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relatos de la villa   de  Alfonso Toribio
   
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Y QUE TENGA QUE DECIR QUE ERES BUENA!

   Nacida en aquellos años en que para los pobres, que éramos la inmensa mayoría, “El Coche de San Fernando” y los individuos que pertenecían a su especie equina componían el modo de transporte mayoritario de esa época autárquica, ella creció entre algodones, cuidada como si fuera otro miembro cualquiera de la familia, es más, debido a la estrechez infinita de erial planetario que parió “La Posguerra”, en muchas ocasiones, como era este el caso, animales y personas convivían físicamente juntos en un habitáculo sin tabiques que dividieran el espacio en verdaderos compartimentos estancos, de manera que por increíble que parezca hoy en día, de forma natural, se podían encontrar cagajones en cualquier sitio del hogar, incluso a la vera de los pucheros con el condumio, quien siempre borbotaba escaso y triste en el borrajo de la lumbre, e indiferente a cuanto acontecía a su alrededor.

   A pesar del mucho aprecio y confianza que desde el primero hasta el último de los Gómez le regalaron desinteresadamente a Pelusas, sin pedir nada a cambio que no fuera lo que se esperaba de ella, su mezquino proceder demostró que escupía en las manos que le daban de comer.

   Los infantes de aquella casa, alegres y permisivos, como niños que eran, recogían los cagajones, que Pelusas expelía por toda la casa a su libre albedrío, y aguantaban sus pedorretas estoicamente, e incluso bromeaban contándose mil veces, riendo alocadamente como canastos, la adivinanza de que qué animal caga cuadrado teniendo el culo redondo: “La burra, es la burra. La burra, es la burra.” Canturreaban.

   Cipriano Gómez, el dueño de “Pelusas”, la asna iscariota, nunca pudo imaginar el pago que recibiría a todo ese volcarse en cuidados, y sobre todo, no imaginó, ni en sus peores pesadillas, que se hiciera en él bueno el refrán que dice: “Cría cuervos… y te sacarán los ojos”; o este otro, hecho a su medida, y nacido del rico acervo popular de los maderalinos:

         “Dale cebada
         y mimos,
         y te pegará una “patá”
         en ese sitió”.

   Se podía decir de Pelusas, que era la antítesis de Platero, porque… si uno era ágil, soñador y revoltoso y saltarín en los amables atardeceres con brisa del verano, y su pelo tan suave como si fuera de algodoncillo en rama, la otra no tenía barriga, sino “barrigoncia”, y sólo pensaba en tirar de ancas y derribar de sus lomos a quien osara montarla; el pelaje de su pelliza natural se parecía más al de la cerda con muchos partos del ganado porcino, que al grupo linneo al que pertenecía. También se podía aseverar de Pelusas que era peor que el sebo, o más mala que la sarna, como se quiera.

   Su primera y última gran fechoría la hizo un soleado mediodía de marzo, cuyo aire, gélido y reseco, escareaba los labios hasta el punto de cuartearlos. Sebastiana, esposa consorte de Cipriano, habiendo dejado su prole al cuidado de Luisa, la mayor de sus siete hijos, y una vez colocada ella y las alforjas con la comida y la bebida sobre los lomos de Pelusas, se dirigía por “El Camino de Villamor” hacia el lugar del término llamado “Valdeladrones”, donde su esposo se encontraba aricando algarrobas con la pareja de vacas. La tragedia se produjo a unos cien metros de “La Tierra del Picón”: Sin ton ni son la burra comenzó a correr como una loca y a tirar de ancas, sucediendo que, tanto las alforjas con la barrila de agua y el condumio del marido, como Sebastiana, aterrizaban , las primeras escachando el puchero con la comida y la vasija sobre el duro camino, y la segunda, quebrándose la pierna derecha por la tibia, trauma que la dejó inmóvil, más sola que la una, y con unos dolores que la hacían gritar sobrecogedoramente hasta saltarle las lágrimas.

   Si el infierno existe se debe parecer mucho al martirio que padeció Sebastiana durante algunas horas, y sobre todo al sufrimiento de la hora y cuarto que estuvo tirada como un trapo usado en el camino, sin nadie que la socorriera de inmediato, porque, si Pelusas, después de la felonía ocasionada, hubiera corrido a la cuadra, no hubiese tardado ni cinco minutos en llegar, lo que habría puesto en alerta roja a Luisa, pero la muy zorra se quedó pastando en el prado municipal de Trasoto, que estaba acotado, lo que le acarreó a los Gómez ( Y es que es verdad eso de que las desgracias nunca vienen solas) una multa de diez duros que le escoció a Cipriano en las entrañas de los entresijos del alma.

