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relatos de la villa   de  Alfonso Toribio
   
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   Con este relato se cierra la serie “Relatos de la Villa”, que se iniciara allá por el verano del 2003 con “El cura pollero”. Quizá comience otra serie. No lo sé. Espero no haberos aburrido, el otro yo mío, al menos, sí ha disfrutado.
   De todas formas, la escritura, como decía Aristóteles , es simplemente la imagen de las palabras, la cuales, a su vez, también decía “El Estagirita”, son reflejo de las imágenes del alma, es decir, del pensamiento. Esto último ya es más complejo, y da pie, junto a la teoría platónica, naturalista o apriorística, a un acalorado debate a lo largo de la historia, que trata de dilucidar las relaciones existentes entre lenguaje y pensamiento, y que tiene insignes representantes en “El Brocense”, Locke, Condillac o Rousseau, y llega hasta nuestros días con Jean Piaget, Bühler, Vossler, y un lingüista al que yo respeto mucho, y que se llama Noam Chomski. En fin, esto sí que es aburrido, pero si no se ha tenido como maestros a gente como ésta, creo, sinceramente, que mal se puede escribir algo decente.
                                  A rivederci!  hermanos y hermanas.
                                                         Alfonso

 
 
EL BRASERO ASESINO

        “Dedicado a mi gran amiga,
        y compañera del alma,
        con quien tanto he vivido,
        y de quien ahora tanto añoro
        su sabia voz en mi oído.”

                                          Alfonso


   El día en que nació Melquiades llovía a cántaros. Fue ya bien entrada la noche de un ocho de enero cuando su madre se puso de parto y se lo entregó al destino de la bóveda celeste. En el sobrado de su casa, dos veces centenaria y castellana, una camada de gatos juguetones no paraban de producir ruido, correteando y remeciendo aquí y allá por las sonoras tablas, que a su vez, servían de amplificadores de sus desmanes.
   La tía Teresa la comadrona, y las abuelas y el padre de Melquiades, esperaban el nacimiento sentados al rededor del chupón, al amor de la lumbre, bien fornida ésta con “rechizos” de almendro que calentaban pucheros mayores llenos de agua.
   El progenitor había subido varias veces al sobrado para intentar frenar el desmadre felino, que resonando pertinaz a través de las tablas machihembradas, se hacía molesto en la tensa espera. Cuando el padre subía a espantarlos, los gatitos se escondían entre unos enseres viejos amontonados, y entonces, sólo se oía el monótono repicoteo de la lluvia sobre las tejas. Una vez que bajaba del tablado el espantador, la camada volvía otra vez a las andadas, impertérrita, ajena a cuanto acontecía en los bajos de la casa.

   -¡No importa! No subas más veces, a lo mejor es un buen augurio la alegría de los gatitos- le dijo la comadrona… y añadió dirigiéndose a todos que iba a la habitación a dar una vuelta para ver si se decidía el nuevo cachorro a respirar el nuevo aire de la calle de la vida.

   Y en efecto, cuando entró la comadrona en la habitación, se encontró a la madre que pedía auxilio casi sin voz, extenuada y apretando sin fuerzas. Asustada, la comadrona llamó a las otras mujeres desesperadamente, quienes acudieron a la carrera como rayos. Pero fue el padre quien llegó el primero, y quien, notando el ambiente cargado de tufo, abrió las ventanas del recinto de par en par, mientras su madre, por mandato suyo, tirando de mantas y sábanas con energía, dejó a la parturienta y a la cabecita del bebé a culo pajarero. Un soplo de aire fresco comenzó a inundar la habitación. Inmediatamente, el padre, cogió el brasero y lo arrojó por la ventana, quedándose meditando y mirando ensimismado, un instante, cómo el agua convertía su contenido, de forma fulgurante, en pegotes de ceniza y brasas apagadas. Dudaba, pero se decidió y se fue como una bala a la cabecera de la cama donde su mujer ya recuperaba bríos. Allí le acariciaba la cara y le besaba la frente en un estado nervioso y febril de preocupación.

   -Anda, sal de aquí, que no haces otra cosa que estorbar- le ordenó su suegra.

