Vamos a hablar de lo humano y lo divino, aunque más bien de lo humano, porque
lo divino le queda al hombre, o la mujer, menos al alcance de su mano…
Todo comienza con la pintura rupestre, con un bisonte pintado sobre la piedra
de la bodega, pongamos, del Tío Bertol, donde una historia de jóvenes de La Villa, dejó la gran
impronta de sus verbenas juveniles, que aunque por su grandeza no caben en el bisonte, digamos
que éste sintetiza o define su armonía con humareda especial incluída.
En el momento que esos jóvenes ilustres trasladan su potencial de la bodega del
bisonte, situada en Pilatos, a otra bodega de la Triana Santanera, es cuando el Tío Bertol retoma
las viejas historias de su juventud, como aquella de las apariciones del negro violento, que,
quitándole el garrote al rey de bastos, atacaba, siempre en hermosas noches estrelladas de agosto,
al Tío Bertol, y a alguno más si se terciaba o tenía la osadía de provocarlo, hecho que ocurría
a menudo, sin embargo, nunca hubo cardenales ni heridos. Aunque yo nunca lo vi, debía ser un negro
bueno, que para divertirse, amenazaba, pero no llegaba a dar, a pesar de su extremada corpulencia
y de su aire de gigante mitológico.
El Tío Bertol y el Tío Emilio el Torero eran grandes amigos, aunque tuvieran
sus momentos bajos. Este último, El Tío Emilio el Torero, siempre fue un gran republicano, y no
es que se quiera ofender a nadie ni herir la sensibilidad de quienes creen, respeto por igual
tanto a uno como a los otros, porque ni creyentes ni ateos tienen por ahora la solución palpable
del enigma del Hombre, aunque traten, ambas posturas, supongo que de buena fe, de solucionar el
problema.
Estos dos episodios, atribuidos al Tío Emilio el Torero, se cuentan tal y como
me los han contado, por otro lado, eran archiconocidos en La Villa en sus tiempos. Hoy día, los
humos de la despoblación, que conllevan el desarraigo y la pérdida de tradiciones, hacen que
parezcan espejismos estos hechos, o la suelta de palomas “El Día de Las Candelas”, o que la
subida a La Torre, para saludar a las cigüeñas, mientras los grandes tañedores hacían hablar
las campanas durante las procesiones, no sea más que miga de una memoria colectiva diezmada.
Acabada nuestra guerra fratricida, El Tío Emilio pertenecía al bando de los
perdedores. Sus credenciales eran para el régimen ganador, de rojo rebelde, cosa que había acreditado
bien.
Alfonso el Portugués, Joaquín el de Alfonsa, Luis El Liborio, Manolo El
Comerciante, Horacio, y otros, en tiempos de La República, eran niños, no sabían de revoluciones
ni de monarquías, le gustaban los caramelos, como tiernos infantes que eran, y El Tío Emilio
siempre llevaba los bolsillos llenos. Esperaba a que los niños salieran de la escuela, le ofrecía
los caramelos, se los llevaba al Teso de Santana donde El Señor Augusto siempre daba los pregones,
y una vez allí arrivota… … …
-Decid con todas vuestra fuerzas ¡Viva La República! cinco veces seguidas, y os doy los caramelos.
Y los críos se desgañitaban diciendo… Que ¡Viva La República! Que ¡Viva La...!
Así, hasta las cinco veces, para obtener su premio. Luego se iban a sus casas más contentos que
unas castañuelas, saboreando los caramelos por hacer lo que más le gustaba: gritar a todo pulmón.
La Villa fue uno de esos pocos lugares de España donde las venganzas, durante
y después de La Guerra Civil, no llegaron a consolidarse con muertes, gracias a tres maderalinos,
entre ellos el cura de entonces, no precisamente Don Alfrezo Linial Blanco, que no consintieron
esos excesos sanguinarios, los cuales, en la vecina villa de Argujilllo prodigaron las envidias,
excesos que una vez consumados, son como la jodienda, que no tiene enmienda.
El Tío Emilio, aunque con alguna paliza que otra sobre sus riñones, salió
vivo de las venganzas de los flechados y enyugados en camisa azul, pero permanecía muy vigilado.
