Hacía poco que “La Rubia” había entrado en funcionamiento con viajes a Zamora
los lunes, miércoles y sábados, siempre que no fueran festivos, hecho que ocurría a menudo por
decreto eclesial de Don Alfrezo. Teo, propietario de “La Rubia”, tenía la obligación de presentar
la lista de viajeros al cura, quien escrutaba si había una mayoría de almas con posibilidades de
pecar en ciertas zonas de la urbe de Doña Urraca; si el veredicto era de culpabilidad, esa misma
noche las campanas repicaban a vísperas, decretando al día siguiente la veneración del beato o
beatos, que correspondiera o correspondiesen en el santoral; y es que Don Alfrezo, amigos
lectores de “La Villa”, todo lo hacía muy complicado, puesto que sus gentes alucinaban o se
quedaban perplejas ante la veneración de santos como San Celedonio de Trusa, San Cipriano de
Agrimento, Santa Tirsa o San Tolomeo. De todas formas, esos días, que ni eran domingos, ni
fiestas de guardar, el saber popular los vino a llamar “Perdifestivos”, dado que “La Villa”
continuaba con el trajín de sus tareas cotidianas y que lo único que se prohibía era salir de
los límites del término en grupos superiores a tres personas. Y amén.
-Ese tío me va a arruinar más de lo que ya estoy- se quejaba Teo.
-Si él se queja- dicen que rumoreaba el cura- yo también manifiesto mi disconformidad con los
parroquianos; que no son capaces de subsanar la falta de un Sagrado Corazón de Jesús en la
iglesia.
“La Rubia” era una tartana de nueve plazas con baca, cuya carrocería, hecha en
madera barnizada, fue todo un símbolo de progreso en sus tiempos, progreso que Don Alfrezo, como
mandaba la tradición que él representaba, trataba de mitigar en lo que fuera posible, porque si
no se le enciende una vela al diablo, éste es más difícil que nos tiente; además, yo sólo hago
lo que el de “La Silla” hizo con buen criterio, puesto que si cerramos “Los Pirineos”, las ideas
de los herejes penetrarán más dificultosamente.
-El progreso se puede ralentizar, pero no detener- salía refunfuñando Teo (una vez que le
entregaba la lista de viajeros al inquisidor) acordándose de aquel que en público renegó de la
verdad para salvarse así de la hoguera, y que en privado decía...
“Eppure, si muove”. Teo decidió, valientemente, plantear el problema al obispo, sin embargo, o
bien sus quejas escritas eran archivadas, o bien el obispo siempre estaba indispuesto para
recibirlo en persona. Lo que ocurría era que el secretario del prelado superior se había
ordenado sacerdote en la misma promoción que Don Alfrezo y ambos se conocían muy bien de su
época de seminario: “hoy por ti. Mañana por mí”.
Una muy gélida tarde de febrero, cuando “La Rubia” borbotaba, como un puchero
a la lumbre, dispuesta para regresar de Zamora con sus nueve plazas completas, Teo se percató de
los golpes que alguien le daba en el cristal empañado de su asiento de conductor. Haciendo con
la mano un pequeño círculo en el vidrio, observó, y reconoció de inmediato, la cara risueña y
siempre amable de “Lonjinos”, uno de los personajes más emblemáticos y queridos de “La Villa”.
Para casi todos, porque casi todos vivían en extrema necesidad, era una especie de bandolero
bueno que estaba por encima del bien y del mal, al mitigar las hambres, en muchas ocasiones, de
los maderalinos, cuando la sinfonía horrorosa de ruido de tripas acosaba con sus fauces de aire
a secas y sin contenido vitamínico. ¿Cómo lo hiciera? Eso la gente no se lo preguntaba. El caso
es que la carne de las numerosas reses sacrificadas les llegaba a sus mesas a un precio más que
asequible, cuando no nulo.
-¡Es Lonjinos!- le comunicó Teo a sus viajeros.
Y no fue más que decirlo, y quedarse vacía la tartana. Todos y todas querían saludarlo. Una vez
que terminaron los efluvios del inesperado encuentro, Lonjinos presentó a su acompañante:
-Os presento al comandante Vargas, de Emérita Augusta, es decir, de Mérida.