   El cumplió la orden sin rechistar y regresó a la cocina donde las mujeres traían un ajetreo continuo yendo a buscar barreños de agua caliente, recipientes en los que él le vaciaba los pucheros de agua hirviendo de la lumbre, a la que la asistenta de turno rebajaba la temperatura desde otros recipientes de agua fría.

   -¿Qué tal va...? ¿Qué tal va la cosa...?- preguntaba él repetidamente.

   -Bien, bien... todo va bien. No te preocupes- respondían ellas.

   Los gatitos seguían ruidosos en el sobrado, sin embargo, ya nadie percibía su jolgorio. De pronto, el primer llanto soltado en este mundo por el bebé… inundó toda la casa y la calle donde había sido arrojado el contenido del brasero. El concierto de su llanto era más hermoso que una composición de Mozart. En ese momento todos respiraron tranquilos, y hasta la camada de gatos detuvo un instante sus juegos, como sorprendida por ese vibrante y extraño canto de vida.

   -¡Es un varón!- gritó la comadrona.

   Lavado y perfumado el neonato, y retirados los restos del parto, se puso muda limpia en la cama y se le introdujeron en ella dos bolsas de agua caliente a la madre. Alguien ya había cerrado las ventanas.
   Se vistió al bebé con la ropita que se le había confeccionado con tiempo y fue entregado a su mamá, quien le acariciaba las manitas y le daba dulces y pausados besitos en la frente. “Casi no lo contamos, mi vida”, le decía una y otra vez la madre a su retoño, que se quedó dormido en un “pispás”.

   Un fuerte olor a tomillo salsero, mezclado con aroma de chocolate hirviendo, inundaba la casa. El padre había desparramado por todos los rincones del hogar un saco de esa clase de tomillo, el cual tenía preparado para celebrar el feliz acontecimiento que casi se torna tragedia. Cuando nacieron su otro hijo y su otra hija, había hecho lo mismo. Para él esa planta aromática era el símbolo del amor que sentía hacia Liliana, su mujer, pues el día que se le declaró había estado aricando todo el día con su pareja de vacas moruchas. De regreso al pueblo había cortado un ramillete de esa planta, el cual le regalaría a su entonces novia después de que ella le dijera que también lo quería y haber sellado con un beso su amor.

   -¡Qué bien huele!- dijo ella.

   -Hueles tu mejor, Liliana- le respondió él separándole el ramillete de la nariz con su nariz. Y se volvieron a besar.

   Los participantes en el evento de la vida se encontraban a punto de tomar el chocolate cuando ya las primeras luces del alba despuntaban e iban dejando percibir, poco a poco, las formas de las cosas. La abuela paterna fue donde su nuera y abrió las contraventanas de la habitación con alegría y una cierta agitación briosa. La madre y su hijo se despertaron, él en su cuna, ella en su cama. El empezó a llorar. La abuela tomó al bebé de su nido y se lo dio a su madre que ya estaba incorporada. Como a las recién paridas no les baja la leche hasta que no hayan transcurrido veinticuatro horas del parto, la madre, engañando al neonato, le ofreció a su diminuta boquita una especie de bolsita de trapo con azúcar. Melquiades se calló y comenzó a chupar. Esa fue la primera mentira que le metieron. Luego, la abuela, volvió a tomar al recién nacido y lo colocó de nuevo en la cuna, le trajo un tazón de chocolate con bizcochos a su nuera, y se unió al grupo de la cocina.

   -Si tardas en ir un poco más, es posible que en esta casa ahora estuviéramos llorando en vez de riendo.

   -No lo dudes, Alfonso, tu mujer estaba ya en las últimas. Si tardo un poco más en llegar, quizá sólo hubiera podido salvar al crío, pero ni siquiera de eso estoy segura. Pero bueno, ya que todo ha salido bien, démosle gracias a Dios.

   -Y a Nuestra Señora la Santísima Virgen...- añadió la abuela paterna de Melquiades incorporándose al grupo mientras tomaba en sus manos un tazón de chocolate.

   -...Y a todos los santos, los habidos, y los por haber- remató el padre brindando con su tazón de chocolate humeante.