En una Semana Santa, hizo limonada, como buen maderalino que era, en su bodega, en una de cuyas
paredes tenía colgado un crucifijo más o menos manejable. Cuando iba a beber limonada siempre
cerraba la bodega por dentro…En esto estando una de esas veces... ¡pam, pam, pam! La Guardia Civil
que llama.
-Esperen, que enseguida abro.
Una vez dentro, El Tío Emilio El Torero les explica lo que estaba haciendo:
-Miren ustedes, señores guardias, le estaba rezando a Nuestro Señor, que tanto padeció por
nosotros en La Santa Cruz. Si me perdonan un momento enseguida finalizo y estoy con ustedes.
Clavado de rodillas se puso a rezar al crucifijo El Padre Nuestro e invitó a
los guardias a que lo acompañaran en sus súplicas, lo cual hicieron, al ver a este hombre tan
devoto del que le habían dicho que era el mismísimo Satanás. Terminada la oración:
-¿Les hace un traguito de limonada?
-Bueno,
vale. Una pinta sólo.- contestó el cabo.
La pinta fue una jarra de litro y medio que concluyó con los tres pelitruscos,
y tan en camarilla, que no acabaron cantando “La Internacional”… de milagrito. Una vez que La
Guardia Civil se marchó, El Torero volvió a cerrar la puerta de la bodega por dentro.
-¡Pero
estos gandules! ¿Quién se habrán creído que soy yo?- se decía a sí mismo en voz alta, y descolgando
el crucifijo y metiéndolo de cabeza en el barreño de la limonada, continuaba diciendo…
¡Bebe, cabrón!... con otros improperios de la misma índole.
Supongo que el alma y el cuerpo de tal comportamiento sacrílego, desde un punto
de vista creyente, merece ir al infierno de cabeza; supongo también, que desde el punto de vista
de El Tío Emilio El Torero, no era más que un pataleo impotente contra ese clero desvirtuado y
sumiso que apoyaba al régimen del Sapo Iscariote, sobrenombre con el que León Felipe quería
hacernos ver la traición que Franco propinó al Pueblo de la España que lo uniformaba, le daba de
comer, y que para su desgracia, le confió las armas con las que lo traicionó, como le hizo Judas
Iscariote a Jesucristo.
Estimados lectores, ya os empezaréis a preguntar que qué relación existe entre
el título del relato y casi todo lo contado hasta aquí. Paciencia, queridísimos hermanos y hermanas,
paciencia, que más paciencia que El Santo Job tuvo vuestro país para recobrar de nuevo La
Libertad, el cual esperó cuarenta años, los mismos que según relata la Biblia tardó el pueblo
hebreo en llegar a La Tierra Prometida. Los hebreos al menos tenían El Maná que les proporcionaba
El Señor, pero a los españoles, cuyo país quedó hecho un solar mugriento, y cuya guerra hicieron
Los Nacionales en el nombre del mismo Dios que el de los hebreos, primero le caían del cielo
bombas de prueba alemanas, y miserias en forma de hambre y tuberculosis después.
Se mire como se mire, una vez que se toca fondo, sólo cabe salir mejorando, y
no hay nada como el arte y los adelantos para hacerlo, naturalmente, si el estómago tiene un
trabajo digno a diario, y, si ese trabajo lo hace con unas buenas pintas de vino, mejor que mejor.
Construida la torre que contenía el trasformador, y que a su vez serviría de
cárcel municipal, se tiró el tendido eléctrico, y el milagro incandescente de Thomas Alva Edison
comenzó a convertirse en un hecho cotidiano en La Villa, eso sí, más de cincuenta años después
del genial invento, aunque ese hecho no era extraño en una España caciquil, de la que ya se
había hecho eco Quevedo siglos atrás.
Había algunos bibliantes que sostenían la tesis, siempre influenciados por Don
Alfrezo, de que la luz artificial era un invento del demonio, que traería como consecuencia menos
almas inocentes para El Señor, debido a que todos los atributos femeninos quedarían al descubierto
en noches de lujurias insospechadas.
En un principio, en interminables sermones desde el púlpito, deducía el cura,
que la luz eléctrica era una invención sacrílega, y por lo tanto, no buena para el cristiano
decente. Sin embargo, todo su esfuerzo era infructuoso, puesto que poco a poco los vecinos,
incluso los bibliantes, la introducían en sus casas. El Tío Bertol, la introdujo no sólo en su
casa, sino que fue el único, durante bastante tiempo, que la metió también en su bodega, la cual
se iría convirtiendo en una especie de pinacoteca singular. En principio no empezaba de cero: ya
había pintura rupestre en una de sus paredes.
