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relatos de la villa   de  Alfonso Toribio
   
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LA MULA MALDITA

   Nacida del cruce de animal con orejas pequeñas, pero erectas y graciosillas, que a Atila transportara desde las estepas del mongol hasta las mismísimas puertas de la ya entonces simple y derruida y estatuaria Roma, y de otro equino, pariente del primero, pero más menudo y menos digno de grandes glosas, se supone que debido a sus orejas grandilocuentes y lomos para alforja, hela ahí, sin preocupaciones por perpetuarse, sacudiéndose, con su rabo de mula, las moscas del calor de un Julio hermoso de los sesenta, y lo que es más importante, hela ahí, grácil portadora, sobre sus costillas, a ambos lados, de unos cajones que contenían gloria para el paladar de los que en La Magdalena, patrona de “El Maderal”, provincia de Zamora, y partido judicial Fuentesaúco, esperaban hacer bueno el dicho de…”Pasad, pasad, y tomad una copita… y un dulce”, sin sospechar, ni por asomo, las consecuencias, de su acto hospitalario.

   Fue éste último, el dulce, el que amargó e hizo espurrear a muchos y muchas, ahora sí, y ahora también, por donde echan momio aquellos o aquellas que, obedientes, cumplen a rajatabla el mandato de “¡Vete a cagar a la vía!, por otra parte, sitio negro por el que sin que nadie nos mande, echamos todos, por la cuenta que trae lo que Naturaleza manda.

   Y narra la sabia tradición oral de La Villa, que espurreaban como canilla de carral de vino nuevo recién empezado , que sale con fuerza, pero que como caldo jovencísimo que es, parece chocolate más que néctar dionisiaco, al que además, en ocasiones, una triste uva, que se sitúa en el orificio, le impide circular como es debido, llegando a dejar, dicho orificio ciego, y mudo (igual que poderoso ojo de cíclope aturdido) a pesar del ímpetu que despliega por hacerse visible, hecho que sólo sucede cuando una paja de tallo de “ahujera” es introducida en esa caverna platónica, que por otro lado lo que produce es un cholote más denso… y luego otra uva inoportuna y otra vez a pinchar, dándose un círculo vicioso nunca diáfano y cada vez más turbio y preocupante y menos bebible.

   Resultó que, El Maderal, en plenas fiestas, tuvo dos mitades perfectamente diferenciadas, dependiendo de qué cajón de las cajoneras de la mula, abriera el bollero a la puerta de cada casa.

   Y así como una mitad pertenecía al mundo de los que en el cielo vivían y disfrutaban de los festejos patronales, la otra fue condenada al infierno de los retortijones, preludio expeledor de lo que en el choto o ternero se conoce como zurreta.

   Lo más curioso fue que el dios del vivo al bollo, arbitrario y juguetón, como el cristiano, el hebreo o el musulmán, no distinguió posaderas de buenos, malos, mancebos o mancebas, fermosas fembras, o agraciados varones, selección que hacen, habitualmente, los dioses de la supervivencia, ya que más bien estuvo a puntito de mandar a cualquier vivito, tocado por la mala fortuna, al hoyo, que al chollo.

   Se trató, digamos, de una lotería, que entraba por la boca deleitosamente, y con rapidez vertiginosa ponía a quien le tocaba la rifa, en cuclillas, y con las posaderas al aire, esforzándose, a veces, esos sujetos afectos de mala suerte, inútilmente, porque después de mil intentos ya no quedaba nada que derramar en tierra, en la cuadra, o donde fuese, aunque las ganas de empujar siguieran ahí, omnipresentes.

   ¡Válgame Dios qué martirio! ¡No quiero ni pensar qué verbena de traseros sería aquella, con orquesta incorporada en los intestinos, que siempre tocaba la misma canción y que obligaba a bailarla, quisieras o no!

