Es ésta una historia para avezados estudiosos, para hombres
eruditos que además de saber muchas más cosas que el resto de los mortales, son conocedores del
alma humana, lo que ya, no sólo es difícil, si no tesoro exclusivo de esos pocos elegidos, aunque
siempre, con todo y con eso, aplicándole la expresión… “Médico, cúrate a ti mismo”.
De no ser porque “El Mundo” ya tiene sus leyes naturales, casi siempre crueles, que
se pierden en la noche de los tiempos, y lo que él menos necesitaba era tiranos que impusieran,
para someter a otros “Homo Sapiens”, otras nuevas, pero más crueles… profesiones nacidas con los
albores de “El Santo Oficio”, como las de canutero, hubieran sido una bendición, si hubieran
abundado.
La profesión de pasar las canutas era pues un oficio insólito, atribuible a la
liturgia de la mal llamada “Civilización cristiana”, a quien le son atribuibles tantas y tantas
remodeladas ideas y ritos de “La Antigüedad”, que paradójicamente salvarían de olvido los árabes.
En realidad, como originariamente no tenía “Cultura”, la cultura cristiana echó
mano de la única que en “Occidente” ha sido, es, y será…. “La Civilización Griega”, porque,
incluso la Roma más profunda y gloriosa, no fue, si no correa de transmisión del Olimpo.
En época legendaria y remota de “La Villa”, existió uno de estos canuteros, un
hombre formado en las canutas de la “Catedral Vieja de Salamanca”.
Pequeño, ágil y menudo, como requerían los estándares de su profesión, vino al
único y auténtico Maderal primigenio (El de los tiempos del “Tio Uco”) por obra y gracia del amor
de una de sus mujeres, llamada Magdalena, la cual servía en una de las casas señoriles de
Salamanca.
Se hizo con este oficio en “La Villa”, por iniciativa propia y porque su
imaginación desbordaba los ámbitos normales de la mentalidad común existente, y además,
consiguió los dineros, ilusión y prestación personal suficientes, en “La Villa”, para la
construcción de una caja musical de canutas en la tribuna del templo municipal, porque… la
iglesia… después del hecho revolucionario del “Teso del Cabezo”, servía para lo que de verdad
debía servir, es decir, para cultivar el espíritu de Dios y darle rienda suelta a los sueños, y
de ese modo, retomar la raíz pura de lo que significaba “El Templo” en los orígenes más remotos
del Cristianismo. Uco decía a menudo:
-Todos somos un poco templo e intemperie.
Aunque “El Terror de los Argujillanos” y otros intelectuales no comulgaban con
esas ideas, las respetaban profundamente, ya que eran auténticas, como todo lo era en “El
Maderal” en aquel tiempo de sagrada libertad, donde la envidia y el odio estaban desterrados del
alma humana de sus moradores, e inexistente todavía era la garra de los guardianes avaros de la
tradición acomodada y el poder percherón, aunque durmieran a la espera de su momento estelar,
que también tendrían, eso sí, poco glorioso, y además pasando por una semilla de sangre pavorosa
de horror, que rompió el estanque límpido de los sueños puros, y pudrió, para siempre, el cielo
azul de la “Justicia”.
Alguien dijo que todo lo simple es lo más grande, o dicho de otro modo: “Todo
lo que en apariencia es pequeño, resulta ser lo universal”.
Fueron unos ojos castaños de mujer, los de Magdalena, a las orillas del Tormes,
con nada más que su mirada, los que hicieron del canutero mayor salmantino un hombre perdidamente
enamorado, en definitiva, lo convirtieron en un hombre ya sin paz, tocado por una incertidumbre
dulce e hiel, y por una música celestial e infernal a la vez que no había sentido hasta entonces
tan profundamente, y que él, sin embargo, en principio, repudió; mas no pudiéndose liberar de tal
nebulosa, la aceptó y la hizo suya, más suya que él mismo, siendo tan grande su pasión, que lo
creció hasta el hombre que la sirvienta Magdalena aceptó en su lecho y en su vida.
Cuando nuestro hombrecillo la besó por primera vez la noche que ella le dijo,
con lágrimas en los ojos, que se iba definitivamente al Maderal, él, no pudiendo soportar la
ausencia de Magdalena, la siguió hasta “La Villa”, y fue a raíz de aquellos hechos, cuando…
preguntado el segundo de las canutas de “La Catedral Vieja”, en la plaza de Anaya, por el señor
obispo, sobre el paradero del número uno, el subalterno le respondió con estas palabras que luego
se expandirían por los cuatro puntos cardinales del Orbe:
-¡Ilustrísima!... con todos los respetos,
perdóneme el atrevimiento,
pero no puedo por menos
que decirle que...
“Tiran más dos tetas,
que cien parejas de bueyes”.
Según deja entrever un palimpsesto que se salvó milagrosamente del primer fuego
devastador que tuvo la iglesia, se puede aseverar que los amantes jamás tuvieron la más mínima
discusión en su convivencia, ya que “…fueron dos arroyuelos y un solo río Talanda hacia la mar,
el amante fino y la hermosa fembra maderalina…”, se dice en él literalmente.
Pero lo más relevante de esta historia, es que consiguió, nuestro hombrecillo,
a través del amor, tal armonía y perfección musicales en el arte de pasar la canutas, que su fama
llegó a oídos del mismísimo Fonseca, entonces estudiante en Salamanca, quien con su amigo, el
insigne Elio Antonio de Nebrija, se acercó a “La Villa” un veintidós de Julio, para oírlo tocar
en misa mayor. Ambos quedaron maravillados escuchando los sonidos que hacía brotar el canutero
dentro de su instrumento musical.
Como no se podía ver al músico actuando, ya que, como se ha dicho, oficiaba
desde el interior del instrumento a la luz de cirios, a donde accedía por una preciosa puerta
labrada en cerezo, los de pensamiento eclesial más espiritual, decían que no era él quien tocaba,
sino un ángel del Señor, porque esa música no pertenecía a este mundo…”No nos faltarán
ocurrencias”, había también quien comentaba.
Fuere como fuere, el caso es, que el tiempo, maestro del olvido que acaba con
todo, también acabó con la profesión de canutero, así como con una edad de “La Villa”, irrepetible,
en la que el sol parecía tener un brillo especial y el almendro y el negrillo eran árboles que se
expandían hermosa y pródigamente por doquier.
|