Saludado Vargas como uno más de la familia, al ser amigo de Lonjinos, Teo
empezó a preocuparse:
-¿Cómo pensáis ir a La Villa? Como ves tengo el viaje al completo, y con este frío sería inhumano viajar en la baca.
Aunque enseguida surgieron voluntarios de baca, Lonjinos zanjó el tema:
- Nada, nada. No os preocupéis. Esta noche Vargas y yo cenamos y dormimos en casa del
gobernador. Y mañana, que nos acerque al pueblo su chófer.
Cómo se hiciera amigo del gobernador era todo un misterio. Pululaban
historias para todos los gustos. La más extendida era aquella que sostenía que en una noche
de juerga desbocada, con las calles sólo habitadas por ese frío sideral y cortante que sube
del Tormes, el hoy mandatario, y entonces estudiante en Helmántica, se vio envuelto en la
reyerta de una de las tabernas de “Peña Celestina”, y que Lonjinos, con la chaqueta enrollada
en el brazo izquierdo e interponiéndolo en el instante preciso en que una navaja se aproximaba
a la gorga del gobernador, evitó que se la rebanaran, salvándole, con ese acto reflejo, la vida.
-No sé quién eres, pero a partir de ahora, tú, conmigo, lo que quieras- dicen que le dijo el
estudiante a Lonjinos, mientras lo abrazaba, una vez que se calmaron los ánimos guerreros, como
si lo conociera de toda la vida.
Esta es la versión convincente, dado que en ninguna de las otras versiones
Don Luis Caparra Seisdedos tuvo la vida tan al filo de perderla; es más, en las otras versiones
no estuvo en juego aquella ni por asomo.
Lonjinos sólo tenía que hacer tilín en el oído del gobernador Caparra, para que todo el servicio,
se pusiera a su servicio. Durante la cena le expuso dos cuestiones a su amigo dignatario, que
fueron aceptadas de inmediato: La primera era que si me puedes dejar el chófer mañana. Hecho. La
segunda consistía en que tengo que pasar por el centro de Zamora con un rebaño de ovejas no
terminada la primavera ni comenzado el verano; para lo que se ordenará que se pare el tráfico de
esta noble ciudad de Viriato en las calles que necesites trashumancia, amigo mío, orden que
firmaré a su debido tiempo; hecho pues.
“Pues nada. ¡Luis, Vargas; en pie! Que voy a echar un brindis. Ahí va: ¡Que
todas las noches sean noches de boda y todas las lunas sean lunas de miel!”. “Si de mí
dependiera, te diría que hecho, pero mucho me temo que eso sea cosa del Supremo Hacedor”. “No te
preocupes, Luis, que yo intentaré hacer algo, al menos en “La Villa”; y con un pariente directo
de ese Supremo Hacedor que dices tú”. Y entre estas vainas y otras parecidas, se fueron a acostar.
La mañana se presentó con una helada típica castellana, o dicho de otro modo,
con escarcha por doquier y un frío que pelaba entre niebla. Ladimiro, el chófer, ya esperaba con
el vehículo en marcha.
-Sube, sube, Vargas, que aquí en la calle nos podemos convertir en estatuas de hielo.
-A exagerao no te gana nadie, Lonjinos- le respondió Vargas frotándose las manos.
-Por cierto, Ladimiro, ¿Sabes por dónde quedan “Imágenes Ramírez?
-¿Y quién no conoce “Imágenes Sagradas Ramírez” en Zamora?
- Mira hombre… Yo mismo; que sé que existen, pero no dónde. Esa casa de imágenes es para mí
como Dios, que está en todas partes, sin embargo no sé cómo dar con El. Allí es donde quiero que
me acerques, a imágenes Ramírez, claro está… Porque al otro sitio veo más difícil llegarse. ¿O
no estás de acuerdo conmigo?
-Sí, sí, claro, Señor Lonjinos ¡Faltaría más!
-¡Pues venga! ¡Vamos allá, que el tiempo vuela!
De camino Lonjinos comenzó a preparar el terreno. Sacó un puro enorme de la
faltriquera y se lo dio a Vargas. Encargó a éste que lo tuviera encendido cuando estuviera el
coche enfrente de la puerta de “Imágenes Sagradas Ramírez”, y que tirara de él de vez en cuando,
para que se distinguiera una silueta humeante a través de los cristales ahumados posteriores.“Tú,
Ladimiro, dejas el coche a cien metros de la tienda mientras yo voy metiendo en rodera al dueño.
