“Hay que tragarse en el lodo
hasta la cintura, y devolverle
al Pueblo las azucenas”.
Federico García Lorca
(Poeta y dramaturgo irrepetible asesinado en un barranco)
Mi nombre es Liberto. Así era llamado un esclavo al que en la antigua Roma se le concedía la libertad. Mis apellidos son más comunes: López Fernández. A los que nacisteis a partir del 75 ya no se os puede considerar “libertos”, sino hombres y mujeres libres.
Algunos de los que os halléis en esa circunstancia de cuna y leáis este relato corto que yo podría haber alargado mucho más, como se alargó, desgraciadamente para vuestro país, la vida de la negra legumbre protagonista de esta crónica, debéis pensar, que vuestra ahora libre España, antes del 75, era una sociedad de esclavos en la que ciertos delfines del régimen decían que la calle era suya, a la vez que asfixiaban el aire con sus podridos eructos de perro sarnoso y sus ventosidades de momias anquilosadas en el pasado.
Ya sé que no me conocéis, pero yo a vosotros, queridos lectores, tampoco os conozco, así que en ese sentido, andamos a la par. Podéis estar de acuerdo, o quizá no, con este cocido de garbanzos negros podridos, que enterró las azucenas bajo el lodo y todo espacio límpido de trigal de abril y de amapola.
La lírica, la narrativa y la dramática sólo se entienden, a partir del cuarenta, en términos de ruptura, de cruel ruptura, de desierto creativo y de borrón y cuenta nueva en donde el español devino un “híspido garrulo tolvanera”.
Siempre se establece una guerra pacífica, sin sangre, intelectual, hecha con ramas de olivo y flores, entre el narrador y el lector. Muchos de los datos que os voy a dar, son verdaderos, aunque estén revestidos con el hábito que caracteriza a la ficción narrativa y tengan el camuflaje que ojalá los soldados no tuvieran que usar nunca en combate, donde sí hay sangre de verdad y por cuyas consecuencias las madres lloran amargamente y desean no haber parido. Antes de empezar una guerra se le debería dar a las madres que tuvieran hijos en edad de ir al frente, la oportunidad de declararla. Seguro que de esa manera pasarían a mejor vida, pasarían las guerras a ese lugar donde sólo los hombres que las promueven deberían vivir su apocalíptico desierto de sangre.
Desde que leí “Cien años de soledad”, me gusta escribir relatos como a otros les pueden gustar las conservas en escabeche o cualesquiera gaitas gallegas. Cada uno es libre de comer un pescado blanco o una carne rosada, ancas de rana o bacalao a la vizcaína, y de regar esos manjares con un Ribera, un Rioja, un Penedés, o con una simple agua natural, cosa esta última, que yo, personalmente, no recomiendo.
De pequeño creía en los “gamusinos” y que existía una comida que se llamaba “Canguingos con Patas de Peces”. Recuerdo que en esa tierna edad cantábamos muchas veces en la escuela una canción titulada “Cara al Sol”. Yo no sabía por qué teníamos que cantar siempre la misma canción, y no otras que yo escuchaba en la radio, tan bonitas como ésa, o más. Todos los días nos obligaba el cura de la parroquia a asistir al rosario. Todos los días el cura pasaba lista desde el púlpito, y no estar en ella conllevaba un castigo en la escuela, que era mayor si se faltaba al rosario en el mes de mayo porque no se iba “con flores a María, que madre nuestra es”.
Esta tarde, a finales de la estación que pace zafiros, he salido a un parque vecino a despejarme un poco y a fumarme un purito. El vicio del tabaco me come. Un día de estos lo dejaré. Siempre me levanto con esa intención, pero después de tomar el café con leche lo primero que hago es fumar y dar al traste con el propósito de abandonar este otro tipo de esclavitud.
Son las siete de la tarde de un lunes cualquiera de un junio cualquiera de un año cualquiera del siglo XXI. Estoy sentado en un banco de un parque cualquiera de mi ciudad, y mientras meditaba sobre la coherencia constructiva de uno de mis poemas, una preciosa niña rubita de ojitos azules, que no tendrá más de dos añitos, se me ha acercado mirándome fijamente con esa sonrisita angelical que sólo tienen los niños. Traía las manitas extendidas, quizá para que la cogiera en brazos. Yo estaba fumando el puro, y poniéndole el dedo índice de mi mano derecha en su naricita chata, la he frenado en seco. Ella se ha reído, y yo le he dicho:
-Que te vas a quemar con el purito, salada.