Visto que hasta sus más cercanos correligionarios instalaban la luz, Don
Alfrezo optó por impartir unas charlas formativas dirigidas a ellas, así, citó a toda mujer
mayor de diecisiete años a tal hora y tal día, en la iglesia, para recibir esas charlas sobre
moralidad cristiana y buenas costumbres. Y tal día y a tal hora, Teo, que había hecho un viaje
especial (Que por cierto nunca se le abonó: eran los tiempos de los días perdifestivos)
desembarcó de “La Rubia”, en La Plaza Mayor de La Villa, media docena de frailes, cuya orden se
desconocía, que pronto se dirigirían a un público femenino expectante que casi abarrotaba la
iglesia. La expectación pronto se tornó en bochorno generalizado, cuando aquellos padres de
almas, con sus venerables barbas patricias, comenzaron a hablar del cuerpo femenino, como
vulgares padres mundanos:
-Tenemos la luz del sol que nos
proporciona el Señor en su infinita misericordia; y gratis. Pero no todas
las luces iluminan el alma de la buena cristiana, de ahí, que para agradar
al Señor, la buena cristiana debe ser recatada y usar camisón hasta los
talones. Ya sabéis, hermanas, que Dios creó al Hombre a su Imagen y
Semejanza, y que de una de las costillas de Adán, os creó a vosotras… creó
a la mujer, la cual debe someterse al varón, pero no en sus lascivias,
dignas de las tropelías de Satanás. Por eso cuando vuestro marido (Y esto
también os lo digo a las futuras esposas) os pida contacto carnal (cosa
que vosotras nunca debéis solicitarle a él, porque así lo quiere el Señor…
y si lo hacéis pecáis) él se colocará encima de la mujer, que tendrá
siempre el camisón puesto. La luz eléctrica, por “supuestísimo”, estará
siempre apagada. Durante el acto, no debéis mostrar el menor síntoma
placentero, ni moveros en absoluto hasta que él termine. En dos palabras,
debéis semejar como muertas. ¡Ah! Ya sabéis que el onanismo es grave
pecado mortal, que puede rayar el sacrilegio, e incluso sobrepasar esa
delicada
raya. Si guardáis este comportamiento cristiano, El Señor será menos severo con
vosotras El Día del Juicio Final.
-Ahora, queridas hermanas, junto a vuestro párroco, Don Alfrezo, antes de
irnos, rezaremos los cinco misterios del Rosario con sus quince ave marías cada uno.
No había terminado de decir lo de las quince ave marías… cuando las mujeres
comenzaron a abandonar la iglesia, quedándose ésta vacía en un minuto.
La charla que Don Alfrezo vaticinaba como la catarsis definitiva, que al menos
mitigaría el desenfreno carnal, le causó estupor a él mismo, y produjo el efecto contrario. Las
mujeres, y sobre todo las de más edad y las más recatadas, salieron de la iglesia, ruborizadas,
insatisfechas y contrariadas:
-Pero quienes son ellos para decirnos tan explícitamente lo que tenemos o no que hacer dentro de
nuestros dormitorios. ¿Y qué coño es eso del onanismo? Encima parece que hablan en chino.
Los frailes desaparecieron a toda velocidad en la Sandalia de San Fernando,
camino de Argujillo, donde debían enderezar el descarrío de otras feligresas.
Una vez que los hombres de La Villa se informaban de los pormenores de la
charla, se iban reuniendo en La Esquina, allí, la bola de nieve crecía por momentos. Por
mayoría se determinó…
-¡Al pilón con los frailes!.
Todos se dirigían a la Casa del Cura, pensando que estaban allí tomando
chocolate con el sacerdote, pero no necesitaron llegar, porque Don Alfrezo, ya informado del
tumulto, bajaba por La Calle de la Iglesia con las manos en alto, pidiendo calma… Se hizo un
silencio sepulcral a la puerta de la señora Aurora. Cuando el alcalde, que iba a la cabeza, le
preguntó por los frailes, y contestó que debían estar ya cerca de Argujillo, como en una nueva
Fuenteovejuna, fue levantado y conducido sobre una marea de brazos alzados, hasta El Pilón, donde
fue tirado sin más preámbulos, pese a las excomuniones y martirios infernales que había profetizado
desde las alturas donde había viajado.