Cinco minutos después pones el coche delante de la entrada, entras en la tienda y me dices
exactamente que su excelencia tiene asuntos importantes e inmediatos que lo reclaman, que me dé
yo prisa y deje en sus manos la cuestión monetaria.”
Suenan unos golpes en la aldaba de “Imágenes Sagradas Ramírez”. Los ha dado
Lonjinos, quien se introduce en la tienda:
-Buenos días, ¿Hay alguien en este sacro lugar?
De entre una imagen de San Agustín, y otra de Santa Teresa, asomó la estatua
andante de época helenística, de un empleado que sostenía la arquitectura humana de un cuerpo
extremo en delgadez. Estaba vestido con un traje negro y camisa blanca con corbata azul
turquesa. Por la parte superior de la camisa asomaba un tronco-cuello que andaba muy holgado en
esos lares, al que seguía un rostro ennegrecido, rugoso y casi descarnado, que contenía a su vez
una nariz aguileña y unos ojitos azules tan hundidos en las cuencas, que parecía que miraban a
través de túneles.
-Buenos días, caballero, ¿Dígame en qué puedo ayudarle?
-¿Tienen aquí sagrados corazones de Jesús?
-Sí señor. Tenemos diferentes modelos. Acompáñeme por favor.
Es ahora cuando Ladimiro ha aparcado el coche enfrente de la tienda y empieza a penetrarla:
-Bien, ya está ahí Su Excelencia.- observa Lonjinos, volviendo la cabeza para la puerta.
-¿Su Excelencia?
Ladimiro, que ya se aproximaba a ellos con su gorra de casco debajo del sobaco, y el dueño del
negocio, que había escuchado la conversación escondido entre los San Roques, ambos dos, se
unieron al grupo.
-¡Buenos días!
-¡Buenos días!
-¡Buenos días!
-¡Buenos días!
- Don Lonjinos, Su Excelencia el Señor Gobernador- espetó enseguida Ladimiro- tiene asuntos
importantes e inmediatos que lo reclaman. Me comunica que le diga que se dé prisa en formalizar
el pedido. Y sobre todo, deje la cuestión monetaria en sus manos. Lo espera cuanto antes en el
coche.
El dueño, con una rápida ojeada de rapaz interesada, observó la silueta que
humeaba dentro del vehículo, y creyó, a pies juntillas, que se trataba del gobernador, ya que
ese era su coche y dentro de la tienda se encontraba su chófer particular, al cual conocía media
Zamora, y él, para su desgracia, también conocía; enseguida se puso en movimiento, y eso que
era un negociante que desconfiaba de la verdad, como Venancio, el burro de Bonifacio; pero ése
es otro cantar.
Lonjinos, una vez que se vio rodeado de sagrados corazones, y percibió
controlada la situación, apuntó para uno al azar, y dijo:
-Me empaqueten ése, para llevarlo en la baca del coche de Su Excelencia.
-Ya
has oído al señor. Trae inmediatamente para empaquetar.- le ordenó el dueño a su asalariado.
En cinco minutos “El Sagrado Corazón de Jesús” se encontraba atado, y bien
atado, en la baca. Lonjinos le soltó una propina rápida al empleado y se introdujo
inmediatamente en el coche. Ladimiro arrancó y partió como una centella ante los ojos suspensos
y la mano de despedida tenue del dueño de la tienda, el cual era la primera vez en su larga vida
de comerciante que hacía una venta sin percibir ni una perra chica siquiera. “Todo ha ocurrido
muy deprisa”, se quedó como un abobado pensando.
Cuando el coche del gobernador cogía la curva de “La Pedrera”, la campana mayor
hacía sonar la de entrar a misa de domingo. Nadie por la calle. Tiempos serios, además de frío y
miseria. El matiz creativo, yo diría que tiraba a nulo, aunque fuera aquella la mañana del
célebre dicho de “La Tonta Narros”. Longinos sabía que esta buena mujer no iba a misa ni atada.