En ese momento, una hermosa mujer rubia de aproximadamente 30 años, también de ojos azules, que debe de ser su madre, ha aparecido de no sé dónde y ha cogido a la niña en volandas diciéndome:
-Perdone usted que lo moleste la niña, ¡pero está hecha una trasta…!
-No, sino me molesta, señora. Lo que pensé es que se iba a quemar con el puro ¡como se me acercó de sopetón!- le contesté- ¿A que no eres una trasta y eres una niña buena?- añadí luego volviéndole a poner mi dedo en su naricita otra vez. Ahora la que sonrió fue la madre, a la que, para ser sincero, me hubiera gustado ponerle la mano en otro sitio.
-Bueno, perdone usted de todas formas…yo…bueno… ¡Hasta luego!
-¡Adiós, adiós!
Ambas bellezas se alejaron, la niña, después de dejarla su madre en suelo, correteando, y ella, moviendo con arte el trasero, cuyo ritmo perfecto seguí un momento con la mirada. Luego le di una nueva calada al puro y volví a ensimismarme, pero ya en otra idea que no tenía que ver nada con mi poema y sí con otro compuesto por otro poeta que se sabía todos los cuentos. Porque la vida es eso, un cuento, una mentira en la el Hombre yace preso de su tela de araña.
Es curioso cómo saltan la ideas y las imágenes a nuestra mente. Mientras le apretaba la naricita a la niña del parque la primera vez, me acordé de otra niña… de otra niña que iba camino de la escuela de muy mala gana y que se quedaba con su carita, como una estampa, pegada a la ventana alcarreña de León Felipe… A aquella ventana por la que nuestro gran poeta veía pasar la vida… y la muerte, cuando doblaron las campanas por aquella niña tan graciosa, a la que le volvió a ver la carita el poeta a través del cristalito de la cajita blanca donde la llevaban a enterrar:
Por aquel cristal se le veía la cara
lo mismo que cuando estaba
pegadita al cristal de mi ventana ...
Al cristal de esta ventana
que ahora me recuerda siempre el cristalito de aquella caja
tan blanca.
Todo el ritmo de la vida pasa
por este cristal de mi ventana ...
¡Y la muerte también pasa!
Ahora me doy cuenta por qué establecí una relación entre la niña del parque y aquella otra de León Felipe. El viernes anterior, hablando con un profesor de literatura amigo mío, al que le pedí su opinión sobre el poema que meditaba en el parque, titulado “ARDE TROYA”, éste me comentó que un hijo suyo (César, se llama) estaba haciendo la tesis doctoral sobre el poeta de “La Insignia”. Y al recordar también que me dijo que su hijo había estado recopilando datos sobre el poeta de Tábara en la “Biblioteca Nacional de Méjico”, y que allí había descubierto la existencia de un relato suyo, desgraciadamente perdido, titulado “El Sapo Iscariote” y dedicado, me supongo que sin ningún cariño al garbanzo negro del Ferrol, he decidido, a mi manera, pero imaginándome un poco cómo podría ser el contenido de aquel relato, dedicarle yo otro, pero más moderno, al mismo asesino al que le dedicara León Felipe el suyo, aunque yo he querido meter, en la misma olla del mismo cocido, otros garbanzos negros, porque con un solo garbanzo, mal se hace un cocido.
Si os digo la verdad, este macabro cocido, es imposible de digerir. A mí mismo me causa nauseas seguir atizando el puchero a partir de aquí con mi pluma. Por esa razón, y como con tirar cuatro pedos nadie va a evitar la diarrea que produce, recomiendo encarecidamente, eso sí, sin ser médico, como lo era el propio León Felipe, que sobre todo aquellos y aquellas de tripa blanda, o bien paren aquí la lectura de este relato, o bien, si siguen adelante, lo lean sentados en la taza del wáter, porque los retortijones son instantáneos y a lo mejor no tienen tiempo de llegar al excusado, y ahora que debido a la pertinaz sequía, confabulada, los pantanos andan escasos del líquido elemento que contienen habitualmente, y como se tendrían que duchar para quitarse la mierda de sus traseros y bajos, no serían personas civilizadas al no ahorrar agua, y encima gastarían más que con una ducha normal, pues la mierda de estos garbanzos es muy pegajosa y lleva aparejada el tener que tirar al contenedor bragas o calzoncillos, lo que resultaría más doloroso si se va a la última en moda interior. El que avisa, no es traidor. Todavía se está a tiempo de no continuar, pues ya empieza a oler mal la borbotante olla en el fogón.
