Es ésta una de las historias de la singular vida de un cura
narcisista, eternizado en la huidiza metáfora que es El Maderal.
Se trata de Don Alfrezo Linial Blanco, uno de los actores
principales de un tiempo irrepetible, en el que “El Cid” (y “Don
Pelayo” también) galopaba con su caballo “Babieca” por nuestras
cabezas de niño... Tan de verdad galopaba... como la libertad es
anhelada por el preso.
Era una mañana de vientos de cola. Una de esas mañanas que “La
Villa” guarda en las entrañas de su memoria. El Talanda encauzaba
una crecida menuda y medio turbia, que la noche, perpleja ante
tanto antruejo de “Martes de Carnaval”, había dejado caer sobre
una tierra ya saturada por dos meses de lluvia constante. Tan
hechos polvo estábamos tras aquella velada frenética de baile y
despropósito, que la sombra, siempre bifurcada por el poderío
eterno que representaba Don Alfrezo Linial , acechaba nuestros
subconscientes junto a la resaca de una borrachera sangrienta de
peor índole que la que aquí referiré.
Zacarías, el hombre, menos acostumbrado en el arte de beber vino
que su hermano Lujérico y el socio de éste, “Pablo el Colorao”,
había excedido el cupo aquella noche, y después de una ingesta
aproximada de cinco litros, en vez de rendirse, continuó la pachanga
con los otros dos en la bodega, la cual consistía en disfrazarse de
parturientas. Y así bajaron al baile, por otro lado ya en su
apogeo de asistencia, las tres futuras madres. La gramola del bar
de “La Tía Isidra” sonaba los últimos compases de “ El Gato Montés”,
cuando la más avanzada en la gestación, que no era otra que Zacarías,
rompió vinos mientras caía boca-arriba todo lo larga que era, ante la
sorpresa de todos, que le hacíamos corro y observábamos atónitos cómo
de su vientre le salían tres perritos, que su perra, llamada “Tomasa”,
había parido dos días antes y que entre los tres convinieron que
repariera él, Zacarías, el cual, en el estado en que se encontraba,
casi no rebullía, y sólo alcanzaba a decir:
-Hermano Lujérico, favoréceme.
-Sí, te voy a favorecer, pero llevándote a
dormirla.- respondió Lujérico velazqueñamente, que con ayuda llevó
a su hermano a despabilarla en la cama, para regresar él y sus
acompañantes a la fiesta que, en realidad, acababa de empezar.
Cuando Lujérico con las del alba arribaba a sus
aposentos, pasó antes por los del hermano, para comunicarle que
atiendas tú los animales, porque yo no me tengo tieso en tres días.
Zacarías no contestó. Entonces encendió una vela y observó
aterrorizado que se encontraba en la misma posición en que lo había
dejado cuando lo trajeron a la cama. Corrió como un loco en busca de
Don Gil Palomo, el médico oficialista que sólo dejaba de beber cuando
no le cabía más. No necesitó llegar a la casa de “El Galeno-Esponja”,
como también era conocido el médico : se lo encontró cantando “La Salada”
y continuando la farra con Don Isidro, el secretario del ayuntamiento,
debajo de los portales de la Plaza Mayor. Ambos, si se tenían de pie,
era de milagro. Nada más tocar al enfermo firmó su defunción de viva
voz delante de Lujérico y su hermana Julia: “Está demasiado frío para
estar vivo. Esto ya es cosa de curas”. Sentenció Don Gil, pasándole así
el testigo a Don Alfrezo. En cuestión de una hora las campanas
encordaban a muerto; Zacarías se encontraba vestido con su mejor traje
colocado lo largo que era en una caja de pino, y el cura, aún no
pollero, salía de la sacristía enmondado de liturgia de extremaunción.
La velocidad del apolíneo cura era endiablada, ya que tenía que preparar
la ceniza que nos recordara lo que somos. Al llegar a la curva en
donde pesaban las uvas antiguamente, y debido a la alta velocidad,
la cogió un poco abierta, creando una inercia que inundó el aire con
un aroma de trapos eclesiales que llevan mucho tiempo en el cajón del
olvido de la sacristía. Se cree que fue allí donde succionó entre esos
ropajes, como un tornado ambulante, la pollada de pollitos de ave
doméstica que resucitó a Zacarías. Nosotros sólo vimos una gallina
solitaria que perseguía a Don Alfrezo calle arriba cacareándole
enfurecida, igual que si la llevaran los demonios. Aunque él no se
percataba de nada cuanto acontecía a su alrededor, ensimismado en su
mundo crepuscular y plano. Luego, según nos contaron, todo encajó.
En pleno ritual mortuorio nadie se atrevió a
interrumpir al cura pollero cuando la gente del velatorio veía
incrédula cómo de su indumentaria, y a cada lisopazo, saltaban
pollitos a la caja mortuoria, de manera, que se le introducían al
difunto imaginario por mangas de chaqueta y pantalones, creándole
un calorcillo y bienestar tal, al desafortunado Zacarías, que
revivió. Estas fueron las palabras que pronunció en su nueva vida
de resucitado; eso sí, fueron palabras muy profundas y apagadas,
como venidas de ultratumba:
-¡Dejaadmeee...! Que no estoy mueeerto...
A lo que su hermana Julia replicó convencida:
-¡ Cállate, bobo ! ¿ O es que vas a saber tú más que el médico?
He relatado lo que me han contado aquellos que
lo vieron. También me han contado, muchos años después, que hubo
una segunda resurrección de Zacarías. Yo sólo conozco ésta, con
un cura pollero como protagonista, que es el mismo repetido en
tantos pueblos, repletos de bibliantes a los que el espíritu de
“La Barraca” no pudo llegar, porque el soplo del sueño de la
justicia y de la libertad nunca se encontró en el corazón de
aquellos traidores que sumieron a un país en un estado catatónico
y taciturno... del que no pudo despertar en mucho tiempo. |