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relatos de la villa   de  Alfonso Toribio
   
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EL HOMBRECILLO QUE PASABA LAS CANUTAS

PRÓLOGO

   Me llamó la atención la historia que me contó un buen amigo mío en la terraza de Mariano, dando cuenta de una cerveza tras otra, a las dos de la madrugada, o más, en vísperas de las fiestas.
   Me habló de un canutero (a mí me sonaba a chino lo del canutero) que en la “Catedral de Sevilla”, dentro de una especie de casa o caja musical de madera, que luego derivaría en el órgano, templaba las canutas, metiéndolas en los agujeros de una especie de trompetas celestiales que echaban aire, haciendo brotar así melodías litúrgicas.
   Y éste es el resultado de aquella charla.........


EL HOMBRECILLO QUE PASABA LAS CANUTAS
      DEDICADO A LA MUJER MADERALINA

   Es ésta una historia para avezados estudiosos, para hombres eruditos que además de saber muchas más cosas que el resto de los mortales, son conocedores del alma humana, lo que ya, no sólo es difícil, si no tesoro exclusivo de esos pocos elegidos, aunque siempre, con todo y con eso, aplicándole la expresión… “Médico, cúrate a ti mismo”.

   De no ser porque “El Mundo” ya tiene sus leyes naturales, casi siempre crueles, que se pierden en la noche de los tiempos, y lo que él menos necesitaba era tiranos que impusieran, para someter a otros “Homo Sapiens”, otras nuevas, pero más crueles… profesiones nacidas con los albores de “El Santo Oficio”, como las de canutero, hubieran sido una bendición, si hubieran abundado.

   La profesión de pasar las canutas era pues un oficio insólito, atribuible a la liturgia de la mal llamada “Civilización cristiana”, a quien le son atribuibles tantas y tantas remodeladas ideas y ritos de “La Antigüedad”, que paradójicamente salvarían de olvido los árabes.

   En realidad, como originariamente no tenía “Cultura”, la cultura cristiana echó mano de la única que en “Occidente” ha sido, es, y será…. “La Civilización Griega”, porque, incluso la Roma más profunda y gloriosa, no fue, si no correa de transmisión del Olimpo.

   En época legendaria y remota de “La Villa”, existió uno de estos canuteros, un hombre formado en las canutas de la “Catedral Vieja de Salamanca”.

   Pequeño, ágil y menudo, como requerían los estándares de su profesión, vino al único y auténtico Maderal primigenio (El de los tiempos del “Tio Uco”) por obra y gracia del amor de una de sus mujeres, llamada Magdalena, la cual servía en una de las casas señoriles de Salamanca.

   Se hizo con este oficio en “La Villa”, por iniciativa propia y porque su imaginación desbordaba los ámbitos normales de la mentalidad común existente, y además, consiguió los dineros, ilusión y prestación personal suficientes, en “La Villa”, para la construcción de una caja musical de canutas en la tribuna del templo municipal, porque… la iglesia… después del hecho revolucionario del “Teso del Cabezo”, servía para lo que de verdad debía servir, es decir, para cultivar el espíritu de Dios y darle rienda suelta a los sueños, y de ese modo, retomar la raíz pura de lo que significaba “El Templo” en los orígenes más remotos del Cristianismo. Uco decía a menudo:

   -Todos somos un poco templo e intemperie.

   Aunque “El Terror de los Argujillanos” y otros intelectuales no comulgaban con esas ideas, las respetaban profundamente, ya que eran auténticas, como todo lo era en “El Maderal” en aquel tiempo de sagrada libertad, donde la envidia y el odio estaban desterrados del alma humana de sus moradores, e inexistente todavía era la garra de los guardianes avaros de la tradición acomodada y el poder percherón, aunque durmieran a la espera de su momento estelar, que también tendrían, eso sí, poco glorioso, y además pasando por una semilla de sangre pavorosa de horror, que rompió el estanque límpido de los sueños puros, y pudrió, para siempre, el cielo azul de la “Justicia”.