Había quedado viuda muy joven a consecuencia de “La Guerra Civil”, y toda la culpa se la echaba
a los curas, “¡Mal rayo los parta!”, decía a menudo. A partir de entonces se dio al abandono y
jamás volvió a usar bragas, ni a conocer varón. Sólo su gato conocía sus intimidades. Imaginaros
un gato echado plácido al calor de la lumbre. Narros se aproxima a atizar el puchero y lo
acaricia, éste se pone en píe, se estira y pone el rabo más tieso que un cirio pascual, es ahora
cuando ella se lo coloca debajo de sus faldas y se da unas pasaditas de lomo, y sobre todo de
rabo inhiesto, por sus partes pudorosas. Lonjinos había sido amigo íntimo de su marido. Llamó a
la puerta y ella salió a abrirle. Se abrazó a él y casi se lo comía a besos (amistosos, se
entiende), porque él era el único con el que podía reavivar el rescoldo de las cenizas de sus
tiempos felices sin que le resultase doloroso hacerlo.
- Mira, Narros, te voy a dejar aquí un paquete. Cuídalo como si fuera la niña de tus ojos.
- No te preocupes, Lonjinos, en esta casa sólo estamos Dios, mi gato y yo.
- Bueno, ahora estarás mejor acompañada. Es un Sagrado Corazón de Jesús, pero tú, mutis. Yo no
he estado aquí. ¡Ah! Se me olvidaba…- añadió Lonjinos casi entrando en el coche -¿Es verdad eso
que dicen de que te conformas con que te pase el rabo un gato?
Y aquí es donde viene a cuento aquello de que el que no se conforma con lo que
tiene, es porque no quiere. Esta fue la contestación que le dio a Lonjinos la mal sobrenombrada
tonta:
- Menos es nada. Para que lo sepas.
-¡Bueno! ¡Con Díos, mujer! Ya sabes lo que te estimo.
Y llegó el martes por la noche. Esta vez, Teo, por mandato de Lonjinos, no
tenía preparada lista de viajeros… “Tú, vienes conmigo, con Vargas y la imagen del Sagrado
Corazón a casa del cura. Me dejas a mí actuar. Ya veremos a ver si es perdifestivo cualquier
día, o de ahora en adelante sólo son fiestas auténticas los domingos y fiestas de guardar. Lo
dicho, y amén ¿Te queda claro, Teo?”.
A las ocho de la tarde Teo llama a la puerta de Don Alfrezo; era un poco más
tarde que de costumbre. Sale a abrir la sobrina. El cura estaba ya que trinaba, porque se
aproximaba la hora de cenar y Teo no había entregado la lista:
- ¿Está tu tío?- preguntó Teo.
- Sí.
- Pues dile que salga, guapetona- respondió Lonjinos desplazando amablemente a Teo y colocando
el paquete en el pasillo con ayuda de Vargas. Mientras, Don Alfrezo, ya avanzaba hacía ellos.
-¡Buenas noches!
-¡Buenas noches, Don Alfrezo!- respondieron los visitantes.
-¿Qué puedo hacer por vosotros, hermanos?
Lonjinos tomó la iniciativa desempaquetando la imagen. Cuando el cura la
vislumbró de cuerpo entero, exclamó, cayendo de rodillas, la cara más blanca que una pared, con
los ojos perdidos, mientras se santiguaba…
-¡Válgame Nuestra Señora de Fátima! ¡Un Sagrado Corazón de Jesús!
Lonjinos no lo dejó que hiciera más aspavientos, y hablándole de tú, le dijo:
-Mira, Alfrezo ¡Pero… levántate, hombre! Además, no te das cuenta que todavía no está bendecida
la imagen; escucha lo que te voy a decir: Mañana, la puedes poner en un altar en la iglesia, es
tuya; ahora bien, se acabó de pedirle listas a Teo o de hacer esas onomásticas raras que haces.
La gente de “La Villa” tiene necesidad de viajar, y punto. Me dan recuerdos el gobernador y tu
obispo Eduardo. Si aceptas estas nimias condiciones, bien, que no, me llevo la imagen, y aquí
paz, y después, ya veremos.
-Sí, sí, acepto las condiciones. Trae la lista, Teo.
-Hoy no la he hecho.- le respondió Teo sacando un poco de pecho en sus palabras.