   -No nos fiemos tanto del más allá, sino de ti, Teresa, y de Alfonso, quien se dio cuenta rápidamente de la situación- sentenció la abuela materna.

   -¡Pero bueno! ¿Qué te ha hecho a ti Nuestro Señor para que no lo pongas en el lugar que debe estar?- le preguntó la consuegra paterna a la materna.

   -Pues mira maja, creo que fue El, junto a esos cabrones de militares que empezaron aquella monstruosa guerra desde África, el que me quedó sin mis dos hermanos, sin Melquiades y sin Justo. Como sabes, a uno lo acribillaron en una cuneta y está enterrado en una fosa común, y el otro, si vive, lo más seguro es que esté en el extranjero, porque si no hubiera corrido la misma suerte. Y si desconfío es porque esta mierda que nos gobierna ahora sólo sabe que llenarse la boca con que si Dios “paquí” con que si Dios “pallá”.
   El caso es que yo me quedé sin hermanos, y todavía peor, me quedé sin madre, que se me murió del disgusto ¡la pobrecita! cuando le asesinaron a su Melquiades del alma. Así que mira a ver lo que le tengo yo que agradecerle a ese tal Dios.

   -Pero eso no sólo pasó en tu familia, le pasó a muchas familias.

   -Ya, ya... “Mal de muchos, consuelo de tontos”. Yo no digo que no sienta la desgracia de los demás, pero a mí me tocó la china, y a mí me duele lo mío. Además, ni Melquiades ni Justo le hicieron daño nunca a nadie, sólo creían en una sociedad más justa. Y mira tú por cuanto, ni tú ni nadie puede decir que se vive mejor ahora, en 1958, que antes de la guerra, ¡nada menos que dieciocho años después!
   Entonces, antes de la guerra, aunque pasábamos necesidades, teníamos más alegría, y sobre todo, mucha más ración en el puchero siempre. Entonces, los cocidos eran como Dios manda y no había que repartir un huevo frito pa´dos. Pero dejemos este tema, y, “Dios en la casa de todos, y cada uno en la suya”. Si bien ni siquiera eso pasa, porque la que de verdad campa a sus anchas en nuestras casas no es otra que la puta miseria… y los “putos” falangistas y requetés de mierda, que nos tienen racionados, y más controlados que un gitano a una gallina.

   -¿De quién fue la ocurrencia de ponerle un brasero a Liliana?- demandó la Tía Teresa.

   -No lo sé- respondió el padre.

    -Creo recordar que fue tu primo Ambrosio el que entró en casa, ya de noche, con el brasero, y dijo, “Tía, se lo voy a poner en la habitación de Liliana para que esté calentita- aclaró la abuela paterna-. Yo estaba atareada y no le di mayor importancia. “¡Adiós, tía!”, me dijo al momento. Fue como visto y no visto. Se me pasó el detalle, y aunque luego entré varias veces en la habitación, ni noté nada raro ni vi el dichoso brasero, que por cierto, estaba como escondido. Si lo hubiera visto, a lo mejor lo habría escarbado y me hubiera dado cuenta del tufo que estaba echando. Pero… ¿qué queréis que os diga?... se me pasó la cosa.

   Ambrosio conocía la casa de su primo Alfonso como la palma de su mano. De manera que todo lo hizo rápido. Liliana, ni se enteró que alguien había entrado en la habitación. Tres horas después sintió las primeras contracciones del parto, que cejaron y no volvieron hasta las dos de la madrugada, aunque estas otras contracciones también fueron una falsa alarma. Hacía ya muchas horas que todo el equipo de parturientas estaba preparado para la asistencia al parto. Cuando a las seis de la mañana éste se volvió inevitable, Liliana ya se encontraba muy débil: el tufo que soltaba el brasero le había comido las fuerzas. Doce horas llevaba en la habitación el brasero de cuerpo presente vivito y coleando y envenenando el aire, sin que nadie se hubiera percatado de que allí estaban conviviendo juntas, la vida, y la muerte.