Aquel fue el principio del fin del reinado de Don Alfrezo Lineal Blanco, y es
que había tocado la fibra sensible del Ser Humano, ese sitio donde cada uno es como es y no como
le digan que tiene que ser; había tocado la fibra sensible del único lugar donde, a pesar de ser
tan diferentes, todos nos parecemos.
El día que tiraron al pilón a Don Alfrezo, llegó a la Villa, para quedarse
definitivamente, Don Carlo, hombre que sólo necesitaba para soñar un rinconcito y un poco de
silencio. Patriarca de una saga memorable, amaba las artes escénicas, y la pintura, arte este
último que además practicaba.
El Tío Emilio El Torero y El Tío Bertol eran muy amigos de Demetrio, uno de
los hijos de Don Carlo. Los tres amigos habían vivido historias entrañables de juventud, historias
que siempre le recordaban los versos aquellos de Lorca…
Tres golpes de sangre tuvo,
Y se murió de perfil:
Viva moneda que nunca
Se volverá a repetir.
O estos otros de León Felipe…
¡Oh, ese viejo y roto violín!
Un día plomizo de lluvia que fueron a beber unas pintas El Torero, Bertol y
Don Carlo a la bodega del Arte Rupestre, cuando se encendió la luz y Don Carlo vio el bisonte,
todo eran elogios… Que Quién lo había pintado…Que qué bien estaba rematado…Y etc, etc, en esta
línea de laureles. Y ahí comenzó a fraguarse la futura pinacoteca. Don Carlo observó las paredes
de la bodega e indicó cómo se las tenían que preparar para comenzar a pintar.
El primer fresco fue una panorámica que contenía, principalmente, El Pilón con
un cura empapado saliendo de él, La fuente de Arriba, la antigua panadería de Daniel y de
Cristina, la terraza de un bar-bodega que llamaban “La Bodeguilla, y el Teso de Santana. Después
vino el fresco “Las Vendimiadoras”.
Pasaba el tiempo… y el ardor pictórico, iba creciendo. El Tío Bertol, que
siempre, siempre, cuando iba a arar llevaba hojas del ABC en las alforjas… por si acaso tenía
que despachar alguna emergencia… y, una de esas veces, que se vio apurado, y fue a defecar al
cobijo de una zarza, mientras estaba en función excretora, y a la vez echándole una ojeada a las
páginas antes de hacer uso de ellas, se quedó admirado cuando vio una reproducción de “La Maja
vestida”, la cual encabezaba este titular:
POR FIN LA MAJA VESTIDA Y LA MAJA DESNUDA SERAN EXPUESTAS DE NUEVO EN EL MUSEO DEL PRADO
Enseguida se puso en contacto con Don Carlo:
-Mira, Carlo, quiero que lo próximo que pintes sea “La Maja” de Goya, pero la desnuda. Y he
decidido que la pintes sin pubis.
-¿Cómo que sin pubis?- le respondió Don Carlo muy contrariado, y añadió…- Mira, Bertol, le vas a
quitar toda la gracia al cuadro, porque es el primer pubis de la historia de la pintura. Además,
sin ese glorioso pubis moreno, no te pinto el cuadro; prefiero pintar una vaca lechera o una
yegua percherona; y que conste, que no tengo nada en contra de esos animales.
-¡Para, hombre, para! ¡Tranquilízate, coño! (Y nunca mejor dicho). Píntale el pubis si quieres,
pero mi idea es más sutil de lo que tú piensas. Yo quiero el cuadro con pubis, sin embargo,
quiero que el vello púbico sea auténtico, es decir, que sea de una mujer de verdad, vivita, y
coleando.
-¡ayyayay… yayay…San Bertol! Eso es harina de otro costal.
-Será del costal que quieras, pero ahora te digo yo a ti, que, o le pongo un pubis auténtico, o
no se pinta ninguna maja.
-Yo te voy a pintar “La Maja desnuda”, con pubis o sin pubis, como tú quieras… De ese tema te
encargas tú. ¡Hala! ¡Hasta mañana! Porque me vuelves de la cabeza.