   Alguien dijo que todo lo simple es lo más grande, o dicho de otro modo: “Todo lo que en apariencia es pequeño, resulta ser lo universal”.

   Fueron unos ojos castaños de mujer, los de Magdalena, a las orillas del Tormes, con nada más que su mirada, los que hicieron del canutero mayor salmantino un hombre perdidamente enamorado, en definitiva, lo convirtieron en un hombre ya sin paz, tocado por una incertidumbre dulce e hiel, y por una música celestial e infernal a la vez que no había sentido hasta entonces tan profundamente, y que él, sin embargo, en principio, repudió; mas no pudiéndose liberar de tal nebulosa, la aceptó y la hizo suya, más suya que él mismo, siendo tan grande su pasión, que lo creció hasta el hombre que la sirvienta Magdalena aceptó en su lecho y en su vida.

   Cuando nuestro hombrecillo la besó por primera vez la noche que ella le dijo, con lágrimas en los ojos, que se iba definitivamente al Maderal, él, no pudiendo soportar la ausencia de Magdalena, la siguió hasta “La Villa”, y fue a raíz de aquellos hechos, cuando… preguntado el segundo de las canutas de “La Catedral Vieja”, en la plaza de Anaya, por el señor obispo, sobre el paradero del número uno, el subalterno le respondió con estas palabras que luego se expandirían por los cuatro puntos cardinales del Orbe:

   -¡Ilustrísima!... con todos los respetos,
                               perdóneme el atrevimiento,
                               pero no puedo por menos
                               que decirle que...
                               “Tiran más dos tetas,
                               que cien parejas de bueyes”.

   Según deja entrever un palimpsesto que se salvó milagrosamente del primer fuego devastador que tuvo la iglesia, se puede aseverar que los amantes jamás tuvieron la más mínima discusión en su convivencia, ya que “…fueron dos arroyuelos y un solo río Talanda hacia la mar, el amante fino y la hermosa fembra maderalina…”, se dice en él literalmente.

   Pero lo más relevante de esta historia, es que consiguió, nuestro hombrecillo, a través del amor, tal armonía y perfección musicales en el arte de pasar la canutas, que su fama llegó a oídos del mismísimo Fonseca, entonces estudiante en Salamanca, quien con su amigo, el insigne Elio Antonio de Nebrija, se acercó a “La Villa” un veintidós de Julio, para oírlo tocar en misa mayor. Ambos quedaron maravillados escuchando los sonidos que hacía brotar el canutero dentro de su instrumento musical.

   Como no se podía ver al músico actuando, ya que, como se ha dicho, oficiaba desde el interior del instrumento a la luz de cirios, a donde accedía por una preciosa puerta labrada en cerezo, los de pensamiento eclesial más espiritual, decían que no era él quien tocaba, sino un ángel del Señor, porque esa música no pertenecía a este mundo…”No nos faltarán ocurrencias”, había también quien comentaba.

   Fuere como fuere, el caso es, que el tiempo, maestro del olvido que acaba con todo, también acabó con la profesión de canutero, así como con una edad de “La Villa”, irrepetible, en la que el sol parecía tener un brillo especial y el almendro y el negrillo eran árboles que se expandían hermosa y pródigamente por doquier.


Alfonso Toribio, octubre del 2003.     

COMENTARIO

   Si no me equivoco, hay una expresión, en nuestra lengua, que habla de “Pasarlas canutas”, cuando alguien pasa una situación, digamos, apurada. Si esta expresión deriva de la profesión de nuestro protagonista, lo que habría ocurrido, es que, el tiempo, del que hablaba antes, habría convertido, un determinante, en objeto directo, dado que la musicalidad fonética, si hacemos salvedad de la entonación, viene a ser la misma de “Aunque oro parece plátano es”.

...Esto es todo, amigos.