   Sin embargo, alguien, desvelado en su cama, no podía dormir pensando en su fechoría. Ambrosio no hacía más que dar vueltas en su cama matrimonial “¡Te quieres estar quieto! ¡No me dejas dormir!”, se le había quejado en más de una ocasión su mujer. Aunque estaba inquieto, también estaba dispuesto a llorar con lágrimas sentidas, pero de cocodrilo, el posible trágico desenlace que él anhelaba. Nadie iba a echarle la culpa por su fatal buena intención. A las cuatro de la madrugada se había tirado de la cama:

   -¿Pero dónde vas ahora? zarambeque- le recriminó su mujer.

   -Voy a ver las goteras de la cuadra, porque con tanta agua nos vamos a inundar. Está lloviendo más que el día que enterraron a Zafra, a quien metieron en un ataúd de plomo, y éste flotaba.

   -¡No nos faltarán tonterías! No me estás dejando pegar ojo en toda la santa noche- le recriminó ella dándose la vuelta en la cama.

   En realidad, donde iba Ambrosio, era a tirar el resto del cisco asesino que escondía debajo de un pesebre en un saco de esparto, para así, eliminar pruebas. En el agua del turbio y crecido arroyo que pasaba a quince metros de la trasera de su casa arrojó el contenido del saco y regresó a la cama. Su mujer se incorporó y lo observó:

   -¿Pero dónde has “estao”? ¡Si vienes “empapao!”

   -Nada. Que he tenido que vaciar el agua de algunos cacharros que estaban llenos por las goteras, en la puta calle.

   -Pero pa´eso no te hacía falta pisar la calle. Desde la “portá” de la trasera podías haber “vaciao” los cacharros.

   -¡Ya! Eso si no se me hubiera quedado en la mano con el asa de una herrada vieja que salió despedida a la mitad de la calle. La estuve buscando a tientas y me calé.

   -¿Y pa´ qué quieres el farol entonces?

   -No, si salí con el farol, pero me lo apagó el agua y tuve que buscar la herrada a tientas un rato. Ya sabes que no cierra bien.

   -Será contigo, porque a mí nunca se me ha abierto el cierre.

   Este diálogo acontecía mientras Ambrosio se desnudaba y se volvía a meter en la cama, donde ahora intentaba sin éxito encandilar a su mujer.

   -Déjame en paz, que no son horas- le dijo ella-. Me parece a mí que estás tú un poco rarillo esta noche- añadió apagando la mortecina luz eléctrica con la pera.

   El no insistió y siguió insomne dando vueltas en la cama. Ambos no pegaron ojo en toda la noche.
   Por la mañana, Ambrosio cogió unas rejas y se encaminó a la fragua para aguzarlas. Pasó enfrente de la casa de su primo y todavía vio, en los barros, algunos restos del brasero que el agua de lluvia no había hecho desaparecer del todo de la calle.
   Había salido un sol enfermizo después de muchos días, y las nubes corrían disparatadas por el cielo movidas por unos vientos de cola que presagiaban más agua y lo ocultaban de vez en cuando. En efecto, a la media hora, un cielo plomizo dejaba caer más agua.
   Ambrosio no se atrevió a entrar en casa de su tía, pero presintió que su venganza no se había consumado, de lo contrario ya habrían tocado las campanas a muerto. Y continuó camino de la fragua con las rejas al hombro, las cuales apoyaban su peso sobre el saco de esparto que había vaciado la noche pasada. “¡Puta! esta vez te has librado, pero la próxima…ya veremos,” iba pensando un Ambrosio contrariado. Todo había sido premeditado y calculado al detalle. En “La Esquina”, lugar de reunión donde los hombres del pueblo se contaban mentiras y verdades, Alfonso había dicho que la mujer se le iba a poner de parto en cualquier momento, que se iba a echarle de comer al “ganao” y a esperar acontecimientos. Ambrosio sabía que su primo Alfonso era de los que nunca mentían. Ese fue el momento en el que también él se fue de “La Esquina”, pero a encender y a llevar el brasero asesino para que consumara su inconada venganza.

