Nacida del cruce de animal con orejas pequeñas, pero erectas y
graciosillas, que a Atila transportara desde las estepas del mongol hasta las
mismísimas puertas de la ya entonces simple y derruida y estatuaria Roma, y de otro
equino, pariente del primero, pero más menudo y menos digno de grandes glosas, se
supone que debido a sus orejas grandilocuentes y lomos para alforja, hela ahí, sin
preocupaciones por perpetuarse, sacudiéndose, con su rabo de mula, las moscas del calor
de un Julio hermoso de los sesenta, y lo que es más importante, hela ahí, grácil
portadora, sobre sus costillas, a ambos lados, de unos cajones que contenían gloria
para el paladar de los que en La Magdalena, patrona de “El Maderal”, provincia de
Zamora, y partido judicial Fuentesaúco, esperaban hacer bueno el dicho de…”Pasad,
pasad, y tomad una copita… y un dulce”, sin sospechar, ni por asomo, las
consecuencias, de su acto hospitalario.
Fue éste último, el dulce, el que amargó e hizo espurrear a muchos y
muchas, ahora sí, y ahora también, por donde echan momio aquellos o aquellas que,
obedientes, cumplen a rajatabla el mandato de “¡Vete a cagar a la vía!, por otra
parte, sitio negro por el que sin que nadie nos mande, echamos todos, por la cuenta
que trae lo que Naturaleza manda.
Y narra la sabia tradición oral de La Villa, que espurreaban como
canilla de carral de vino nuevo recién empezado , que sale con fuerza, pero que como
caldo jovencísimo que es, parece chocolate más que néctar dionisiaco, al que además, en
ocasiones, una triste uva, que se sitúa en el orificio, le impide circular como es
debido, llegando a dejar, dicho orificio ciego, y mudo (igual que poderoso ojo de
cíclope aturdido) a pesar del ímpetu que despliega por hacerse visible, hecho que sólo
sucede cuando una paja de tallo de “ahujera” es introducida en esa caverna platónica,
que por otro lado lo que produce es un cholote más denso… y luego otra uva inoportuna
y otra vez a pinchar, dándose un círculo vicioso nunca diáfano y cada vez más turbio y
preocupante y menos bebible.
Resultó que, El Maderal, en plenas fiestas, tuvo dos mitades
perfectamente diferenciadas, dependiendo de qué cajón de las cajoneras de la mula,
abriera el bollero a la puerta de cada casa.
Y así como una mitad pertenecía al mundo de los que en el cielo
vivían y disfrutaban de los festejos patronales, la otra fue condenada al infierno de
los retortijones, preludio expeledor de lo que en el choto o ternero se conoce como
zurreta.
Lo más curioso fue que el dios del vivo al bollo, arbitrario y
juguetón, como el cristiano, el hebreo o el musulmán, no distinguió posaderas de
buenos, malos, mancebos o mancebas, fermosas fembras, o agraciados varones, selección
que hacen, habitualmente, los dioses de la supervivencia, ya que más bien estuvo a
puntito de mandar a cualquier vivito, tocado por la mala fortuna, al hoyo, que al
chollo.
Se trató, digamos, de una lotería, que entraba por la boca
deleitosamente, y con rapidez vertiginosa ponía a quien le tocaba la rifa, en
cuclillas, y con las posaderas al aire, esforzándose, a veces, esos sujetos afectos
de mala suerte, inútilmente, porque después de mil intentos ya no quedaba nada que
derramar en tierra, en la cuadra, o donde fuese, aunque las ganas de empujar siguieran
ahí, omnipresentes.
¡Válgame Dios qué martirio! ¡No quiero ni pensar qué verbena de
traseros sería aquella, con orquesta incorporada en los intestinos, que siempre tocaba
la misma canción y que obligaba a bailarla, quisieras o no!