Un día, fumando unos ogros después de merendar unos lagartos en la bodega y
comentando la idea del tema de “La Maja”, Emilio El Torero le expuso lo que pensaba al Tío
Bertol:
-Eso que me dices está bien. Sin embargo, una vez que has desquitado la lana de oveja negra o de
cualquier otro animal, así como el vello de cualquier otra parte del cuerpo de la mujer o del
hombre, y el vello púbico no puede ser ni rubio, ni rojizo, ni castaño, y sólo puede ser de un
negro azabache, yo te aconsejo que te vayas a Madrid y se lo pidas a la mismísima Duquesa de
Alba, que como no haya un milagro, no sé yo de dónde vas a sacar tú lo que dices. Y por si fuera
poco, quieres cortarlo personalmente para asegurarte de que es vello púbico auténtico.
-Ten por seguro que será vello púbico auténtico. Y ten por seguro también que nadie sabrá a quien
pertenezca; ni tú siquiera lo sabrás. Además, la mujer que lo done, no tiene por qué quedarse
con el culo al aire, con que me deje el espacio suficiente en su cuenca para cortar un trocito
con las tijeras, bastará. Por otro lado, hay mozas en El Maderal, con la suficiente categoría y
personalidad, como para entender que se trata de un hecho lúdico, y poco más. Aquí no se trata
de violar a nadie, ni de hacer una cosa del otro mundo.
-Adelante, Bertol, yo te alabo el gusto. Ahora, si te parece, nos vamos pa’ bajo a jugar la
partida, que yo me estoy quedando “helao” en la bodega.
-Antes ayúdame a limpiar esto un poco.
-Eso está hecho.
Una vez que Don Carlo terminó “La Maja desnuda”, sin pubis, el rematar el
cuadro quedó en manos del Tío Bertol.
Pero pasaban los días, las semanas…incluso pasaron tres meses… Y “La Maja”
seguía pelona. Don Carlo tomó las riendas y le dijo al Tío Bertol, aconsejado por El Torero, que
un día de estos, si tenía tiempo, le iba a pintar el pubis. Nunca se lo hubiera dicho. Bertol le
contestó iracundo, como pocas veces se lo había visto, que como se le ocurriera tocar el fresco,
rompían la amistad, amargamente, y para siempre.
-A Bertol le va a pasar lo que a Don Quijote, se va a volver loco de tanto darle a la cabeza con
historias imaginarias, en este caso con lo del pubis.- le comentó un día de octubre El Torero,
a Demetrio, que había venido a dar una vuelta por La Villa para ver la familia.
Dio la casualidad que aquel día era el día que se habría la caza. El Tío Bertol
y su cuadrilla de cazadores (y no cazadores) después del cacho, en el que no faltaron comentarios
jocosos sobre el pubis fantasma, consiguieron echarle a los galgos tres liebres, de las que
cazaron dos.
-La merienda ya está en vísperas. A las nueve en la bodega mía quiero ver a
todo el mundo.- sentenció El Tío Bertol, una vez concluida la jornada de caza.
A las nueve la gente iba entrando en la pinacoteca privada y se iba acomodando
a la mesa, rodeando como predadores, las cazuelas humeantes con las liebres y las jarras de vino
con Tinto del País, pero todos se sorprendían al ver el cuadro goyesco cubierto con una sábana.
Y todos concluían, ante el hermetismo del Tío Bertol, que con tanto comentario irónico, y la
imposibilidad de lograr su objetivo, había optado por clausurar la sala de “La Maja desnuda”.
-Bertol, lo mires como lo mires, es una gran obra de arte, que alegra la vista, y….- le comentaba
Demetrio.
-Aquí
a comer y a callar, que la liebre es para comerla caliente.- lo cortó en seco Bertol.
Terminada la merienda… ¡Sorpresa! El Tío Bertol repartió un puro para cada uno
de los asistentes, y empollorincándose en el poíno situado enfrente del cuadro de “La Maja”,
descorchó una botella de cava y tiró de la sábana que cubría el cuadro, entonces todos miraron
atónitos para un pubis azabache de vello auténtico, tan bien puesto, que se podría decir que
había crecido de forma natural.
El Tío Bertol se volvió a sentar a la mesa, empezó a hacer sonar los timbales,
y se comenzó a cantar mientras el tinto corría de nuevo con alegría por los gaznates, en una
juerga armónica de esas que no se olvidan.
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