   La historia venía de años atrás, cuando en un baile popular, Ambrosio, que andaba perdidamente enamorado en secreto de Liliana, se juró a sí mismo odio eterno hacia la mujer que lo había rechazado. Corría el año 1947.
   Le había pedido baile a la moza, y ésta, como era norma entonces, accedió. El intentó declararse como Dios manda, pero sólo le salió un “batiborrillo” de palabras inconexas que le hicieron sentir la mayor vergüenza de su vida. “Otro con la misma canción”, pensaba Liliana, y terminado ese baile, se fue a reunir con sus amigas. Entonces ni a ella ni a Alfonso se le había pasado por la cabeza que fueran a ser novios, y menos aún, que fueran a casarse. Ella le contó a las amigas lo ocurrido como una anécdota más, sin mala intención. Se lo contó como algo gracioso y habitual que se dice entre confidentes de una edad divina, los dieciocho años. Estas se reían lo mismo que canastos, como se hubieran reído de cualquier cosa. El pobre Ambrosio, que no le había quitado ojo a Liliana desde que dejaran de bailar, se sintió tan vejado y humillado, pensando cómo se estaban burlando de él, que prometió vengarse de Liliana fuera como fuera. Concibió la idea del brasero mortífero el mismo día que su primo Alfonso y Liliana se casaron y comenzaron a vivir en la casa de su tía carnal, hermana de su padre.

   En el nacimiento de los dos primeros hijos de la pareja no vio su oportunidad, pues uno nació en abril y la otra en junio, y no era pertinente colocar un brasero, sin despertar sospechas, en épocas en las que ya comienza a hacer bastante calor.

   Ambrosio iba por casa de su tía y hablaba, si coincidía, como si tal cosa con Liliana, siempre muy simpático y agradable, pero masticando dentro el rencor que sentía hacia ella.

   La elaboración del cisco de jara de monte había sido concebida para cumplir un objetivo concreto, y tenía el toque justo de cocción, es decir, el punto exacto para que no soltara humo, pero sí ese veneno invisible que comúnmente se conoce como “tufo”. Ambrosio había conseguido una obra de arte asesina en el trozo de monte tupido donde hiciera la cisquera de la venganza. Y es que, el que tiene una mente retorcida, si se esmera un poco, puede llagar a conseguir la perfección en el mal. Ambrosio había conseguido esa perfección maligna, si bien pasaba inadvertida en la gente que lo trataba. El intentó llevar a cabo aquel proverbio que dice así: “La venganza es un plato que se sirve frío”.

   Transcurrido un año de su fallido intento con el brasero, el mismo Ambrosio probó en sus propias carnes lo que se siente cuando uno pierde lo que más quiere, pues el mayor de sus dos hijos, con ocho añitos, se le ahogó en una presa de agua que se usaba para regar las huertas de un lugar llamado “La Vega”. Su retoño se tiró de cabeza en el agua remansada de aquella presa creyendo que tenía más profundidad y se quedó espetado hasta la cintura en el cieno, con los pies “aleteantes” mirando al cielo azul de aquella tarde de agosto, sin que los otros niños pudieran hacer nada por salvarle la vida. Cuando llegaron los primeros hombres que trillaban en las eras cercanas, sólo pudieron desenterrar el desgraciado cuerpecito sin vida y lavarle el lodo pegajosísimo que lo untaba. El crío ahogado nadaba como un pez, pero los otros dos infantes que lo acompañaban no sabían dar una palmada sin hundirse. Uno de aquellos niños, ante la impotencia de no poder hacer nada, cogió entonces una enfermedad neuronal que lo acompañaría toda su vida, y que a la postre, le causaría a él mismo la muerte.