Pero los afortunados y afortunadas que danzaban alrededor del nogal
del Tío Lorenzo el ritual del emparejamiento, y al son de orquesta auténtica a partir
del veintiuno del glorioso Julio, lo hacían desemparejados la mayoría, fiesta triste
de ausencias, que daban ilusión a los sueños de algunos o algunas, que aun siendo tan
lícitos como los de los otros, era, sin embargo, imposible su realización, porque, si
no se equivoca el poeta, el amor compartido, y la distancia, en este caso nimia,
siempre estuvieron por encima de diarreas o descomposiciones de lugar.
La verbena más populosa y peor, de los intoxicados, fue la que
bailaron veinticinco señoritas, denominadas de las pelucas, dado que, un hijo del
pueblo, que se dedicaba a ése, en aquel tiempo al parecer floreciente negocio del
cabello, las había traído de Madrid a La Villa, y poco menos que como gogós en minisor,
para pasar unas fiestas inolvidables en el terruño de su nacimiento. Fueron carnes
tiernas y femeninas muy criticadas por el cura párroco de “La Villa”, Don Alfrezo
Lineal, también conocido como “Don Acalorado en Extremo y Lucientes”. Las muchachas,
jovencitas y dicharacheras, traían con ellas la novedad vista y no vista, y la verdad
sea dicha, todas, absolutamente todas, recordarían aquellas fiestas como verdaderamente
inolvidables.
Para ellas fue una fiesta de trescientos metros, aproximadamente, eso
sí, parte de ella, por la avenida principal de “La Villa”. Se bajaron de “El Coche de
Línea”, donde las esperaba una charanga y mucho mozo piropeador. La feliz y joven
comitiva se fue calle abajo al son de pasodoble, pero al llegar enfrente de la casa de
un hermano del de las pelucas, aquel las invitó amablemente a que pasaran y tomaran un
dulce. -Sí, sí, pasad, que es mi hermano- las animó el vistecabezas.
Después de este pequeño protocolo de recibimiento, se dirigieron al
lugar donde se tenían que hospedar definitivamente los días de la fiesta. Allí
deshacían las maletas, se lavaban y atusaban en los catorce palanganeros y catorce
espejos dispuestos para la ocasión, hacían uso de la cuadra sin animales también
acondicionada para ellas, y etc, etc… hasta que tocaran a vísperas y empezara el
primer y único baile de la víspera, aunque el baile verdadero, para ellas, estaba a
punto de empezar. A la primera de las jóvenes le dio el primer retortijón no pasada ni
una hora siquiera desde que comiera los bollos con sus compañeras, al poco rato
vinieron los retortijones de la segunda y la tercera y la siguiente… La circulación
comenzó a ser tan fluida que la cuadra ya se quedaba pequeña para tanto “vaivén”. Hubo
que habilitar una puerta llamada de la trasera, a la que se accedía por el “sobrao”,
que daba a un teso descampado. El grito-pregunta, al pasar enfrente de la cuadra a
toda velocidad apretujando las nalgas era: “¿Cuántas plazas?” Pero las respuestas
casi siempre eran: “Una máximo”, u “¡Ocupado!”. Esta última de ¡Ocupado! era la
predominante, de ahí que, bajo el romanticismo de la luna llena, la vergüenza de verse
a culo pajarero era menor que el ímpetu guerrero con que la fiera corrupia impelía a
los intestinos corruptos.
Después de la corrida de toros del día mayor de las fiestas, los
retortijones continuaban y el computo de expeledores nuevos crecía, sin embargo, ya se
vislumbraba el origen de la afección, puesto que casi todo el mundo coincidía en que
el bollero de Argujillo y su mula maldita habían traído la desgracia a “La Villa”.
-¡Maldita sea la mula que trajo los bollos…y el bollero!- sentenció
una de las señoritas de las pelucas, cuando le contaron de dónde venía su mal. Fue una
maldición de la que comulgaron todos los habitantes de El Maderal, fueran foráneos o
autóctonos.
Entonces, queridos hermanos, digamos todos a una, contagiados de la
rabia que deja la impotencia:
¡Maldita mula, y maldito bollero! ¡De Argujillo teníais que ser! Amén.
Relato dedicado a Yoli, pelirroja saucana de pro. |