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relatos de la villa   de  Alfonso Toribio
   
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DON JUAN EN SU TINTA

   Nuestro Don Juan, ni a los palacios subió, ni por las cabañas anduvo, aunque le consta a este humilde cronista, que de esas últimas hizo, cuando niño, en la de maravillas llena antaño, alameda del Caño, que por otro lado nunca tuvo caño con chorro de fuente conocida, creo que ni por los más viejos del lugar, circunstancia que no menoscaba su existencia real en otro tiempo, porque… El Hombre no pone nombres sin ton ni son. Sólo lo incógnito no está sustantivado por ese ser bípedo que habla, y que es capaz de alzar su genio a las cimas más hermosas, pero también de rebajarse a las hondonadas más viles y deplorables. Pero miento, dado que incluso todo lo desconocido se llama así, “incógnito”, aunque sea un paquete muchísimo más grande que lo conocido: “Bueno es saber que los vasos sirven para beber, lo malo es que no sabemos para qué sirve la sed”.
   Hijo de “La Villa”, nuestro conciudadano corrió alocado y feliz, también cuando niño, por los prados exuberantes de sus primaveras, trepó los nidos de los árboles de sus alamedas y jugó a mojarse en los veranos con el agua de sus dos fuentes, y de su pilón que en paz descanse, quien como un ser vivo más, fue testigo privilegiado de sus avatares y del pulso de la historia del resto de habitantes.
   De mozo muy jaranero, fue gran jugador de “Gilé”, y a partir de no se sabe bien de qué sueño “feminesco”, hecho realidad, se convirtió en un Don Juan de casadas o prometidas, y nunca de doncellas sin compromiso.

   Es importante cómo empiecen las historias, pero lo que más las realza son las playas donde vienen a morir: “Muchas ciudades de la ancha Castiella fueron, que sin mar aún hoy holgan de él, si bien como perecedero lingote para el genovés o el pirata Drake se vieran oceanas sin saberlo, y si no sucediese “ansí”, preguntad al “Lazarillo de Tormes”, habitante ahora del “Tercer Mundo”.

   Sin embargo, el juego de la mar devino para este Don Juan caracola, música, canto de sirena, y otra vez lingote y galera viento en popa con cien cañones por banda, pues eso era su voz para el oído de las damas al que él susurrara el raro murmullo del arrullo al que ellas se vinieran fierecillas mansas, no ya sólo con la prenda íntima gelatinosa en las manos, sino también con el resto de la misma mermelada incolora, manando de su rosada rosa, que a su vez, más como torrente imparable se le ofreciera, que como riachuelo o regato:

   - Toma, por favor, mi florecilla alhelí vencida, porque tuya es, en estos momentos en que toda mi mansión arde desde el cabello a los pies, que como a manzana, ciruela o volcán, espero muerdas y apagues su fuego. 

   -¿Y qué hacer?- se preguntaba él- Si apetitosas sois cual cereza o breva, y en el huerto de la vida también vuestros dos melones encuentro en el lote incluidos; por cierto, carnales y no cuaresmas, para comérmelos al paso, al trote y al galope a deshoras, de madrugada o al amanecer (¿Qué más me diera?), si agua soy de febril tormenta desbocada en imparable corriente. 

   Dicen, comentan, se intuye por eso, que tiraba más uno de sus gestos, que cien parejas de bueyes, únicamente para aquellas a las que se le hiciera irresistible.
   Nunca hizo ascos a ninguna, ni se acordó de los maridos o de los novios que tuvieran, pues para él no eran casadas o prometidas, ya que les recordaba su esencia, o sea, que eran sólo mujeres con el deseo a flor de piel sólo para él, mientras, se sentía un hombre en llamas que jamás las catalogara como “La mujer y la sartén en la cocina estén”, sino más bien las encumbrara como del uno al sesenta y nueve, vamos, lo mismito que si fuera llamado desde la inagotable mar inmemorial, algo parecido o más grande, o quizá desde el sonajero de poderoso dios heleno.