Solo, aquí con mi pluma, delante del virginal pergamino que relleno, continuaré adelante con las ventanas abiertas, sacando la cabeza de vez en cuando para no asfixiarme.
Si yo os aviso, y no soy traidor por eso, hay uno que sí fue traidor como la copa de un pino. Se trata del personajillo de esta historia, es decir, del Sapo Iscariote, aquella vulgar y maloliente alimaña de pesadilla sangrienta o mofeta con dientes de vampiro, gran inaugurador, por cierto, de pantanos, calles y miserias. El fue el que, como hiciera Judas Iscariote traicionando a su Maestro, traicionó al Pueblo que había elegido democráticamente a otros para que lo representaran, y no a él, quien a base de crímenes, no sólo de “masones y comunistas”, sino también a base de asesinatos selectivos de elementos de su propio bando necrófilo, consiguió ese estatus que lo coronó como caudillo de todos los caníbales del Universo.
Además, creó escuela, porque Pinochet, El Carnicero de los Andes, no le fue a la zaga, entre otros muchos dictadores, todos jugadores de dominó en su retiro nostálgico de la casita del acantilado de un mar inexistente porque éste desapareció con sus olas, sus corales y sus peces y dejó varados unos sus barquitos de papel que eran los únicos que recordaban que una vez allí estuvo el mar. “¿Y para qué quiero mi barco, si la mar se ha escapado?, se preguntaban estos próceres exiliados haciendo estrategias militares cuando mientras ponían ficha pensaban que un día recuperarían el poder que otro tirano banderas les había arrebatado como ellos se lo habían arrebatado al anterior y el anterior al anterior y el anterior del anterior….“Porque yo sé que el Pueblo aún me quiere y la Patria me necesita”, se decían unos a otros dejando caer unos lagrimones de cocodrilo que se escapaban por debajo de la puerta de la casita y se llegaban hasta la playa sin mar en un intento vacuo de simular su retorno. Entonces, cuando llegaban a la playa lo hilitos de agua salada, se levantaba un vientecito insulso que movía un poquito sólo las velas de esos barquitos ilusorios con sus nombres escritos en sus quillas hundidas en la arena por el peso de la sangre derramada de sus paisanos y de los galones con los que ellos mismos se habían condecorado:
-¡Qué carajo! El jefe soy yo y hago lo que se me pone en las pelotas. Hoy me voy a otorgar “La Cruz de Hierro al Mérito Supremo” y mañana me otorgaré la cruz mágica de yo soy Dios y lo veo todo.
-Entonces… ¿Por qué no vistes que te iban a derrocar?
-Porque estaba cagando, y cuando se caga, a uno se le queda el tercer ojo ciego y anegado.
-¡ja, ja, ja, ja!
-¿De qué te ríes tú?
-Yo pensaba que Dios no cagaba, ¡ja, ja, ja, ja, ja!
Se dice que de niño, al entonces sapito ya le gustaba mucho jugar a la guerra, pues él mismo se hizo dos ejércitos de soldaditos de barro, uno formado por árabes y otro por cristianos, a los que situaba en singulares batallas en su desván. Allí se pasaba las horas muertas, ensimismado y olvidándose incluso del estricto horario de las comidas.
-Paquito, hijo mío, baja, que papi ya se duchó con su regadera de lata y se te va a quedar la sopa fría- le tenía que gritar todos los días su madre.
El era siempre el Cid, y de frente, siempre se encontraba con Almazor mandando sus huestes de infieles, a las que alguna vez dejaba ganar una batalla para luego volver a reconquistar la ciudad que antes habían perdido las suyas. Siempre ponía una disculpa cuando se dejaba ganar, esbozando una sonrisa zorruna, esas batallitas, según él, eran poco relevantes y efímeras. La disculpa más habitual era que El Cid se había tenido que ir a ver a Doña Jimena porque le dolía la tripita, y que el desalmado Almanzor, aprovechando su ausencia, había vencido por eso: “Vas a ver tú quien soy yo, infiel”, decía un Cid con malas pulgas cuando volvía al frente y era informado de lo sucedido por sus lugartenientes, entre los que destacaba, anacrónicamente, El Gran Capitán de la pica de Flandes.
Antes de entrar en batalla, se ponía debajo de una mesa. El se imaginaba estar en la “Cueva de Covadonga”, como hiciera Don Pelayo, rogándole a la Virgen su auxilio, antes de comenzar el feroz y grandioso combate que se iba a iniciar enseguida. “Toledo siempre será cristiana, infieles ¿O es que no tuvisteis bastante en la de Navas de Tolosa”, era su grito de guerra.