   Ambrosio moriría, de una extraña enfermedad, tres años después que su hijo ahogado. Fue en su lecho de muerte, donde, con todo tipo de detalles, le relató a su mujer las verdaderas intenciones del brasero y sus antecedentes. Aquella mujer, que lo escuchaba atónita, había sido una de las amigas que se encontraba en el grupo de jovencitas que se reían dicharacheras mientras Liliana relataba la historia de la declaración de uno más de sus pretendientes. Le vino a la memoria a mi madre aquella noche torrencial en la que su marido, ahora moribundo, no le dejó pegar ojo.
   Descubrir que se había casado con un asesino, gracias a Dios, asesino frustrado, la comía por dentro, hasta que a mí, con quince años, quizá porque mi desgraciada madre no podía llevar ella sola el peso del martirio que le suponía guardar un secreto tan duro, me contó todo otra noche que llovía a cántaros, los dos sentados, ya hace muchos años, al calor menguante de una triste lumbre. Ella ya ha muerto, ¡mi querida madre!¡quizá haya encontrado la paz que se le negó en vida!
   Ahora, nadie más que yo conoce esta historia, si alguna vez se llegara a saber, también se sabrá por qué un hijo puede llegar a hablar mal de un padre, al que, por otra parte, recuerdo borroso en mi mente de cuatro años.

   Antes de morir el cruel hombre que me diera la vida, muchas veces le había oído contar mi madre la crónica del dichoso brasero a la propia Liliana y a su tía política. Todo eran risas, bromas y alegrías por el feliz desenlace. Nunca, ni por lo más remoto, se podía imaginar nadie la verdadera intención de aquel brasero que casi estuvo a punto de conseguir su objetivo. Otras tantas veces, muerto ya mi padre, le volvería mi madre a oír relatar la misma machacante historia del brasero a sus protagonistas. Ahora, en vez de reír, mi desgraciada madre se ponía en el lugar de Liliana, casi asfixiada y apretando sin fuerzas, intentando arrojar fuera a aquel bebé que asomaba la cabecita entre sus piernas… Ya nunca se reía. “Pero ríete, mujer”, le decía Liliana, “Si yo te contara lo que llevo por dentro, Liliana, tu tampoco tendrías ganas de reír”. Entonces todos pensaban, y en parte tenían mucha razón, que mi madre no se reía porque la trágica pérdida de su hijo mayor y la de su marido, la habían vuelto una mujer triste ¡con lo alegre que ella era!
   Si le contaban esa misma historia tantas veces, era porque mi madre, en sus tiempos felices, se había reído mucho con ella. Pero eso siempre ocurría antes de la cruel muerte de mi hermano… “Mira tú”, le decía a mi padre, “otra vez que me han vuelto a contar la historia del tufo en casa de tu tía, cuando tú, con toda tu buena voluntad y para que tu prima Liliana estuviera calentita, le llevaste aquel braserito que a resultas casi la mata. No hemos parado de reírnos como cuando éramos jóvenes”. El permanecía callado, como una tumba, y habría sido mejor que se hubiera llevado el brasero con él al otro mundo.

   Yo crecí jugando con Melquiades, a quien le saco un año, y luego, aunque fuimos uña y carne en la adolescencia y en la juventud, nunca le conté nada, pero en una ocasión, ya casados los dos y con hijos e hijas muy creciditos, no pude evitar el describirle, con pelos y señales, la verdadera historia de aquel brasero macabro, cosa que quizá hice, como hiciera mi madre, por el agobio que me suponía llevar dentro yo solo un secreto tan pesado.
   Sin embargo, quiero aclararos que cuando leáis esto, debéis saber que, en realidad, es otro quien os cuenta esta crónica, aunque parezca que soy yo quien lo hace. El es el único protagonista de aquella madrugada de parto que queda con vida, él es aquel cuyo primer llanto, por unos instantes, detuvo el ajetreo felino.
   Tanto a Melquiades como a mí, que estudiamos en Salamanca Filología Hispánica, nos ha gustado siempre escribir relatos. Ambos los publicábamos en una revista literaria ya desaparecida, él los enviaba desde Madrid, y yo desde Barcelona.

   Así pues, este relato, como ya os he aclarado, lo ha escrito el propio Melquiades con la habilidad envidiable que posee para contar historias. ¡Ya quisiera yo escribir como él lo hace! Supongo que si me ha puesto a mí como narrador, habrá sido por una razón de estilo, o vete tú a saber por qué, pues yo, de este increíble cuento, en realidad sólo he escrito el párrafo que estáis leyendo, y las pocas líneas que siguen y lo concluyen al darme licencia para ello el propio Melquiades:

   En las navidades del 2010, El Día de Nochevieja a las seis de la madrugada, después de algunos años sin ver a Melquiades, no pude aguantarme, y le conté el secreto de familia...