   Cuando su sombra se clavó en “El Teso del Monruelo”, indicadora del mediodía, y su mujer y Pelusas no aparecían con la comida, Cipriano, transcurrida una hora de cerro para arriba y de cerro para abajo, soltó los demonios de la ira y maldijo a todo ser viviente, deseando no haber nacido, mientras, sus intestinos repicaban la melodía del hambriento.

   Harto ya de esperar, frenó la pareja en seco, espetando la reja del arado en las entrañas de la tierra del cerro que aricaba en ese momento, y yendo delante de ella sacó la clavija del cambizo, se colocó otra vez detrás, y, cogiendo los cordeles de nuevo con bríos renovados, picó a las vacas con el “ahijón” de la vara de la enrejada, y estas salieron disparadas como centellas, y él, cansado como estaba, las siguió a toda pastilla con la intención de echarle a la parienta la bronca de su vida.

   Bajaba la cuesta de “El Pedruelo” e iba dejando a su derecha “La Tierra del Picón”, cuando comenzó a avizorar un bulto enlutado en el camino; a medida que se acercaba a él, resultó ser quien era. La cogió en brazos con las pocas fuerzas de que disponía, pero con toda la ternura del mundo.

-Me ha “tirao” la burra. Ya ves el escabeche revuelto que hay aquí. Creo que me ha roto la pierna derecha por la mitad.

-¡Calma, cariño, calma! Olvídate desde ahora y para siempre de esa alimaña. Lo importante, eres tú.

   Y aunque Cipriano pasó con su mujer en brazos enfrente del prado de “Trasoto” y vio a Pelusas pastando placida, y sola, en la muy abundante hierba prohibida comunal, pensó: “Después me encargo de ti ¡Hija de Satanás!.

   “El después”, fue por la noche, porque nada más que el médico auscultó la pierna, dictaminó que tenían que escayolársela en Zamora. Cipriano tuvo que acompañar a Sebastiana en la vieja tartana de Teo a la ciudad del Duero, no sin antes encargar a dos de sus hijos, a Faustino y a Emeterio, que fueran cuanto antes a buscar la burra al prado de “Trasoto”, no fuera que la viera el guarda.

   No acababa de partir la accidentada, cuando se presentó a la puerta de Cipriano el guarda del municipio, portador de una Pelusas modosita, y la receta de diez duros. Faustino y Emeterio metieron en la cuadra a Pelusas, que pretendía ser acariciada como si nada hubiera hecho, o precisamente porque era consciente de su fechoría.

-Toma, maja -le dijo “Angel El Guarda” a Luisa- le das este papel a tu padre.

-¿No le da a “usté” vergüenza después de lo que le ha ocurrido a madre? ¡Dios mío, qué poca humanidad hay en este mundo!

-Yo sólo hago lo que me ordenan, mozuela -contestó el guarda del municipio sin saber el trasmoche que había ocasionado la burra traidora.

-No creo que nadie le ordenen añadir más desgracia a la desgracia.

-De todas formas dile a tu padre que hable con el señor alcalde, porque yo sólo cumplo con mi deber. Si él os quiere quitar la multa, que os la quite; yo, ahí, ni pincho ni corto.

   “Angel”, el guarda, era una especie de policía municipal campestre, contratado por el ayuntamiento. Recorría el término sobre una bicicleta de barra alta, sobre la cual portaba, sostenido por dos correas de cuero con hebillas, un limpísimo y reluciente mosquetón, y una funda también de cuero, continente de unos temibles prismáticos avizores, con los cuales, oteando, descubrió a Pelusas infringiendo las ordenanzas municipales en el acotado prado de “Trasoto”, y que también resultaron ser el instrumento terrorífico por medio del cual se presentaba in situ debajo del almendro o guindal ajenos, donde nosotros, de niños, nos empollorincábamos, amargándonos el deleite del almendruco o de la guinda, y metiéndonos un pavor en el cuerpo tal, que aunque, al menos yo, ahora lo recuerde con la nostalgia de un tiempo feliz ido para siempre, entonces eran unos momentos de pánico que no se los deseo a nadie.

-¿Queréis bajar solos u os ayudo yo a bajar? -Nos decía siempre, llamándonos a cada uno por nuestro nombre de pila- Y tú, arrea pa´ casa, que a la noche me encargo de ti- le comunicaba a su hijo Angelillo, que del tembleque que le entraba al escuchar de repente, aturdido, no lo que decía la voz grave de su padre, si no la voz grave de su padre, yo no me explico cómo no se caía redondo del árbol a tierra.

   De noche, ya de vuelta del hospital, Cipriano descargó a su esposa del coche de Teo, y la colocó a la mesa-camilla de lado, de manera que la pierna escayolada queda estirada en alto sobre una banqueta con almohada.