En una ocasión, subió su padre al desván cuando el crío preparaba la enésima reconquista de Toledo en el santuario asturiano de su imaginación bélica. El padre pensaba que le había ocurrido algo al niño, pues ni contestaba, ni bajaba ¡Tan ensimismado estaba! El Cid, en ese momento, se hallaba debajo de la mesa solicitando ayuda celestial. Su padre se quedó asombrado del despliegue bélico que allí había. Era verano y andaba ligero de ropa:
-Es que no has oído a tu madre que te ha dicho veinte veces que bajes a cenar- le recriminó el progenitor a su vástago, y dándole una patada al despliegue bélico de los cristianos que sitiaban Toledo, acabó con su alcázar y con la batalla en un momento, pero dejando como vencedores a los moros.
El crío, perplejo, desde la Cueva de Covadonga, sólo le veía de las ingles para abajo al gigantesco Guliver de su padre, quien estaba vestido con una bata sin nada debajo, la cual, con el esfuerzo de darle la patada a los soldados de barro, se le abrió de par en par dejando ver sus vergüenzas. Los testículos le colgaban como dos bolsitas de envoltorio feo y rugoso, y el pene, totalmente fláccido, le pingaba ocioso, pero premonitoriamente inclinado muy hacia la derecha.
Aquella imagen, totalmente nueva para el futuro “Sapo Iscariote”, se le quedaría grabada en su mente para siempre junto a unas ganas refrenadas de coger todo aquel paquete con las manos… y arrancarlo de raíz, viendo en él al demoniaco Almanzor triunfante.
El odio y el ánimo de venganza que sentía el crío eran profundos, y desde ese instante, ya lo acompañarían toda su vida. La Virgen no había atendido sus súplicas, en cambio había tenido esa otra aparición de medio diablo peludo que le había hecho añicos la figura del Cid, entre otros muchos cristianos, los cuales quedaron esparcidos y mutilados por todo el piso del desván. Esa derrota inesperada de las huestes cristianas, sería nefasta para la posterior historia de España, y sobre todo para muchos extremeños.
Cuando se tomó Badajoz, y llegó a los oídos del Sapo, como una salvajada que había que detener, que los moros de Yagüe le estaban amputando a algunos cadáveres enemigos los testículos, él no se inmutó, es más, dijo y ordenó que, “Si puede ser, me traigan los genitales, conservados en tarros de formol, de todos los cabecillas republicanos de Extremadora”. Incluso Mola, Queipo, y el mismísimo Millán Astray, se asustaron de esa actitud tan insólita, que resultaba extraña no ya en militares profesionales carniceros, como eran ellos, sino incluso en los mismísimos caníbales.
-¿No los querrás para hacer un guiso con ellos?- le dijo Queipo al Sapo irónicamente.
-No, sólo los quiero para hacer una colección de huevos ateos cabrones, y cuando hayamos vencido quiero montar una exposición ambulante de cojones cortados con el nombre y los apellidos de sus dueños, para que entonces se le acaben las ganas de rebelarse a la morralla comunista y masona que quede coleando en el suelo patrio y santo de España.
Aun considerándose él un gran carnicero…”Esto no es un militar, es el matarife mayor del imperio”, pensó Queipo del Sapo. Aunque era otro traidor como él, que mandaba fusilar a diestro y siniestro, nunca se le pasó por la cabeza que tales extremos macabros podían servir a la “cruzada nacional”, sino, hubiera tomado él la iniciativa, pues sus ganas de sangre lo llevaban a decir perlas como ésta: “Y mañana tomamos Utrera, así que vayan sacando las mujeres los mantones de luto”...
Ni Queipo, ni otros que estaban por encima del Sapo en la cadena de mando, muertos todos en extrañas circunstancias, se imaginaron hasta dónde llegaría la mente enfermiza de su compañero de armas.
El Sapo Iscariote tenía vía libre para todo, pues era el niño bonito de la camarilla alcista y todos le tenían un respeto cargado de miedo latente cuando los miraba con esos sus ojitos aguados de brujita malhumorada. Solamente ese mirar hacía restrallar los talones de las botas militares de sus subordinados cuando lo contradecían en algo y se enfurecía. El se tenía por un auténtico general, que sólo se podía equiparar a César, Alejandro o Napoleón, bueno, hay que decir que a Napoleón se equiparaba despreciándolo y mofándose, porque, “Estoy muy por encima de él, ya que es francés y casi todos los franceses son maricas. Además… ¿Qué se puede esperar de un pueblo que le corta la cabeza a su rey y se rebela contra las sagradas leyes de Dios y de los hombres?”