-Muy bien, Teo, muy bien, porque la iba a romper ahora mismo delante de vosotros.
-Pues en eso quedamos, Alfrezo. Que aquí en la calle no hace nada bueno y va siendo más que hora
de cenar.- trataba de concluir Lonjinos el episodio. Y digo trataba de concluir, porque Don
Alfrezo, aún no en sus cabales (Si es que alguna vez estuvo en ellos) tuvo otra de sus
inspiraciones:
-¡Buenas noches, queridísimos hermanos! Iros en la paz del Sagrado Corazón, pero esta noche
milagrosa las campanas cantarán hasta la extenuación.
Los tres desaparecieron camino de la cena comentando que hiciera lo que
hiciera aquella noche el cura, la inquisición en los viajes de Teo y los días perdifestivos ya
pertenecían al recuerdo. Y así, aunque Teo tuvo que ir por casa de cada uno de sus viajeros para
decirle que con repique o sin repique mañana había viaje, su particular calvario, había finalizado.
Don Alfrezo había colocado, como uno más a la mesa-camilla, la imagen del Sagrado Corazón, porque
aún no acababa de creerse lo que veía con sus propios ojos y tenía que tocarlo de vez en cuando
mientras cenaba. “A ver si lo manchas de tanto manosearlo. Que estás comiendo huevos fritos,
Alfre,” le recriminó más de una vez su tía. Cuando concluyó la cena, le dijo a su sobrina Purita
que fuera a buscar al sacristán inmediatamente, y que se presentara lo antes posible en su casa.
-¡Ay madre!- exclamó el sacristán, llevándose las manos a la cabeza, cuando la sobrina le
comunicó acezando y sudorosa las urgencias de su tío. Y añadió:
-¡Bueno, bueno, hija! Dile que le echo de comer al ganao y voy p’ allá.
Y pensó para si mismo que por malo que fuera lo que aconteciese, no podía ser
peor que el nublao de “La Boza” que se llevó las eras de “Trasoto”, entre ellas, la suya, hecho
trágico donde los haya y que registran los anales de la historia de El Maderal como uno de sus
episodios más negros.
Cuando el sacristán pasó enfrente de la iglesia y vió, tanto las puertas
grandes de la calle, como las posteriores a estas, abiertas de par en par, y a través de ese
espacio, el templo iluminado como pocas veces, no podía imaginar de qué se trataba. Perplejo,
meditó un momento si entrar, pero recordó que la sobrina le había dicho que fuera a casa, no a
la iglesia. Y eso hizo.
Entró sin llamar, porque la puerta de la calle también estaba de par en par,
así como la puerta de la primera habitación de la izquierda, que también estaba iluminadísima, y
en ella se topó con Don Alfrezo vestido con las mejores galas de oficiar, porque aquella casulla
verde vivo que vestía, él sólo se la preparaba en sacristía una vez al año: “El día de la
Magdalena”. Cuando el cura se percató de la presencia de su ayudante mayor, le pasó, sin mediar
palabra, el calderín con el hisopo, y abriendo un santoral, comenzó, en latín clásico, el rito
de la bendición de Sagrado Corazón de Jesús. Una vez terminada la ceremonia, Don Alfrezo cogió
la imagen en volandas y le dijo al sacristán que lo siguiera a la iglesia. El acólito ya
empezaba a discernir algo los acontecimientos, pero no alcanzaba a comprender todo.
Colocado entonces el “Corazón de Jesús” en el altar que ocupa hoy en día,
sesenta y tantos años después del regalo, Don Alfrezo Lineal Banco se dirigió solemnemente a su
sacristán de toda la vida:
-Genaro, es un día grande éste para nuestra parroquia. Al fin mis plegarias han sido escuchadas
donde se debían escuchar, y han sido atendidas esta santa noche. Repicaremos las campanas en
turnos de dos horas y media cada uno, hasta la luz del alba, como agradecimiento a la Santa
Providencia por este regalo divino que sólo en sueños imaginé. Ya le he ordenado a mi madre que
te prepare una cama en el salón de mi casa. El primer turno lo hago yo. Vete a decir a tu
familia que esta noche no duermes en casa.- y así sucedió; las campanas no dejaron de repicar
hasta que amaneció.
