que hay día y noche o igual que tenemos dedo meñique en los pies y en las manos.

   En realidad, este tema de los quitamiedos no me subyuga en absoluto, preferiría haber contado una apasionada historia de amor, donde los amantes se buscaran y se encontraran de forma natural en el deseo y la ternura. Hubiera preferido incluso haber contado una historia de amor imposible, pero de amor al fin y al cabo, que no este bodrio de folletín barriobajero, que, por otro lado, no trata de aleccionar ni de lapidar a nadie, pero sí de mostrar un profundo desprecio y repugnancia, mediante una buena dosis de ironía, hacia un tipo de ser humano que existe en todas partes, y por desgracia también en “LaVilla”.
   Yo creo que he dejado suficientemente claro el cariño especial que profeso a estos seres humanos degradados, sucedáneos de Don Juan y ni siquiera parientes lejanos de los paños de limpiar el polvo.

Nota del autor:

   Seguramente se me escapa algún tipo o modelo de quitamiedos, pues no soy un especialista en personajillos de este menester repulsivo llamado acoso, ni pretendo serlo. Ya sabéis mi dirección de correo. Incluiré en este escrito de “LOS QUITAMIEDOS”, con mucho gusto, otros tipos de quitamiedos que conozcáis y me hagáis saber de su existencia, siempre que no se me pida que dé detalles o reseñas personales que puedan identificar a alguien, pues “el acoso” está tipificado penalmente y existen los juzgados. Después de estas solemnes palabras, se despide, vuestro que lo es...

Alfonso Toribio  
Colección "Relatos de La Villa"