Aquella mirada fue la que se le quedó, también para siempre, desde que su padre no le permitió tomar Toledo y tuvo que dejar en manos árabes la ciudad, la cual, para el dictador sanguinario, nunca fue un lugar de convivencia de las tres culturas, como lo fuera para “El Rey Sabio” y antes para Gundisalvo, sino de una sola, única y verdadera, la de sus venerados Reyes Católicos, en cuyo reinado se creo el Santo Oficio en España.
Era una lástima que el Papa, después de ganar él una cruzada para la causa de la fe católica, apostólica y romana, no le hubiera dado permiso para volver a instaurar la Santa Inquisición en el suelo más cristiano a la fuerza del mundo, cosa que él le solicitó secretamente al Vaticano en muchas ocasiones a través de una valija diplomática escasa. Como le ocurrió a Mola y compañía con las amputaciones genitales, los herederos de San Pedro, se quedaron atónitos ante tan increíble demanda. No se trataba de ningún farol, pues El Sapo iba muy en serio. Incluso, algunas veces, la solicitud viajaba a la Ciudad Eterna acompañada con la reliquia de algún santo hispánico a modo de recomendación. Pero lo que de verdad le hubiera gustado a él, y no podía hacer porque estaba considerado fuera de España como un perro sarnoso, es ir en persona al Vaticano y hacer la solicitud de cara al Papa: “A ver si ese papucho de mierda se atreve, mientras lo miro a los ojos, a decirme que no in situ sin quedar fulminado. ¡Qué cojones! además al Papa lo tenía que nombrar yo a dedo, es más, el cargo de Caudillo que detento*, y el de Papa, tenían que ir parejos, de esa manera no necesitaría intermediarios para hablar con mi amigo Dios, quien no se debe llevar bien con esos obispos que sí nombro a dedo, porque últimamente no me hace mucho caso que digamos”. Entonces volvía a su despacho, enfurecido, a suplir las constantes negativas del Vaticano firmando sentencias de muerte a destajo, con ésa su bonita caligrafía de cuartel. Un día no aguantó más y explotó:
-¿Cuántas hay para firmar hoy?-le preguntó a su secretario.
-Ciento cinco, Caudillo.
-Esto va mal. Pasado mañana sobre mi mesa, y todos los demás días laborables, hasta nueva orden, quiero tener para firmar…-se quedó pensando un instante-… repito, quiero para firmar… al menos mil quinientas sentencias de muerte diarias, porque hay mucho comunista y masón suelto todavía.
-Pero mi Generalísimo, eso es imposible ¡Ha dicho mi usted mil quinientas diarias! Nos vamos a quedar sin españoles. Además, hay expedientes de provincias que tardan en llegar meses a Madrid.
El Sapo Iscariote le lanzó al secretario su peculiar mirada y éste se cuadró temblando. Le respondió:
-¡A sus órdenes, mi Caudillo!
Viendo que una y otra vez El Vaticano se negaba, y que con las ejecuciones diarias no saciaba su sed de vampiro, al Sapo Iscariote sólo le quedó el consuelo de imaginarse las mazmorras del cuartel que para él era su sagrada tierra de España, atiborradas de comunistas, de masones y de herejes, a los que había que arrancarle uñas, genitales y pezones lentamente, fueran mujeres u hombres.
En fin, después de mil torturas, esta víbora de cascabel se deleitaba soñando cómo las pobres víctimas se derretían pausadamente en la hoguera, mientras gritaban, enloquecidas de dolor con las pocas fuerzas que les dejaban los martirios padecidos, su sufrimiento, que era, más que inhumano, bestial.
Llegó incluso a soñar con un Negrín o con un Miguel Azaña torturados hasta la extenuación, abiertos en canal y llegando a la pira con los intestinos fuera, arrastrándolos, pero con la vida suficiente para asarse a fuego lento hasta quedar convertidos en ceniza.