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Comentario: Hay quien dice que su nombre era “Lojiños” y no “Lonjinos”, cosa
que no discuto. El caso fue que este personaje se presentó en “La Villa” con su mujer, que se
llamaba Romana, un día de los primeros años de la posguerra. Era por lo tanto un inmigrante,
como lo fueron en su día El Señor Bernardino el Abisinio o El Señor Porfirio el Carvhalo, con
una diferencia importante, y es que él no dejó descendientes en El Maderal, es decir, no echó
raíces consanguíneas, y los otros dos sí, sobre todo, en lo que se refiere a la cantidad de
descendencia, y también, por qué no decirlo, a la calidad de ella, El Señor Bernardino.
Otra diferencia era que El Señor Bernardino se sabía que era de Villaseco, o
El Señor Porfirio de un pueblecito cercano a Fátima, en Portugal; sin embargo, la procedencia
de Lonjinos, ni se sabía, ni él quería que se supiese. Sí, eso sí, vino de un pueblo de
Valladolid, pero antes, a ése había venido de otro, y así sucesivamente. Vivió en la casa, que
luego, tras su marcha forzosa, compró La Señora Isidora la Cantares, también conocida como “La
Tía Averigua”, que fue, por cierto, quien le puso el sobrenombre de “Abisinio” al Señor
Bernardino, en esa misma casa, después de convertirla en el bar que regenta en la actualidad Polo,
como lo hiciera antes Felipe, su padre, que en paz descanse, y del que tengo muy buen recuerdo.
“Isidora ¿tú conoces a unos que acaban de llegar al pueblo de fuera?” Le preguntaron una noche
mientras escarbaba los braseros del bar con la badila. “No, pero deben ser… deben ser abisinios”,
respondió ella. Los apodos, entonces y ahora, en “La Villa”, eran normales, porque todos tenemos
nuestro sobrenombre, yo mismo, tengo varios, por falta de uno, puesto que soy “Potaje, Chiquillo
y Mosca” por parte de mi abuelo Miguel, y “Portugués” por parte de mí padre.
El oficio de Lonjinos era el de tratante de “ganao” de otros y de cosas
ajenas. Estaba asociado con el dueño de la finca de Vallehermoso (San Cristóbal), en donde aún
hoy día existe una bodega de una dimensión cuatro o cinco veces la plaza mayor de El Maderal.
Allí es donde, una vez acondicionada como establo, guardaban las reses robadas, hasta darles
salida. Muchas de esas reses fueron sacrificadas en el Matadero Municipal de La Villa, cuya
carne, casi siempre de muy buena calidad, era vendida a precio “tirao” a los que podían pagarla,
y regalada a los más pobres y a los enfermos. La gente, en general, le estaba muy agradecida,
hasta el punto que en la primera procesión que se hizo con El Sagrado Corazón, las gentes
gritaban entre sonidos estruendosos de cohetes, y tiros de escopeta, delante de la dicha
procesión…
-¡Viva El Sagrado Corazón de Jesús!
-¡Vivaaa!
-¡Y que viva el santo que lo regaló!
-¡Que vivaaaa!- Se oía aún más fuerte.
Parece ser que su amistad con el gobernador era cierta, hasta el punto de que
aquél estuvo merendando con él en más de una ocasión en las bodegas de El Maderal. Pero llegó un
momento, como le ocurrió al Imperio Romano, en que después de un máximo esplendor, viene la
caída. Y ya no se la pudo levantar, que se sepa, ni siquiera su amigo el gobernador, del que se
llegó a decir estaba envuelto económicamente en sus chanchullos.
No se le ocurrió otra cosa que robar, en el pueblo, un buey al Tío Pepe el
Secretario, quien tenía un hijo policía, el cual le sacó el buey de la bodega de Villahermosa,
volviéndolo a conducir a la misma cuadra de donde salió, denunciando al ladrón, yendo éste, como
el padre de “El Lazarillo”, a parar con sus huesos en la cárcel, y haciendo bueno el dicho de
que nadie es profeta en su tierra, no teniendo aquí tampoco vigencia el refrán que dice… “El que
roba a un ladrón, tiene cien años de perdón”. Eso es todo, amigos.
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