   Pero los afortunados y afortunadas que danzaban alrededor del nogal del Tío Lorenzo el ritual del emparejamiento, y al son de orquesta auténtica a partir del veintiuno del glorioso Julio, lo hacían desemparejados la mayoría, fiesta triste de ausencias, que daban ilusión a los sueños de algunos o algunas, que aun siendo tan lícitos como los de los otros, era, sin embargo, imposible su realización, porque, si no se equivoca el poeta, el amor compartido, y la distancia, en este caso nimia, siempre estuvieron por encima de diarreas o descomposiciones de lugar.

   La verbena más populosa y peor, de los intoxicados, fue la que bailaron veinticinco señoritas, denominadas de las pelucas, dado que, un hijo del pueblo, que se dedicaba a ése, en aquel tiempo al parecer floreciente negocio del cabello, las había traído de Madrid a La Villa, y poco menos que como gogós en minisor, para pasar unas fiestas inolvidables en el terruño de su nacimiento. Fueron carnes tiernas y femeninas muy criticadas por el cura párroco de “La Villa”, Don Alfrezo Lineal, también conocido como “Don Acalorado en Extremo y Lucientes”. Las muchachas, jovencitas y dicharacheras, traían con ellas la novedad vista y no vista, y la verdad sea dicha, todas, absolutamente todas, recordarían aquellas fiestas como verdaderamente inolvidables.

   Para ellas fue una fiesta de trescientos metros, aproximadamente, eso sí, parte de ella, por la avenida principal de “La Villa”. Se bajaron de “El Coche de Línea”, donde las esperaba una charanga y mucho mozo piropeador. La feliz y joven comitiva se fue calle abajo al son de pasodoble, pero al llegar enfrente de la casa de un hermano del de las pelucas, aquel las invitó amablemente a que pasaran y tomaran un dulce. -Sí, sí, pasad, que es mi hermano- las animó el vistecabezas.

   Después de este pequeño protocolo de recibimiento, se dirigieron al lugar donde se tenían que hospedar definitivamente los días de la fiesta. Allí deshacían las maletas, se lavaban y atusaban en los catorce palanganeros y catorce espejos dispuestos para la ocasión, hacían uso de la cuadra sin animales también acondicionada para ellas, y etc, etc… hasta que tocaran a vísperas y empezara el primer y único baile de la víspera, aunque el baile verdadero, para ellas, estaba a punto de empezar. A la primera de las jóvenes le dio el primer retortijón no pasada ni una hora siquiera desde que comiera los bollos con sus compañeras, al poco rato vinieron los retortijones de la segunda y la tercera y la siguiente… La circulación comenzó a ser tan fluida que la cuadra ya se quedaba pequeña para tanto “vaivén”. Hubo que habilitar una puerta llamada de la trasera, a la que se accedía por el “sobrao”, que daba a un teso descampado. El grito-pregunta, al pasar enfrente de la cuadra a toda velocidad apretujando las nalgas era: “¿Cuántas plazas?” Pero las respuestas casi siempre eran: “Una máximo”, u “¡Ocupado!”. Esta última de ¡Ocupado! era la predominante, de ahí que, bajo el romanticismo de la luna llena, la vergüenza de verse a culo pajarero era menor que el ímpetu guerrero con que la fiera corrupia impelía a los intestinos corruptos.

   Después de la corrida de toros del día mayor de las fiestas, los retortijones continuaban y el computo de expeledores nuevos crecía, sin embargo, ya se vislumbraba el origen de la afección, puesto que casi todo el mundo coincidía en que el bollero de Argujillo y su mula maldita habían traído la desgracia a “La Villa”.

   -¡Maldita sea la mula que trajo los bollos…y el bollero!- sentenció una de las señoritas de las pelucas, cuando le contaron de dónde venía su mal. Fue una maldición de la que comulgaron todos los habitantes de El Maderal, fueran foráneos o autóctonos.

   Entonces, queridos hermanos, digamos todos a una, contagiados de la rabia que deja la impotencia: ¡Maldita mula, y maldito bollero! ¡De Argujillo teníais que ser! Amén.

             Relato dedicado a Yoli, pelirroja saucana de pro.

Salamanca, febrero del 89.
Alfonso Toribio