   -Entonces ahora resulta que Melquiades y nuestros hijos están en este mundo de chiripa- concluyó la mujer de mi primo mientras levantaba su copa de cava para un brindis.

   Pero Melquiades se le adelantó:

   -¡Por la mejor calefacción de todos los tiempos!- propuso Melquiades que brindáramos mientras miraba pícaramente para un trasero femenino, de buen ver por cierto, que pasaba por delante de nuestra mesa.

   Y eso hicimos, brindar por ese trasero que acababa de pasar y que a todos, no sabemos si a Melquiades también, nos resultaba muy familiar. Luego, su mujer volvió a tomar la palabra:

   -Melquiii… que te he visto ¡Cómo estarás de piripi, que no te has dado cuenta que era el trasero de tu hija de veinte años el que acaba de pasar!

   Si Melquiades sabía, o no, si aquel trasero pertenecía, o no, a su hija, no lo sabremos nunca, pues nos dijo que, de todas formas, ése era un buen brindis, y un buen secreto que prometía llevarse con él a la tumba.

                                                              Melquiades López Aragón, 25-01-2011.

   El editor me ha permitido, gentilmente, adjuntar este pequeño añadido que deberá figurar al final de la ya famosa historia del brasero:
   Yo soy la portadora de aquel trasero, el cual ahora está más fofo que entonces debido a la edad, pero que todavía anda alegre como siempre. Parece ser que los narradores de la historia del brasero, aparecen y desaparecen por arte de magia. ¡Vaya lío!
   Mi querido y añorado hermano Paco murió en un accidente de tráfico hace unos años. Yo habría querido que hubiera compartido el hallazgo conmigo, pues él también adoraba a su padre.
   Mi tío Francisco, uno de los narradores, hijo de ése tal Ambrosio, quien aunque en el relato se llame así, en realidad se llamaba Timoteo, se ha llevado una alegría enorme cuando le enseñé el libro. Tanto me ha besado en la frente y me ha abrazado, que pensé que me iba a desgastar, pero sus besos y sus abrazos son para mí como caramelos y como si me los diera mi propio padre. Mi tío Francisco y mi padre eran, uno solo.
   Limpiándole el polvo una tarde que nevaba, en las navidades del 2036, a la increíble biblioteca que mi padre poseía en nuestra casa del pueblo, encontré este relato en un libro preciosamente encuadernado, pero nunca publicado, que contenía otros siete relatos más. Si vais a poder disfrutar de su lectura, es porque el editor digital historiasdesiempre@Temail.direc va a tener la amabilidad de publicarlos en su editorial virtual próximamente. “Lo bueno, puede dormir, pero nunca morir”, me ha dicho el editor después de leer los relatos.
   En el libro, al final del cuento titulado “El brasero asesino”, se puede leer, escrito con el puño, la pluma y la letra de mi padre, que él sí sabía a quien pertenecía aquel “precioso trasero”, como él me lo llamaba:

   -Mi precioso traserito, ven aquí, que tengo un regalo para ti- me decía de niña muchas veces.

   Mi padre era un mentiroso genial, como todos los grandes contadores de historias. Yo algunas veces pienso que, a lo mejor, ni siquiera existió aquel maldito brasero ni la mente retorcida que lo creó. Os dejo a vuestro libre albedrío, que penséis lo que queráis, pues hoy día, un brasero, es una “rara avis”. Sin embargo, las mentes malignas como la de mi tío Timoteo, al que no conocí, siguen por ahí sueltas haciendo de las suyas ¡que no nos toque su aire contaminado!

Autorización de publicación:

   Firma la presente autorización para que se publiquen “El brasero asesino” y demás relatos, Adela López Sanabria, orgullosa hija, y heredera de Melquiades López Aragón, quien, como hiciera José Arcadio Buendía con sus dos hijos, de alguna manera, también le ha regalado él a nuestras mentes el fabuloso mundo del hielo y de los sueños.

                                                                                                           Adela López Sanabria

Alfonso Toribio  
Colección "Relatos de La Villa"