-Mira a ver qué te debo, Teo.

-No me debes nada, Cipriano -le contestó Teo, quien a los que veía muy necesitados, nunca le cobraba un viaje hecho en circunstancias imperativas, sin embargo, ¡Ojo!, llegado setiembre, Cipriano le regaló un hermoso pollo.

   Pelusas se encontraba atada por el pescuezo a un pesebre, y observaba, moviendo la cabeza y bufando equinamente entre los pajones sobrantes de la comida, y ya incomibles del pesebre, a la luz del candil, a la desafortunada numerosa familia humana cómo daba cuenta en silencio de una media-fuente de fréjoles pintos, y cómo mascaba la desgracia con las palabras justas y necesarias, mientras ella estaba a palo seco.

-Tengo un papel ahí para “usté”, padre.

-¿Qué dice el papel?

-Es una multa de diez duros que trajo junto a Pelusas “El Señor Ángel El Guarda”, poco después de irse “usté” con madre a Zamora.

-No me la he podido quitar de la cabeza, a la puta la burra, pero esta noche... “Esta noche arde Troya”, como dicen.

   Ni siquiera los más pequeños sacaban la cara por Pelusas, ante la tormenta que se avecinaba. Cipriano se dirigía a la esquina del fondo, donde tenía una rica colección de varas de negrillo. Su intención era coger una del grosor de media pulgada, que aún no estaba seca del todo, y hacerla astillas sobre los lomos de Pelusas, cuando ésta le propinó un ancazo en los "guevos", porque Cipriano tenía que pasar, obligatoriamente, por detrás de Pelusas, si quería hacerse con la vara.

   Parecía como si el animal, con tanto tiempo de convivencia entre humanos, entendiera el castellano y se hubiera percatado de lo que le iba a hacer Cipriano si lo dejaba llegar a la vara, obligándolo, por eso, a pasar de lado pero de frente a sus ancas, y así, teniéndolo a tiro, dar ella un paso rápido al frente para conseguir la distancia suficiente y soltarle una patada... en ese sitio, que lo dejase fuera de combate para llevar a buen término sus intenciones.

   La estrategia equina fue llevada a la práctica con tal perfección, que Cipriano tuvo que guardar cama cinco dolorosos días cinco, siendo el sexto día, “El Doce”. No se lo pensó dos veces, viéndose ya medianamente en condiciones.

   “El Doce” era una feria de ganado que se celebraba en Zamora, como el nombre indica, todos los días doce de cada mes. Y allí se presentó Cipriano, muy temprano, para coger el mejor puesto, con la intención más que de vender a Pelusas, de deshacerse de ella para siempre.

   No le tocó ni un pelo a la burra, no siendo que le dejara marcas físicas que impidieran su venta adecuadamente, puesto que, debido a la ira que acumulaba dentro, lo más seguro es que se cebara con ella y acabara causándole secuelas físicas irreparables.

   “Si tú eres lista, yo lo soy más, hija de puta”, pensaba Cipriano preparando en la cama su táctica. Había ordenado a sus hijos que le echaran abundante cebada en el pesebre, dentro de la escasez de cebada y de todo que imperaba en aquella casa, incluso él mismo, haciendo un esfuerzo sobrehumano, se había levantado a acariciar a la burra, claro está, nunca perdiéndole la cara, pero mirando, con una nostalgia inaudita, el rincón de las varas.

   Y así, hombre y equino, a eso de las once, se encontraban comiendo el cacho en el ferial zamorano: la burra de la cebadera, y el amo del fardel.

   Este último, el amo, veía pasar los tratantes y posibles compradores. Algunos se paraban delante de Pelusas, le miraban la dentadura, y le hacían preguntas a él sobre el animal, a las que siempre contestaba cantando las excelentes virtudes de la burra de su propiedad. Sin embargo, toda la mañana de feria, en lo más profundo de su cabeza, tuvo clavado este pensamiento:

-¡Y que tenga que decir que eres buena!-

   ...Hasta que a eso de las doce treinta consiguió empaquetarle a Pelusas a un confiado tratante sayagués, y a un precio bastante razonable.

   Pagada la multa, la familia Gómez, aunque todavía desconfiando de la verdad, crió otro burrito. Y esta vez sí, ningún otro equino municipal ganó en nobleza y buenos hechos a “Nogales”, que ese fue el nombre que le pusieron al nuevo rucio infante que se encontraba echado, junto a su madre, a la sombra de uno de los nogales de “Vitapaja”, cuando Cipriano, después de cerrar el trato con su dueño, se fue con él a buscarlo en el atardecer de una hermoso día de primavera.

Alfonso Toribio  
Colección "Relatos de La Villa"