Cuando tomó el poder en Madrid había que rehacer la patria que los comunistas habían destrozado. Lo primero que hizo fue dar la orden de cambio de nombre en las calles, porque en la principales avenidas y plazas de su cuartel primero tenían que figurar sus lacayos más cercanos (a algunos incluso los había asesinado él mismo) y después cualquiera que acreditara de mil comunistas o masones muertos para arriba. De todas formas, para estar en las avenidas de las principales ciudades del Gran Cuartel, todos tenían que ser ilustres nombres de asesinos con un expediente de sobresaliente o de matrícula, aunque un notable alto daba bastantes posibilidades de no ser expulsado a los suburbios, donde la placa con el nombre del “héroe” sería sin duda pasto del olvido y del sarro y de las pedradas de los niños, cuando no arrancada de raíz para tapar la rendijas de cualquier chabola.
De esa manera toda España quedó convertida en un intríngulis de calles por las que circulaban todos los días cornetas tocando diana, regimientos de artillería, infantería y otros cuerpos castrenses, a excepción del de intendencia, dado que era la suya una función de retaguardia, sin méritos por tanto, para figurar en placas.
Cuando quería, El Sapo tenía mala memoria. En Africa, fue la sanidad de un cuerpo de intendencia la que le salvó la vida sacándole de sus entrañas aquella bala mora que tenía que haber llevado cianuro explosivo en su interior para así haberle evitado la muerte y el sufrimiento a muchos inocentes.
Sin embargo, llegó un momento en que todo degeneró con el paso de los años y cualquier mequetrefe, sobre todo en pueblecitos de Castilla, podía tener dedicada una calle por un precio módico. Luego, una vez muerto el Sapo Iscariote, y ya aprobada la constitución del 78, algunos lacayitos le seguían rindiendo culto al Iscariote en las calles de pedanías, pueblos y ciudades. Se trataba de hombres fascistoides ignorantes, o de ignorantes personajes que ignoraban la cruel historia reciente de su país. De todas formas, de donde no había no se podía sacar nada, aunque la democracia tratara de reciclarlos.
Estos individuos de trapo defendieron los nombres usurpadores frente a los nombres históricos que durante siglos habían tenido las calles de sus propios pueblos, traicionando también, de esa manera, a sus antepasados. Por ejemplo, una calle que durante siglos se llamara “Calle de la Fuente”, aparecía de la noche a la mañana con el nombre de “Calle del Rico Vecino de la Costa Brava”, “que micciona, y tenemos que aguantarnos, en la límpida agua del límpido arroyo donde nuestras mujeres van a fregar los sucios cacharros.” “Lo hago, o sea, micciono en el arroyo, desde esa casa que construí en parte saltándome la ley a la torera, porque conozco al falangista que manda en la provincia y al que invito a cazar desde entonces en mi coto.”
Ellos, los lacayitos, todos muy amigos del imposible repicar y estar en la procesión, se hicieron demócratas sin haber luchado jamás por la libertad, e incluso algunos llegaron a ostentar cargos en la democracia. A ciertos puestos, hay quien no duda en calificarlos de vitalicios, porque aun no teniendo el cargo oficialmente, lo seguían ejerciéndolo en la sombra… Y es que la sombra de Sapo Iscariote es muy laaaarga, a pesar de lo enclenques que eran su persona y su espíritu cavernícola.
Incluso la tumba donde reposa este traidor del Pueblo fue construida con la sangre de otros seres humanos, porque él pasó, espero que a peor vida, como uno de los vampiros hispánicos más tenebrosos de nuestra historia. El mismísimo Torquemada, a la vera suya, era un angelito.
Si alguna o algún valiente flojeras se ha atrevido a comer este cocido del infierno y ahora se encuentra maloliente, que no diga que no lo avisé. Le ruego que se meta en la ducha cuanto antes con lejía de alta calidad y un buen estropajo, y cuando salgas de ella, y perdona que te hable de tú como a un niño pequeño desobediente, recuerda que… “El batracio que a hierro mató, ha sido batracio que a hierro ha muerto otra vez”. Además, este sapo feo y rugoso como lo testículos de su padre, no se puede quejar, ya que yo he tenido con él la misma consideración y clemencia que él tuvo para con sus víctimas, que no fueron sólo las que asesinó o torturó, sino también el resto de españoles que padecieron la miseria, el hambre, el destierro, la emigración, y la falta de libertad de la que ahora disfruta Iberia desde hace ya muchos años, gracias al propio Pueblo Español, que supo salir de la maloliente caverna a la que esos garbanzos y garbancitos negros lo empujaron.
* Retener o ejercer ilegítimamente algún poder o cargo público.
(Como veis, El Sapo no sabía lo que estaba diciendo, pero decía la verdad)
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