   Por muy recatado que fuera nuestro Casanova, o trataran ellas de ser discretas, en el corrillo de los comentarios estos corrían para todos los gustos. Por ejemplo, las beatas y el cura no estaban en absoluto de acuerdo con su conducta lasciva de horroroso sacrilegio, y los tachaban en “El Libro de la Vida” condenándolos al fuego eterno sin más, como sodomo y gomorras que eran. Otros se llevaban las manos a la cabeza: “¡Pero dónde vamos a llegar!”. Los peores eran quienes los criticaban con la envidia como fondo, practicando la hipocresía que mostraban en su “San Benito” de zorros. Los que andaban a lo suyo de ellos mismos, oídos y boca tenían, pero eran los mejores y más elegantes, pues sabían que no se debe ver la paja en el ojo ajeno cuando hay una biga en el propio.

   Resultó, de este entuerto, que las normas establecidas no eran normas válidas, puesto que ni era un burdel aquello, ni era oro todo lo que relucía.
   ...Y como nunca llueve a gusto de todos, y al cabo del tiempo siempre se acaba por pasar página, eso es lo que hace en este momento quien ordena y manda en estos eventos de cuernos y entrepiernas, que es creador de ellos, y quien en busca de personajes no le ha puesto nombre de pila a ninguno, por no poner, ni siquiera ha puesto apodos, aunque sólo sea para evitar problemas de doble personalidad en camas actuales…
   ...Pero el que quiera tener oídos, que oiga los susurros y los gemidos de placer, y el que tenga ojos, que lea, en este escenario variopinto del que es director artístico aquello que pica del botón de la barriga para abajo, y que no por casualidad resulta ser la vida misma, pues es de donde venimos y a donde regresamos siempre que podemos ¡coño, nos ha jodido! ¿O no es así?

   Pero claro, también existe el romanticismo, la poesía (Para vivir no quiero palacios, islas, torres,...”), el enamoramiento, el amor platónico, y etc, etc, que humanizan, a veces un poco mucho, y estamos en el polo opuesto, el instinto salvaje del hombre y de la mujer.

   Al bambolear acontecimientos tan singulares como el de este Don Juan de la Villa, el autor se remite a la cautivadora voz del narrador, mas sin darle demasiada autoridad, no sea que se crezca y se crea que es él quien lleva los hilos y le exija ser otro personaje en busca de autor, o quizá de autora, porque no le gusta el papel de mirón que se le asigna en esta historia.
   Ya le pasó a Miguel de Unamuno con Augusto Pérez, personaje de una de sus “nivolas”, quien un día se le presentó, llamando antes, muy educadamente, eso sí, a la puerta de su despacho de rector:
   -¿Qué deseas, Augusto?
   -Quiero tener vida propia.
   -Pero... ¿qué me dices, cretino? Tú tendrás la vida que yo te dé. Si quisiera podría matarte ahora mismo y acabar contigo de un plumazo sin que fuera un asesinato. También podría seguir jugando, haciéndote ser más tonto o más listo, más alto o más bajo, haciéndote sufrir más o menos...
   -Entonces... ¿qué soy yo? ¿ una marioneta?
   -Tú lo has dicho, Augusto, eres una marioneta. Porque yo mismo, que te invento y te “nivolo”, quizá (con el resto de seres humanos), no sea más que otra marioneta en manos de Dios o de quien sea, que a su vez, puede hacer conmigo lo que hago yo contigo.
   Augusto salió del despacho muy contrariado, y Don Miguel se quedó pensando si matar a Augusto de una enfermedad rápida e indolora, para que no sufriera más, o dejarlo morir de viejo sufriendo entre la niebla toda su vida.

   Espera no tener este autor ese problema, y encima con el narrador, que aunque es como de la familia, no es ni personaje siquiera en esta historia de faldas y a lo loco. De todas formas, si llama a la puerta, ya se verá a ver si le abre o no. Aunque el autor sabe que si le abriera, intentará, por todos los medios, convencerlo de que siga en su papel clásico, y le aconsejará, que no se meta en camisas de once varas, cambiándose de chaqueta.
   Debido a todo este “Galimatías”, se acoge, se sigue entendiendo que es el autor quien lo hace, a la máxima de que... “El que inventó los gustos... inventó los colores”. Cìao...

Nota breve del autor:
   El texto tiene como base, como muchos de mis relatos, otro relato escrito hace muchos inviernos con goteras, pero a éste, se da el caso, no lo conoce, como a España, ni la mismísima madre que lo parió.

Alfonso Toribio  
Colección "Relatos de La Villa"